Un Huracán para el lobo

CAPITULO XXXII

MAXIMILIANO

El jet ha aterrizado, la puerta se abre pero el clima es hostil, la lluvia cae con una violencia metálica sobre el fuselaje, el vendaval aulla hacia el interior, Kathryn esta decidida a marcar distancia, por lo que ignora mi mano extendida y el paraguas que le ofrezco y sale a la escalerilla.

Kathryn baja la escalerilla. El viento es una bofetada de agua helada, empapando su traje sastre en segundos, pegandole la seda a su cuerpo y ella ajusta su abrigo como un escudo, sus tacones resbalan apenas pone un pie en el último escalón el metal mojado y el agua no son buenos amigos y pierde el equilibrio.

Dejo caer el paraguas ante la escena que tengo enfrente y la rodeó por la cintura con un agarre de hierro y la ancló a mi pecho, el contraste es violento, el frío glacial de la lluvia contra el calor abrasador de nuestros cuerpos, ese choque térmico es instantáneo.

  • ¡Te tengo! ¿Ves? Ni siquiera puedes bajar de un avión sin que yo te sostenga - Le digo al oído, bajo el estruendo del trueno.
  • ¡Suéltame! ¡Puedo caminar sola! - Kathryn intenta zafarse, pero el agua le ciega los ojos. Puedo ver como el pánico y la rabia se mezclan.
  • Demasiado ansiosa por huir, Kathryn. Casi te rompes el cuello - Le recrimino apretándola más - En este estado, no llegarías ni al auto. Deja de pelear contra lo inevitable.

La arrastro bajo el ala, un refugio improvisado de metal que gotea. Esta empapada su cabello se pega a su cara y la elegancia de la "Directora de Operaciones" ha muerto; solo puedo ver a la mujer expuesta.

  • ¿Qué es lo que quieres? ¿Humillarme? ¿Demostrarme que eres el dueño del aire que respiro? - Con la voz rota, perdiendo el control.
  • Quiero que admitas que este juego de "señor Alexander" se terminó en cuanto pusiste un pie en mi jet.

Le atrapo las muñecas sobre la cabeza, fijándolas contra el metal frío. Ella forcejea, pero la diferencia de fuerza entre los dos es absoluta y me permite manejar la situación con una calma aterradora, demostrandole que mi control no es solo jerárquico, también es físico.

La lluvia arrecia, convirtiendo la pista en un espejo de agua y sombras. La tengo acorralada contra el metal vibrante del motor del jet, nuestros sus cuerpos son dos polos opuestos chocando en medio del caos.

  • ¡Basta, Maximiliano! ¡Bésame ya o déjame ir, pero deja de destruirme lentamente! - Es un grito de pura desesperación que surge de su garganta.
  • Tú no das las órdenes aquí. Yo decido cuándo te beso. Yo decido cuándo dejas de ser la Directora para volver a ser mía - Escucharla decir mi nombre al fin me golpea más que cualquier insulto y le respondo con una autoridad oscura.

Bajo una mano hacia su nuca, inclinándola hacia atrás, exponiendo su cuello a la tormenta

  • Yo manejo los hilos en el dormitorio y en el consejo administrativo. Y lo sabes muy bien, eres mia aunque no quieras aceptarlo - sentenció.

KATHRYN

  • Te odio por tener razón... - respondo en un susurro quebrado.

Cierro los ojos, arqueándome hacia él mis muros han caído a pesar de mi misma y soy vencida por la enorme y avalasadora descarga de electricidad del momento.

Maximiliano no responde con palabras. Sus ojos, oscuros y salvajes, recorren mi rostro empapado y toda aquella furia desaparece de golpe al igual que la distancia invisible entre nosotros y me besa.

No es un beso tierno, es una colisión, un reclamo que lleva semanas gestándose en oficinas climatizadas y reuniones de juntas y trabajo en exceso. La mano en mi nuca empieza a enredar sus dedos en mi cabello húmedo, mientras que con la otra me presiona contra su cuerpo.

MAXIMILIANO

Suelta un gemido sofocado contra mis labios, un sonido que es mitad rendición y mitad triunfo del que estoy seguro no se ha percatado, sus manos, que antes me empujaban el pecho ahora se aferran a las solapas de mi abrigo, atrayéndome más, borrando cualquier ápice de espacio que pueda haber como si buscara el calor que solo yo puedo darle en medio de la helada noche.

  • Dijiste que solo adquiri tu tiempo, Kathryn... pero esto no es parte del contrato. Esto es lo que no puedes controlar - me separo apenas unos milímetros, jadeando, mi aliento crea una nube de vapor entre los dos y le suelto en un susurro cargado de posesión.

No le doy tiempo para pensar o analizar lo que acabo de decirle y bajo mis besos a su mandíbula, a su cuello, marcando territorio mientras la lluvia intenta, en vano, apagar el incendio que amenaza con arrasar con todo. Kathryn echa la cabeza hacia atrás, exponiéndose, dejando que el control que tanto juró mantener se desvanezca bajo la tormenta.

  • Te odio, Maximiliano... Te odio porque siempre sabes dónde golpear - su respiración es errática y no tiene nada que ver con la turbulencia o los truenos.
  • Sé dónde perteneces. Y ahora, vas a subir a ese auto y vas a recordar este beso cada segundo que pasemos en ese hotel - le digo irándola a los ojos, con una sonrisa triunfal y oscura.

La suelta de repente, dejándola tambaleante y sin aliento bajo la lluvia, por unos minutos se queda quieta pero cuando la impresión pasa ella vuelve a levantar sus muros pero no le permito ir en la dirección que quierere y la guío no hacia el auto que esperaba, sino hacia una camioneta negra que acaba de frenar a pie de pista.

  • Después de usted, Directora - le abro la puerta con una cortesía que se siente como una estocada final.




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