Un rayo de esperanza

10. Novios

Con el tiempo hablaba con Mónica cada vez más. Me gustaba todo de ella. Me enamoré de ella perdidamente, y estaba decidido a decírselo.

Era mayo de 1969. Faltaban algunos días para mi cumpleaños número 17. Ese martes de primavera, estábamos en el receso. Ella hablaba con unas chicas cuando la llamé. Sin pensarlo dos veces, atendió rápidamente mi llamado.

–¿Qué pasa, Tyler?–preguntó, ansiosa.

Aclaré mi garganta, respiré hondo y le dije, intentando guardar la calma:

–Mónica, tengo que decirte algo importante.

–Claro, Tyler. Te escucho–dijo, intrigada y un tanto sorprendida.

–Mónica–comencé a decir–. Yo...

–¿Mmm?–respondió, incitándome a completar la frase.

–Este... Yo...–tenía miedo de decírselo.

–Mirá, Tyler, si no me decís no lo sabré–Mónica empezaba a desesperarse–. Nos tenemos confianza para decirnos las cosas, ¿o no?

No tenía de otra. Me armé de valor y le dije:

–Está bien, Mónica. Si no te lo digo ahora tal vez no te lo diga nunca–le dije.

Decir que se sorprendió sería poco. Estaba casi nerviosa.

–Decíme rápido, Tyler. Me vas a matar de la angustia.

–Bien–tomé aire y le dije–: Mónica, tú... Tú me gustas, estoy enamorado de ti–tras decir esto, bajé la mirada, esperando su rechazo.

Mónica quedó estupefacta, pero luego le cambió la expresión. Hizo una cara de felicidad y me dijo:

–Decíme que no es cierto.

–¿Qué?–pregunté, confundido.

–No sos vos solo, Tyler–continuó–. Vos también me gustás. De hecho, no puede ser casualidad que tengamos tantas cosas en común. Llevo ya un tiempo esperando oír estas palabras. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

–Porque tenía miedo–respondí, aún con la mirada clavada en el suelo.

–¿Miedo de qué?

–Miedo de perderte, Mónica–abrió los ojos, asombrada–. Miedo a que me rechazaras como todos los demás y todo lo bonito entre los dos simplemente se perdiera.

–¿Miedo de perderme? ¿Vos a mí? Jajaja, ¿en qué pensás, Tyler? No te pienso dejar nunca.

–Entonces–mis ojos se iluminaron–, ¿sí quieres ser mi novia?

–¡Claro que sí, me encantaría!

–¡Genial! Te quiero mucho, Mónica. Gracias por hacerme tan feliz–la abracé.

–Y yo a vos, Tyler. Vos también sos alguien muy importante para mí–me respondió al abrazo.

En medio del abrazo quedamos los dos, congelados de la emoción. Yo era un poco más alto que ella, y, con mis manos, tomé su barbilla y le alcé suavemente la cabeza hasta mirar, frente a frente, sus hermosos ojos grises. Al verlos, pude notar que centelleaban de la felicidad.

Encantado, me acerqué a ella mientras cerraba mis ojos. Ella también cerraba lentamente los suyos. Acercamos nuestros labios y nos besamos profunda y largamente.

Esa fue la mejor sensación del mundo. Era mi primer beso. Sentí un montón de mariposas en el estómago, mi corazón estalló igual que pirotecnia en Año Nuevo o Fiestas Patrias, mis piernas temblaban. Fue algo mágico. Fueron los dos minutos más maravillosos de mi, hasta hace poco, atormentada vida.

Mientras tanto, los demás compañeros no daban crédito a lo que estaban viendo. El yugoslavo había logrado hacer suya a la chica más hermosa de la secundaria en cuestión de apenas meses. ¿Cómo lo hizo? Ninguno lo supo, pero algo sí sabían: a partir de ahora, nada iba a ser igual.

Luego del beso, justo después, sonó el timbre, que nos avisaba que debíamos regresar al aula. Nos miramos con mucha ternura, nos abrazamos de nuevo, y salimos para nuestra clase. El resto de la clase nos siguió, como si fueran nuestros cómplices.

Fue sólo hasta ese momento que me di cuenta que el pasado había quedado atrás.

 



XM Rodríguez-Ruiz

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En el texto hay: esperanza, amor, xenofobia

Editado: 25.08.2019

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