Una historia cualquiera

JACINTA O EL CONVENIENTE OLVIDO

 

JACINTA O EL CONVENIENTE OLVIDO

Jacinta es una mujer devota que asiste cada domingo a misa, apoya a la pastoral de la iglesia y da doctrina a los niños cuando el padre no puede. Y para su sociedad era un ejemplo de mujer. Jacinta, desde los diez años, siempre supo una cosa: se iría al cielo.

     Era una hermosa mañana de domingo. Para Jacinta los domingos siempre habían tenido un sabor particular. Desde que tenía memoria tenían un calor especial, que le recordaba al abrazo de un buen cobertor. Los olores a antojitos flotaban en el aire. Era como si toda la colonia respirara al mismo tiempo en perfecta armonía. Jacinta permanecía acostada, ya despierta desde hace algún tiempo, pero disfrutando un poco más. Había una extraña paz que bajaba del techo y la hacía sentirse bondadosa y feliz de estar en el mundo.

     Como cada domingo de su vida adulta, sus ojos despertaron por sí solos. Antes se levantaba hasta que su madre se acercaba; cuando ella murió su tía tomó el lugar; cuando se casó, ella hacía lo propio con Chema; después de su muerte, Dios lo tenga en Su santa gloria, lo hizo sola. Una hora antes de que comenzara la misa, se ponía de pie, se bañaba con agua fría y planchaba uno de los cuatro vestidos destinados para esta actividad. A flores, un vestido siempre con flores. La bata blanca de dormir se cambiaba velozmente por la toalla y ésta por el vestido, tan rápido que su cuerpo permanecía en un eclipse casi permanente y apenas notó unos pequeños moretones en los pechos, que decidió ignorar.

     Nunca le gustó mucho su cuerpo, y nunca le ponía mucha atención. Las consecuencias del pecado de Eva eran la excepción. Una sucia y asquerosa excepción, que extrañamente ya había tardado en llegar, por cierto. Ese desagradable evento, que por más que suplicó al cielo, nunca se vio interrumpida por la gracia del embarazo. Dios sabe por qué hace las cosas, se decía, mientras exprimía sus ojos y nariz entre pañuelos, tratando de descifrar el fin de ese designio divino. Tocó su vientre, casi por una insana costumbre, imaginando por un momento que alguna vida crecía dentro, incluso creyó sentir algo y se alegró ante la idea; pero después, recordando que la felicidad total no era para los fieles. No en este mundo. La felicidad total sólo se logra a través del pecado y se paga caro en el infierno, le decía su padre. Como una tentación del diablo, una imagen de unas grandes manos, sucias de grasa, sosteniendo con fuerza sus delgadas caderas la asaltó. Se santiguó tres veces y pidió perdón al cielo, por tan obsceno e inexplicable pensamiento.

     Alzó su muñeca y miró el reloj que Chema le regaló en el último aniversario que pasaron juntos y se sintió pesada. Tanto tiempo que faltaba para la misa. Siempre sobraba tiempo y faltaban en que gastarlo. A veces sobraba tanto que no sabía qué hacer con él. Su difunto esposo era una gran compañía, la mayor parte del tiempo, y lo hubiera sido más si él hubiera tenido un poco más de interés en ella. Pero ¿quién lo podía culpar? Suficiente era que le hubiera el hecho el favor del matrimonio a una mujer que nadie creía que podría casarse. Aún con su logro, la fealdad era una carga difícil de llevar. Nunca pudo tener de él más que besos de amigos y algo raro en la noche de bodas, y bueno, cosas que no sabía si así debían ocurrir cuando llegaba un poco tomado, muy extraño, pero era algo.

     Cuando Chema murió volteó o cubrió todos los espejos de la casa. Le recordaban que estaba sola por ser ella. Tan simple, tan sosa, tan falta de gracia… tan Jacinta. Creía que todo eso significaba lo mismo, pero eran tan necesarias de decir las cuatro cosas para describirla, porque de no ser así, se acentuaría aún más su vacuidad.

     Salió de casa, con el tiempo suficiente para ir y regresar dos veces a la iglesia. Acalló sus pensamientos, para poder concentrarse en el acto sagrado que iba a efectuar. Tomar el cuerpo de Cristo y alabar Su Palabra, pero pronto su humor cambió cuando al escindir la puerta de la calle, el primer impacto a su vista fue la basura que alguna buena alma dejó frente a su entrada. Seguro que esa persona salió después de la hora de recolección y pensó que sería una mejor idea que multaran a Jacinta a regresarla a su propia casa. ¿O es que un odio extraño se formó en esa mente demoniaca? ¿Pero por qué alguien le desearía el mal a alguien que sólo hacía el bien? Sus dedos flacos se crisparon y se movían como si hilara una telaraña invisible y golpeó el suelo con el pie derecho, externando su violencia, el resultado fue un golpe tan débil y descoordinado que le daría pena a quien fuera que lo viera. Pronto recuperó la compostura. Acomodó dos cabellos que se salieron de su lugar, subió su chal a sus hombros y tomó la bolsa de basura, dejándola apenas pasando la puerta y cerrándola de nuevo.



Sergio Vergara

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En el texto hay: ser mujer, lgbt, relaciones toxicas

Editado: 19.07.2018

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