Un hombre lobo, por favor.

Capítulo 1

 

 

— María José, tomate las cosas en serio, anda — dijo mi mejor amiga en tono molesta.

Me había invitado a una sesión de hechizos, conjuros y magia, cosas raras que solo ella entiende, pero yo como soy su mejor amiga aquí estoy chutándome los veinte palos de incienso, sentada en cuclillas la posición más incomoda para mis piernas atrofiadas de tanto trabajar, son cerca de las tres de la mañana, ¿Por qué?, porque resulta que es la mejor hora para esto.

— Loca, tengo una vida, mañana tengo que ir a servir a cien personas, es la presentación de un nuevo producto, tú sabes que yo preparo todos estos eventos, nadie lo agradece, pero si no estoy ahí, todos lo notan y tú quieres que me concentre con el pachulí, Dios mío, he visto ya mi vida pasar — contesté, pero ella me vio con ganas de sacarme los ojos.

— Que pesada te pones Majo, yo solo estoy intentando ayudarte, este ritual es para traer algo bueno a tu vida, es especial para ti, qué no me has dicho que estás cansada de la rutina.

— Carajo Leticia, pudimos no sé pintarnos las uñas, comer hasta reventar, tomarnos dos botellas de vino, no sé, algo así es lo que necesitaba, no traer a mis antepasados a que me solucionen la vida, no quiero que mi nana Chuy me jale los pies en la noche.

Hace dos semanas había terminado reventada de un trabajo, algo salió mal y había recibido el regaño de mi vida, yo juro que la víbora de recursos humanos me odia, discutí con mi novio y ahora estamos en plan no juntos, pero no separados, ¿qué demonios es eso? Ni yo misma sé. Agradezco todo lo que Leticia hace por mí, me aguanta mis estados de ánimo y todo, la apoye cuando decidió ser una bruja, mira que ha sido una decisión fuerte, su familia re-católica, no la pueden ver ni en pintura.

— Te vas a concentrar Majo, en este papel vas a escribir algo que desees con todo tu corazón, algo especial y único, pero tienes que estar muy segura de ello — me dijo tan seria que juro que tres velas se apagaron, carajo se me ha puesto la piel de gallina.

Tomo el papel y escribo, si me preguntas ahora mismo ni idea de que demonios pedir, dinero, no soy pobre me aguanta la vida que llevo, belleza, estoy dos triquis aún paro el tráfico para mis casi treinta, mira la modestia es lo mío, a quien le doy bola, soy tan insegura que sigo con mi novio de la preparatoria solo por comodidad, creo que él también, no es que no lo ame, pero hay cosas que han pasado y la relación se ha enfriado por completo, nueve meses sin sexo, eso debe ser una señal, pero vamos no me voy a pedir otro hombre, ni que él cambie, otro trabajo, estoy en el mejor lugar para ello, costo uno de mis  pechos llegar hasta ahí, pero mi amiga esta tan entrada en ello, si hay algo que me gustaría, como esas historias que leo a ratos cuando estoy sola.

— Listo — digo cerrando el papel y dejando que se queme por completo.

— Pero ¿qué haces?

— No me dijiste que lo quemara — digo yo bobamente.

— Majo, tenías que leer en voz alta y repetirlo tres veces — dijo enfada.

— Pues te digo que pedí — me rio, porque me va a matar.

— ¿Qué pediste? — exclamó ella. Sonrió y ella sabe que hice algo.

— Un hombre lobo — suelto riéndome.

— Un hombre lobo...

— Un hombre lobo — afirmo cuando ella lo dice.

— Un hombre lobo Majo...

— Si un hombre lobo, por favor, grande, fuerte, guapo, millonario, atlético, divino, encantador, un Alexter como mi novela favorita y sobre todo que se enamore de mí cuando me vea...

— ¡Un hombre lobo! — dijo tan molesta, lo grito vilmente.

— Ya tranquila Leticia, no sabía que poner y he escrito eso, mira ayer me leí una historia buenísima — indico moviendo las manos, pero a ella no le causa gracia.

— Majo, esto no es un juego... —pronunció y un estruendo se llevó la poca luz de la calle y esta volvió de golpe, mira que me asuste y ella también.

— ¿Qué ha sido eso? — digo por decir, pero es que me ha agarrado por sorpresa, una electricidad me cundió de los pies a la cabeza, que miedo.

— Un transformado de seguro, el cuarto del mes — aclaró ella molesta.

— Vamos amiga no te molestes, lo vuelvo a hacer ahora si concentrada, concentradísima —  digo para que me perdone.

— No, ya me has arruinado el humor — dijo, se pone de pie y comienza a apagar las velas.

— Entonces ya puedo irme a dormir.

— Has lo que quieras — me contesta, sí que se ha molestado.

