Under My Wings

22-. En las buenas y en las malas

Albert:

Hoy se cumplía un mes desde que Chris cayó en coma. A pesar de todos nuestros esfuerzos, no había reaccionado a ningún tipo de estímulo, y desde hacía dos semanas, los doctores comenzaron a perder cualquier esperanza de que pudiera despertar.

La última vez que fui, un doctor alto y delgado se sentó a hablar conmigo. Durante un largo rato, estuvo explicándome la delicada situación en la que se encontraba mi amigo, y según él, mientras más tiempo permaneciera así, más difícil sería que despertara.

También me preocupaba mucho el estado anímico de Eve, quien estaba cada vez más delgada, y por lo que podía verse, no dormía muy bien por las noches. Además, días atrás le confesó a Brie que ya se había cortado un par de veces.

Por supuesto, Brianna y yo también la estábamos pasando muy mal. Nuestras calificaciones empezaban a verse afectadas por toda esta situación, y pensar en cualquier otra cosa era casi imposible. Sin embargo, tratábamos de disimularlo tanto como fuera posible para así ayudar a nuestra amiga.

A su vez, Eve iba a verlo todos los días sin falta, y cada vez que podía, se quedaba a dormir allí. Yo, por mi parte, hacía mis visitas los lunes, miércoles y viernes; y Brie los martes y jueves. Los fines de semana íbamos los tres juntos y muchas veces terminábamos muy sentimentales.

Fue tan inesperado, que incluso parecía irreal. Semanas atrás, Chris y yo trabajábamos en mi cambio de imagen. Ahora él estaba en coma y yo debía cuidar de Valentine. A veces la vida da tantos giros inesperados, que es imposible prepararse para ellos.

 

El timbre de salida interrumpió mis pensamientos y recordé que seguía en clase de historia. Excelente. Volví a distraerme en clases y ahora no tenía ni idea de lo que la profesora había dicho. Ni modo, eso lo arreglaría luego. Era viernes, y por lo tanto, era mi turno de ir al hospital.

Salí del salón con paso rápido, y me abrí espacio entre la multitud para llegar al pasillo principal, donde encontré a Eve guardando algunos libros en su casillero; y solo con verla, me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin descansar.

—Hola, Albert —me saludó con cierto desgano.

—Hola, Valentine, ¿cómo dormiste anoche?

—No muy bien, sigo teniendo esas pesadillas.

—Oye, si quieres puedo encargarme de Chris por hoy —me ofrecí—. Así podrás dormir tranquila.

—No, gracias —negó con la cabeza—. Prefiero cuidarlo yo misma.

Dicho esto, cogió todas sus cosas apresuradamente y fuimos a tomar el bus. Luego de varios minutos esperando, finalmente apareció uno con asientos libres, a lo que nos subimos con rapidez, pagué ambos pasajes y tomamos asiento cerca de la puerta. Por fortuna, el autobús iba a buena velocidad, así que no tardamos casi nada.

Al bajarnos, cruzamos el estacionamiento y la entrada principal para llegar hasta la recepción del hospital, donde se encontraba un recepcionista bajito, con complexión atlética y acento mexicano que, durante todo este tiempo, se había comportado de forma amigable con nosotros.

—Hola, Al —saludó, dándome la mano—. Señorita Valentine, ¿vienen a dar la visita diaria?

—Sí, ¿podemos pasar? —preguntó ella notablemente ansiosa.

—Por supuesto, ya saben cómo llegar a la habitación, así que, adelante —nos indicó el sujeto—. Ese chico es afortunado de tener amigos como ustedes.

—Y nosotros de tenerlo a él —dije antes de dirigirnos al pasillo.

Abrimos la puerta del cuarto, y como de costumbre, no había nadie más que Chris. A su vez, como para tranquilizarnos, los constantes pitidos de las máquinas nos indicaban que seguía luchando por su vida.

En seguida, Eve se dirigió a la camilla para abrazarlo, y noté que, de forma casi imperceptible, este movía su dedo pulgar izquierdo. Sonreí esperanzado, y decidí dejarlos solos mientras que iba a dar una vuelta por la cafetería.

Compré una lata de Coca Cola para mí y un sándwich de queso para Valentine. Luego, volví a la habitación y encontré a la chica con un mejor semblante.

—¿A qué se debe tanta alegría? —pregunté.

—¡Abrió los ojos por un par de segundos! —exclamó emocionada y después vio la bolsa con el sándwich—. ¿Qué tienes allí? ¿Es para mí?



Freider Korff

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Editado: 07.10.2019

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