El olor a té con bergamota, tostadas y mermelada de naranja amarga siempre había sido mi cable a tierra. Cada vez que el ritmo frenético de Londres amenazaba con devorarme, tomaba el tren a Castle Combe, un pueblo de casas de piedra y colinas donde el tiempo parecía haberse detenido. Allí, bajo la mirada de mis padres, recordaba quién era y el peso de las expectativas que cargaba sobre mis hombros.
—Amalia, pasame la manteca —pidió mi papá, acomodándose los anteojos.
Observé sus manos curtidas por años de trabajo. Mis padres habían entregado sus ahorros y sus horas de sueño para que yo, la menor y la única mujer, pudiera estudiar Derecho. Yo era la apuesta al futuro, la chica del pueblo destinada a conquistar la gran ciudad.
—¿Novedades de la City? —preguntó mi mamá, con una mezcla de orgullo y ansiedad.
Estaba por responder que nada, cuando mi celular interrumpió la charla. El prefijo de Londres brilló en la pantalla. Mis hermanos quedaron mudos; mi mamá soltó la tetera.
—¿Hablo con la señorita Amalia Sterling? —la voz al otro lado era gélida y profesional.
—Sí, ella habla.
—La llamamos de Vanguardia Legal. El comité de selección ha decidido ofrecerle el puesto de abogada asociada.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Al confirmar la fecha de ingreso para el lunes, mi sonrisa lo dijo todo. La cocina estalló en gritos de alegría, abrazos y lágrimas. Mi papá me rodeó con sus brazos y susurró: "Sabía que podías, mi niña". En ese momento, sentí que cada noche sin dormir y cada examen perfecto habían valido la pena. Había construido la vida ideal.
Esa noche, la casa se vistió de fiesta. Vecinos, tíos y primos celebraron bajo la luz cálida de las lámparas.
—¡Por la nueva abogada! —brindó mi hermano—. Que va a defender la justicia, seguir las reglas y poner a los tramposos en su lugar.
Todos chocaron sus copas. Yo sonreí, agradecida, sintiendo el calor de mi familia protegiéndome. Todo era perfecto y predecible. No tenía forma de saber que, a un par de horas de tren de distancia, en una oficina de cristal sobre el Támesis, unos ojos marrones que conocía muy bien del pasado estaban revisando mi currículum.
Tampoco sabía que la firma que hoy celebraba haber conquistado estaba financiada por vicios tan oscuros que amenazarían con derrumbar mi estructura, obligándome a elegir entre la ley que tanto defendía o el hombre atrapado en un juego de sombras donde nadie saldría ileso.