— Lo repetimos el fin de semana ya con seriedad —. Junto mis manos para pedir perdón, pero lo que recibido es el agua bendita en mi rostro, la veo reír, por lo tanto, puedo ir en paz.

— Deberías de dejar leer esas historias, ya eres una mujer adulta — me regañó.

— Amiga deberías de leerte una — afirmo indignada.

— No tengo problema en leer, pero es que te avientas unas historias muy perturbadoras.


— Quien no va a desear un hombre lobo que te dé contra el muro, mira que le pido perdón a mis antepasados si es que esto los ofende — digo sínicamente, Leticia solo mueve la cabeza negando mi imagen de puberta adolescente, pero quien me culpa por fantasear con algo así, es mi mente, es mi imaginación.



Como lo temí a la mañana siguiente me fue duro, durísimo ponerme en pie y arreglarme. Vestida de negro de pies a cabezas, mira que regía me veo, elegante y sobre todo llena de vida, si quitamos las ojeras y la panza del mes, me tenía que bajar hoy, suspiro y trato de encontrar mi paz interior, que se va al carajo después de escuchar los miles de WhatsApp que entrar uno tras otros, no es otra más que mi jefa, esa mujer es el diablo, junto a la de recursos humanos. Pero ni eso quitará de mí, este momento, es el mejor de todos, un nuevo celular será lanzado, una marca japonesa, me toco hacer todo para esta presentación, me encargo de preparar fiestas en pocas palabras y soy la mejor en ello, la logística es mía.

Llego al lugar donde será el evento, esta casi todo listo, espero el catering programado para la una de la tarde y reviso mesa por mesa que todo esté perfecto, llega la música se instala, todo va como se debe para arrancar a las cuatro en punto. Algo llama mi atención al ver a un grupo de trabajadoras apiladas una sobre otra.

— Majo tienes que escuchar esto...

La que me llama es Lucí, mi sancho panza, la que me sigue en todo en el trabajo, me acerco a ellas que no paran de hablar.

— ¿Qué pasa? — digo al notar que no paran.

— Dile María que viste... — dijo animada Lucí

— Un hombre de ensueño manita, llegó hace una hora y está con el jefecito adorado...

El jefecito adorado no es otro más que el dueño de la empresa un hombre amable y muy guapo, casado, felizmente casado, por lo menos es lo que sabemos.

— Debe de ser alguno de los socios — indico tomando mi pequeña lonchera detrás de la barra de bebidas, me había preparado un sándwich a las prisas, tengo tanta hambre que me lo devoraré inmediatamente.

— Este nunca lo habíamos visto antes, mira es él — casi grita María o más bien lo hizo.

Le doy la mordida a mi sándwich y alzo la vista, jalo aire de sorpresa, tonta, comienzo ahogarme, pero trato de disimular para que el pan pase, pero me es inevitable, comienzo a toser, todo se vuelve en gritos y golpes en mi espalda, pero el maldito pan no pasa, moriré, moriré traicionada por el pan blanco que tanto adoro, es mi muerte, mi placa dirá asesinada por un sándwich de jamón y queso, no puedo respirar...

Un movimiento fuerte me sacude y siento una presión en mi abdomen, un tirón, otro tirón hasta que la bola de pan, jamón y queso, sale de mi boca y el aire vuelve a mis pulmones.

— Te tengo, te encontré...

Escuchó entre llantos, se me nubla la vista, todo da vueltas y después todo es oscuro. No sé cuanto tiempo pasa cuando recupero el conocimiento, miró a mi alrededor tratando de entender donde estoy, parece una clínica, esto parece una camilla y ahí está una enfermera, sí, estoy en algún hospital, la enfermera me sonríe y se aleja, escucho que habla con alguien.

— ¿Cómo te sientes?

Es la misma voz que escuche antes de desmallarme, enfoco de donde viene y ahí está, la representación de un adonis, alto, varonil, con una barba muy bien cuidada, juraría que los músculos se notan por debajo del saco, que diablos estoy pensando.

— No he muerto — suelto para romper la tensión.

— Me alegro por ello — dijo y sonríe, diablos que sonrisa, creo que acabo de ahogarme de nuevo. — Me llamo Alexter.

Por las barbas de Neptuno se llama así, es en serio, creo que tendré un mini infarto en este momento.

— Yo soy... — mi cerebro está atrofiado, me falto oxigeno por tanto tiempo.

— María José — me responde él.

— Si — digo con dudas.

— Me han dicho tu nombre...

Me mira de una manera tan penetrante, como si estuviera viendo una presa, momento, sus ojos tintinearon, juro por mi progenitora que los vi amarillo y ahora son azules, que demonios me dieron en este hospital. Es tan enigmático verle, estoy demasiado sedada, no estoy pensando nada bien



Carmessy Iglesias

Editado: 06.08.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar