Universo Heraldo: Sinjadev

Epílogo

Han pasado casi tres años y medio desde aquel día. Méndez, Jiménez y Cedeño se recuperaron de sus heridas en unas cuantas semanas y todos se reintegraron al servicio sin mayores problemas. El que más tardó en regresar fue Jiménez, que usando sus contactos en el hospital, logró que le concedieran un reposo de seis meses, supongo que consiguió descansar bastante. En lo que respecta a Méndez fue ascendido a Supervisor jefe y le dieron su jubilación hace año y medio.

Al día siguiente de lo ocurrido, me contaron que varios hombres con gabardinas de color ceniza llegaron a la comisaria, no me fue difícil adivinar que trabajaban con el domador. Estos hablaron con el director de la policía y me atrevo a decir que hasta le dieron instrucciones de cómo manejar el caso. Cuando nos recuperamos, el jefe nos llamó a Méndez, Cedeño, Jiménez y a mí a su oficina. Todo lo que discutimos ese día fue en referencia a lo ocurrido en aquella casa. Pero nunca tuvimos problemas por lo que allí vivimos. Solo nos pidió que llenemos el expediente, imputando al ocultista con cargos de secuestro y homicidio múltiple, tanto a los habitantes de la vivienda, a la pareja que viajaba en el Siena rojo y a los oficiales de policía de Royal Cost.

Como adivinaran, los amigos del domador tenían mucha influencia en el sistema de justicia. Nunca nos dejaron hacerle autopsias a ni al cuerpo del ocultista, ni a los fallecidos en aquella casa. De hecho, los restos mortales de esas personas nunca entraron a la morgue de la policía, y se exigió que los velorios de esas desafortunadas personas fueran a urna cerrada. Excepto los del ocultista y aquel compañero de Royal Coast que fue poseído por esa entidad y acabó convertido en tierra. Esos dos desaparecieron para nunca más ser encontrados, ya imaginaran quienes se los llevaron.

Yo ahora soy oficial agregado y en unos meses volveré a ascender, seré oficial jefe. Tengo un bebé en camino, con una novata que ingreso el año pasado. También pedí mi cambio a la comandancia principal de Silver River y me lo aprobaron. Ahora tengo un jefe peor que Méndez, es curioso, pero ahora extraño a ese viejo cascarrabias.

Nunca supe el nombre del domador, por eso hasta este día solo puedo llamarlo así. Tampoco pude persuadirlo de venir a la estación a declarar aquella noche, demás está decir que hubiera sido imposible para mí obligarlo. Él se quedó conmigo hasta que llegó la ambulancia para trasladar Méndez y a los demás, luego de eso desapareció sin más ante mis ojos. Y no lo digo como metáfora, un momento lo tuve al frente y al girarme unos instantes se esfumó en el aire. Lo cual lamenté mucho, ya que estaba muy agradecido con él.

Una sola cosa me comentó antes de irse, me aconsejó que rezara porque no tuviéramos que volver a vernos. Ya que si eso sucedía, significaba que algo terrible estaba por ocurrir. Algo como lo que viví esa noche o seguramente mucho peor. Así que si no lo he vuelto a ver, tal vez sea lo mejor.

Nosotros vivimos salvando personas y arriesgándonos por los demás, creo que hasta ese día no había valorado realmente a los que están fuera del gremio policial. Y es que, que alguien te deba la vida te llena de orgullo y te hace sentir superior a veces. Pero debérsela a otra persona… Más cuando no está en la fuerza policial o en ningún otro cuerpo de seguridad es algo que enseña mucho.

Hay algo más que les quiero compartir, es algo que me pasó hace dos meses.

Me encontraba con un pasante de la academia, estábamos en los límites del estado. Eran más de las doce de la noche y el chico acababa de quedarse dormido, decidí dejarlo descansar y me bajé de la patrulla a tomar aire. Cuando vi un naranjo en una de las orillas de carretera, decidí tomar unas piedras del suelo y tratar de conseguir algunas naranjas.

Tras recolectar media docena de estas, miré hacia los pastizales. En aquel instante tuve que frotarme los ojos varias veces, ya que no podía creer lo que veía. Era un gran león azul, corriendo por los prados que se veían en el horizonte, y aunque estaba lejos podía distinguir como a su paso dejaba una estela azulada, así que me dediqué a observarlo.

Al cabo de un rato me vio, confieso que mi corazón se aceleró un poco, pero no me llevé la mano al correaje en busca de mi arma, no sentí necesidad de hacerlo. El me contempló unos instantes y empezó a alejarse. Parecía dar saltos mientras se retiraba, varias veces se giró a verme para luego reanudar su marcha, finalmente lo perdí de vista.



Gerhard

Editado: 25.06.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar