Un desastre elegido

Epílogo

Si había algo que había aprendido en este último año era que los embarazos están terriblemente romantizados.
Todo mundo habla del brillo maternal, de la conexión hermosa con los bebés, de la ternura de sentirlos crecer dentro de ti…
Nadie habla de lo difícil que es revisar cuarenta y siete correos, firmar tres autorizaciones bancarias, pelear con un proveedor de acero y al mismo tiempo sentir que dos pequeñas criaturas están usando tu vejiga como juguete antiestrés.
Solté un suspiro largo mientras me acomodaba mejor en la silla de mi oficina y corría la pantalla de la computadora un poco más atrás porque mi panza comenzaba a estorbarme incluso para sentarme decentemente frente al escritorio.
Cinco meses.
Cinco gloriosos, agotadores y emocionalmente ridículos meses de embarazo y no de uno.
No, porque aparentemente mi familia no sabe hacer nada sencillo.
Gemelos.
Cuando el médico lo anunció, solo pude quedarme acostado en la camilla pensando que ni siquiera había terminado de procesar ser padre de uno como para que me lanzaran dos de golpe.
Según “todos era normal.“

Es el gen mellizo.”
La famosa frase que llevo escuchando desde que salí del consultorio.
Al parecer cuando tu familia tiene una absurda tendencia a duplicar hijos, el universo simplemente decide divertirse a tu costa.
Aun así, los ultrasonidos habían mostrado que ambos estaban creciendo perfectamente, tranquilos, sanos y sin ninguna complicación más allá de mi creciente incapacidad para inclinarme sin gruñir como anciano.
Tomé la carpeta que mi asistente acababa de dejarme y revisé por tercera vez el informe de pagos pendientes de una de las sucursales de Nagoya.
Ser vicepresidente administrativo de Kyo Construcciones sonaba glamuroso hasta que descubrías que el setenta por ciento del tiempo consistía en auditorías, autorizaciones de presupuesto, revisión de nóminas, coordinación de contratos y juntas donde hombres con demasiado perfume discutían por cifras que claramente yo entendía mejor que ellos.
Y honestamente…me encantaba.
Me encantaba tanto que a veces olvidaba que estaba trabajando y terminaba discutiendo estrategias de expansión con Kai durante dos horas solo porque sí.
Kai se encargaba de toda la parte estructural, arquitectónica y ejecución de obra; yo me ocupaba de que el monstruo financiero no colapsara y de que cada proyecto siguiera siendo rentable.
Éramos buenos en esto.
La puerta de mi oficina se abrió sin tocar y Kai entró con una tableta en la mano, los lentes puestos y esa cara de presidente aterradoramente eficiente que últimamente estaba perfeccionando.
—El proveedor de Kyoto aceptó bajar el costo del concreto un seis por ciento —anunció mientras me dejaba el archivo—. Necesito que autorices la transferencia antes de las doce.
Tomé la tableta y firmé digitalmente.
—Listo. También rechacé la propuesta de Shimizu para el complejo del norte, estaban inflando demasiado los gastos operativos.
Kai revisó la pantalla y asintió con aprobación.
—Bien. Ya decía yo que algo olía mal ahí.
Levanté una ceja.
—¿Ves? Puedo hacer mi trabajo aunque esté incubando dos personas.
Kai sonrió apenas, de esa forma discreta tan suya.
—Nadie dijo que no pudieras, solo dije que deberías estar descansando más.
—Tú suenas igual que Rinto y eso me preocupa.
Como si lo hubiera invocado, mi teléfono vibró sobre el escritorio.
Miré la pantalla.

Rinto.

Otra vez.
Kai soltó una carcajada baja y se cruzó de brazos.
—Décima llamada del día y apenas son las once.
—Novena —lo corregí.

—Eso no mejora nada.

Bufé y contesté antes de que siguiera sonando.

—Hola, amor.

La voz de Rinto llegó inmediata del otro lado.

—¿Estás bien?

Cerré los ojos.
Conté hasta tres.
Respiré.
Kai ya estaba riéndose en silencio frente a mí.

—Sí, Rinto, sigo bien —respondí con la paciencia que solo el amor verdadero puede fabricar —. Continúo sentado en mi oficina. No me he caído. No me he desmayado. No he entrado en labor de parto prematura en estas últimas dos horas.

—Sora…

—Estoy bromeando.

—No bromees con eso.

Kai tuvo que girarse porque ya estaba perdiendo la compostura.
Desde que supimos del embarazo, Rinto se había transformado en una mezcla entre esposo amoroso, enfermero certificado y alarma de seguridad con patas.
Me llamaba al despertar para preguntar si había dormido bien.
Me mandaba mensajes cuando llegaba a la empresa.
Volvía a llamar a media mañana y si yo tardaba más de quince minutos en contestar cualquier cosa, asumía que el mundo se había incendiado.

Era dulce.
Muy dulce.
También ligeramente sofocante.

—¿Comiste algo? —preguntó él.

—Sí.

—¿Agua?

—Sí

—¿Sigues sentado?

—Rinto, estoy trabajando, no corriendo un maratón.

Escuché su pequeño suspiro de resignación.

—Solo quería saber de ti.

Mi expresión se suavizó de inmediato porque ese era el problema con él: nunca podía enojarme de verdad cuando sonaba así de sincero.
Miré de reojo a Kai, que me hizo un gesto de “voy a dejarte con tu alfa paranoico” antes de salir de la oficina.

Esperé a que cerrara la puerta y bajé un poco la voz.

—Estoy bien, de verdad, los bebés también, acaban de patearme hace un rato, así que siguen causando violencia con normalidad.

Rinto soltó una pequeña risa.

Mi pecho se calento y por un momento me quedé ahí, con una mano sobre la panza y el teléfono pegado al oído, pensando que seguía sin acostumbrarme a esto.

—————
Han pasado tres meses desde aquel día y, según todo el mundo, yo debería estar en mi casa descansando como una figura decorativa extremadamente costosa.
Según yo… todavía soy perfectamente funcional.
Bueno.
Funcional con limitaciones.
Limitaciones muy grandes, redondas y que patean mis costillas cada veinte minutos.
—Sora, no estoy discutiéndolo por gusto —dice Kai por quinta vez en la mañana, apoyando ambas manos sobre mi escritorio mientras me mira con esa expresión de hermano mayor-presidente-que-se-cree-mi-jefe—. Ya tienes ocho meses.
Levanto la vista de la carpeta de presupuestos y le sostengo la mirada con toda la dignidad que una persona con acidez crónica puede reunir.
—Y sigo sabiendo leer números.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.