Un rayo de esperanza

3. La paliza

'¡Rojito!', '¡Commie!', '¡Rebelde!', eran sólo algunos de los gritos despectivos que tenía que soportar cada día de mi vida. Lo más irónico y preocupante es que a veces no sólo lo hacían los canadienses. A veces también los latinos, asiáticos o árabes. Una paradoja dramática de cómo nos puede dividir la política.

Ahora me traslado a 1962. Tenía 10 años y hacía poco que regresaba a clases en la escuela después de las vacaciones de verano.

Para escapar de mi frustrante realidad, mis padres aceptaron enviarme por un mes a un campamento de verano en Saskatchewan, una provincia ubicada en el centro del país. Aquella experiencia fue un verdadero alivio en medio de tan desesperante situación. Todo el tiempo de aquel campamento estuve muy feliz, jugando con otros niños a los que poco o nada les importaban mis raíces yugoslavas, y me aceptaron como el canadiense que también soy.

Pero ahora estaba de vuelta a la realidad. A la triste y cruda realidad. Al llegar a la escuela, tres muchachos, que serían unos tres años más grandes que yo, me bloquearon la entrada a mi aula, y me empezaron a insultar:
–Ah, pero miren. ¡Es el rojito!–dijo un muchacho rubio, el más bajo de los tres.

–Vuelve a tu basural, comunista de mierda–dijo otro, de pelo castaño, el más corpulento, y añadió–: No perteneces aquí, nadie te quiere aquí. Esto es sólo para canadienses netos.

–Yo también soy canadiense, imbéciles–respondí ofendido.

–¿Canadiense tú?–dijeron burlonamente, a la vez que se reían.

–Claro-respondí–, si yo nací aquí.

–No parece, tu apellido es soviético. ¿Stovich? ¿Stavich?–dijo el otro muchacho, uno pelirrojo.

–Stojanović–corregí–, y no es soviético, es yugoslavo. Pero yo sí nací aquí, idiotas, y aquí me voy a quedar–sin saberlo, los estaba retando con estas últimas palabras.

–Suficiente–replicó el pelirrojo, y, entendiendo la intención de mis palabras, pidió ayuda a sus amigos–: Kenny, Jack, vamos a darle una lección a este mocoso.

Los otros dos acudieron sin demora, y luego de intercambiar algunas palabras entre ellos, llegaron hasta donde me encontraba. Yo estaba muerto del miedo y de la desesperación. Pedía ayuda pero nadie acudió.

En esto, los tres me golpearon sin compasión, pese a mis súplicas que se detuviesen. Todos miraban pero nadie me ayudaba.

Cuando al final se cansaron de golpearme, se fueron. Los demás se quedaron un momento mirándome, pero sin acercarse. Luego se fueron yendo y me dejaron solo.

Tuve que ir por mis propios medios a la enfermería. Al llegar, mi mundo se desvaneció.

 



XM Rodríguez-Ruiz

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En el texto hay: esperanza, amor, xenofobia

Editado: 25.08.2019

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