Hay dos tipos de leyes en este mundo: las que se escriben en los códigos y se defienden en los tribunales de Londres, y las que se dictan a puerta cerrada en los rascacielos de la City, con tinta invisible y cuentas en paraísos fiscales.
Durante veintisiete años, me regí por las primeras. Fui la estudiante perfecta, la chica de Castle Combe que nunca dejaba un cabo suelto. Construí mi vida como un castillo de naipes, convencida de que el orden y la rectitud eran el único escudo contra el caos.
Qué soberbia la mía.
—Revisá el tercer anexo, Amalia. Rápido.
La voz de Ethan cortó el silencio de la oficina. Levanté la vista y me topé con sus ojos marrones, fijos en mí desde el otro lado del roble. Ethan era el caos; el hijo del hombre que financiaba secretamente el lugar donde yo, ingenuamente, creí haber tocado el cielo: Vanguardia Legal.
—Los números cierran a la perfección, ¿verdad? —preguntó, inclinándose hacia adelante.
Había un desafío silencioso en su mirada, una tensión que no tenía nada que ver con los balances contables y todo con los años que llevábamos evitándonos.
—En el papel, todo cierra —respondí, sosteniéndole la mirada, aunque sentía que el piso se abría bajo mis pies—. Porque ambos sabemos que el papel aguanta cualquier mentira, Ethan.
Él no pestañeó. Sabía que yo había encontrado la anomalía: una transferencia millonaria de origen indescifrable. Estar al borde del abismo al lado del hombre que debía odiar no era solo peligroso; era, para mi horror, jodidamente adictivo.