Una Historia de Amor sin nombre

Tiempos de guerra presenta

PRIMERA PARTE

Cap. 1. Escuálido torpe y débil.

 

La forma más fácil de recordar a alguien, es tener una muy mala primera impresión sobre esa persona.

 

En las fronteras del infierno siempre hay batallas,

Y solo un puñado de valientes, pelean en el infierno,

Quizás fuese valiente,

Pero la valentía ha llevado tontos a la muerte.

 

Era sin duda alguna el cadete más raro de los que estaban bajo la dirección del capitán Julio. Escuálido, torpe, débil; esas eran las cualidades que el capitán solía recalcar cuando hablaba al respecto. Zuri Lazcano era su nombre, otro motivo de burlas, pues la carencia de género de aquel apelativo causaba risas entre sus compañeros. El capitán estaba cansado, pues ninguno de los cadete quería tener a Lazcano de compañero, sin importar cual fuera el castigo por negarse. Varios se habían quejado de que era muy flaco, qué sus manos eran muy delgadas, que se sentían incómodos cuando lo tenían cerca, algunos incluso temían partirlo al medio si lo llegaban a golpear. Había decidido ponerle un compañero permanente, valiéndose de su condición de padre y del hecho de que el cadete en cuestión era igual de patético que el mismo Lazcano. Cada uno sería responsable de la vida y la seguridad del otro, pues si algo le sucedía, pagaría el mismo precio. Pensó que así se animarían el uno al otro, al verse cada cual más patético qué el anterior, con la esperanza de que ambos pensaran qué estaban allí para mantener al otro con vida.

Su hijo Santiago, no era precisamente su orgullo como cadete, era de hecho casi una réplica de Lazcano, sin importar cuánto se esforzara, Santiago caía irremediablemente en la categoría de lo lamentable. Aquella idea de ponerlos juntos para no escuchar más quejas había dado resultados para el capitán, no obstante Zuri y Santiago no pensaban lo mismo. No se llevaban precisamente bien y para desgracia de ambos ahora debían andar juntos. Pasaban la mayor parte del tiempo sin dirigirse la palabra, procurando en lo posible ignorarse el uno al otro, hasta qué no quedaba más remedio qué romper el silencio para conversaciones muy específicas, como cuando se encontraban realmente aburridos o querían evitarse un castigo.

  • Oye Zuri ¿Te dormiste?
  • No, pensé que tú te dormirías primero.
  • Casi sí, pero quería estar seguro de que no te habías dormido tú.
  • ¿Quieres tomar turnos?
  • ¿Podemos?
  • Supongo que sí, al fin y al cabo es mejor que dormirnos los dos, como la última vez.
  • Ese castigo no fue divertido, aun me zumban los oídos.
  • No y la verdad no estoy de humor para pasar por eso de nuevo.
  • Tampoco yo.
  • Entonces cierra la boca y duérmete de una buena vez, te despertaré cuando sea tu turno de vigilar
  • Gracias Zuri.

Esas era las conversaciones más comunes qué tenían. A pesar de lo poco que hablaban, habían aprendido a llevarse mejor el uno con el otro. Aunque realmente no eran amigos, estaban conscientes de que era más fácil sobrevivir, con la ayuda de su compañero y evitando que murieran, para no morir de la misma manera. Sin embargo, contrario a lo que se esperaría, con el pasar del tiempo, mientras más se conocían, menos deseos tenían de estar el uno con el otro. Lazcano se daba cuenta de que Santiago era bastante atento, casi al punto de ser algo atosigante, siempre estaba sonriendo cual imbécil y no conforme con eso, era demasiado entrometido para su gusto. Santiago por su parte había tratado con un esfuerzo sobrehumano ser lo más antipático posible, pero no lo conseguía. Había comenzado a pensar qué estaba volviéndose loco. Estaba aliviado por el hecho de que Zuri no le devolviera las atenciones que él cometía sin pensar, le había tomado afecto, quizás por el hecho de que nunca había tenido una amistad, pensaba qué tal vez así se sentía tener un amigo, aunque también pensaba qué eran los extraños comportamientos de Zuri la razón.

Entre aquellos comportamientos, llamaba su atención el incontrolable temor qué Lazcano sentía por las serpientes, jamás había visto a nadie reaccionar como Zuri lo hacía. En una ocasión en la que caminaban hacia el cuartel, una víbora se cruzó en su camino, causando qué Zuri dejara escapar un grito y subiera al árbol más cercano, negándose rotundamente a bajar hasta qué el animal estuviera fuera de su vista.

  • ¡Serpiente!
  • Oye espera.
  • ¿Esperar qué? ¡Mátala!
  • Pero es inofensiva.
  • Ay si tú, inofensiva, eso decían de mi padre.
  • Zuri baja ya, vamos a llegar tarde, deja de actuar como tonto.
  • ¡Mata a la serpiente Santiago! ¡Mátala ya!
  • No, bájate de ese árbol, nos volverán a castigar
  • Y será tu culpa por no matarla.
  • Podemos tomar otro camino ¿Qué opinas?
  • ¿Qué tan idiota crees que soy?
  • Tienes mi palabra, somos amigos, por favor
  • ¿Por qué no quieres matarla?
  • No lo merece solo porque tú le tienes miedo, no hace nada, baja ya de una vez o subiré la serpiente al árbol.
  • Como la subas al árbol, te juro que descubrirás a qué le temes y lo pondré encima de ti mientras duermes.
  • Si no puedes con una serpiente, mucho menos con un escorpión.
  • ¿Escorpiones? Interesante y no necesito tomarlo, solo se lo diré a todos en el cuartel.
  • Pues yo les diré que les temes a las serpientes
  • Ya lo saben retrasado, casi rompí la nariz de tu padre por eso, en un ataque de pánico.
  • Oh sí, recuerdo eso, pero no la mataré, vamos, baja ya, aún tenemos tiempo de tomar otro camino, por favor, no quiero que me castiguen de nuevo.
  • ¿Tomaremos otro camino?
  • Tienes mi palabra, baja de una buena vez, por favor.
  • Bien, pero como nos acerquemos a la serpiente.
  • Si ya te entendí. De cualquier forma ya se fue
  • ¿A dónde se fue?
  • No lo sé, quizás se subió al árbol.
  • ¡No!
  • Espera, no saltes, vas a romperte las piernas.



Victoria Silva

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En el texto hay: romance, traicion, muerte

Editado: 23.01.2019

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