Un hombre lobo, por favor.

Capítulo 7

 

 

Tantos años y mandados al caño, ¿por qué perdí tanto tiempo con alguien que me dio tan poco? Mientras el chofer de Alexter me lleva, no sé a dónde. Recapitulo mi vida con Sebastián, la primera vez que lo vi, sentado en una jardinera esperando entrar a su clase. Me quedé sorprendida de su rostro atractivo, no era mi tipo de hombre, bueno, a esa edad a todo le tirábamos. Pero tenía ese porte de artista de cine muy a lo Leonardo, sí, el de Titanic. Rubio, cabello largo, ojos claros, muy delgado hasta para mis gustos, pero su rostro era encantador. Usaba una chamarra de cuero negra con regularidad en invierno, le daba un aire salvaje que disfrutaba, era mi época favorita. Cuando caminaba se podía sentir que el ambiente cambiaba a su alrededor, una sonrisa un poco pícara y muy discreta. No era de sonreír mucho, pese a que era llevado con sus compañeros y amigos. Siempre fue la clase de chico que le caía bien a todos.

Los siguientes días fueron casualidades, nos topábamos de frente en la biblioteca, en la cafetería y en los baños de hombres (no pregunten) bueno si pregunten, sucede que un día hui de una clase, para mi suerte la maestra caminó en dirección donde yo pasaba el rato, el único lugar cercano era el baño de los hombres, entre corriendo sin hacer ruido, rezando que no hubiera nadie dentro. Para mi suerte me topé de frente a Sebastián que acomodaba su cinturón, nos miramos en silencio e inmediatamente le señale que no dijera nada, él sonrió y simplemente me dejó ahí. 

Llegué a hartar a Leticia, me la pasaba hablando de él y solo de él. Fui a verlo jugar al fútbol, no me gusta el fútbol. Pero por azares del destino años después usaba playeras de los equipos favoritos de él. Ven, hice demasiadas cosas para él.

Un día a Sebastián lo cambiaron de salón y terminó en el mismo donde estaba yo. Casualmente en la misma fila donde estaba y frente a mí. Su perfume me gustaba, todas las chicas lo miraban con ese mismo anhelo. Pero algo hizo que se fijará en mí. Tal vez mi humor, mi forma de gritar y de llevarme pesado con los hombres. Sí, no era una estudiante muy dulce. En realidad compartimos momentos curiosos y tiernos, tales como pasarnos un lápiz, una pluma... detalles así, pero que tenían algo más.

El día que me pidió que fuera su novia lo goce, me hizo muy feliz estar a su lado al fin y cumplir mi loca ilusión enfermiza, como diría mi amiga. Los años pasaron y siguieron pasando. Nos volvimos inseparables y simplemente nos hallábamos a nuestra manera. Cuando nos iniciamos en el sexo, oh Dios. Era buen sexo, pero con el paso de los años las cosas se enfriaron un poco, estos últimos meses por su trabajo y por mi trabajo no coincidíamos y después él puso tantas trabas. Leticia me dijo tantas veces, esa relación no llegará a buen término. Y paso, aquí estoy llorando a moco tendido mientras un chofer elegante y discreto me lleva a donde yo pedí.

Ahora pienso si es una buena idea, debería ir con Leticia y tomarme tres botellas de vino, comerme un bote de nieve y una bolsa de nachos. Y llorar hasta que mis ojos sangren, ¡ay maldito Sebastián!, mil veces maldito. Si él no me hubiera mentido, no tendría tan fatídica noche, estaría en casa, sola, que es lo más seguro, esperando por él, al final nada sería diferente y tal vez seguiría engañada por él sin saberlo, viviendo una mentira. Que bruta me habré visto presumiendo a mi novio, si alguien lo sabía y me vio subiendo fotos melosas, juro que se burlaron de mí. No creía en esa tontería que los noviazgos largos no llegan a nada. Y mira donde estoy. Aunque no es el caso de todos los noviazgos mi hermano lleva casado cinco años y estuvo de novio 10 años. Pero ellos son otra cosa. 

 

Mi conversación interna es detenida cuando veo que el chofer toma una avenida muy elegante, se ve que vive bien, pero no esperaba un edificio de cinco pisos, frente a mí. Entramos a un estacionamiento privado, recalco privado para que la emoción sea mayor, la oscuridad se adorna con luces frías que dan un aspecto de película de acción y romance. Siento que estoy escabulléndome para ver a mi amante, ese que me amarra a la cama y me desata mis más bajos instintos. Él si desata mis más bajos instintos, pero ese misterio que lo adorna, aún sigo pensando en lo que vi, si es real. ¿Qué pasaría si lo fuera?

Abren la puerta y me despabilo por un momento, Maurice, porque así se llama el señor chofer, un nombre muy elegante permítame decir. Me saluda con su sonrisa amable, me guía hasta un elevador y subimos. Estaré loca por hacerlo y venir al departamento de mi jefe, más loca no puedo estar, aunque en mi defensa, solo quiero saber su estado de salud y agradecer por segunda vez que me salvó la vida y no dejó que me convirtiera en puré. Subimos hasta el último piso y se abre ante mí un departamento grandísimo, muy minimalista en tono azul marino y blanco, ni siquiera quiero dar un paso afuera, la alfombra se ve carísima. Maurice me ve animándome a pasar, lo hago, pero me quedo quieta estática contra mi propio cuerpo. Mirando de un lado a otro, la vista a la ciudad es imponente y agradable.

—El señor tardará unos minutos en llegar, pero me dijo que se pusiera cómoda y si gusta tomar una copa de vino mientras espera.

Vino — la palabra mágica— asiento, y él me dirige hacia la sala, me siento en un sillón tan suave y cálido que me devuelve la vida —Huy que rico— que suerte que Maurice no está, si no se reiría de mí. Regresa con una copa y una botella de vino, llena mi copa y simplemente se va.



Carmessy Iglesias

Editado: 06.08.2020

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