Vicios Ocultos

Capitulo 2: Legado de sangre.

El hielo chocó contra el cristal mientras servía un whisky. Desde el último piso de Vanguardia Legal, el Támesis lucía como una cinta brillante bajo la lluvia, pero para mí, la vista solo era un recordatorio de mi jaula. A mis veintisiete años, con un traje impecable y el control absoluto de la firma, el mundo me envidiaba. Qué maldita mentira.

Mi trabajo no era auditar balances; era ser el filtro que transformaba el dinero sangriento de los negocios de mi padre en libras legales. Si yo flaqueaba, el imperio familiar se reduciría a cenizas.

La puerta se abrió sin previo aviso.

El aroma a tabaco caro anunció a Arthur Vance.

—Los fondos de Liverpool ya están en las cuentas —dijo con esa voz áspera que me tensaba los nervios.

—.Estás arriesgando demasiado, padre. Mover eso a través de anexos confidenciales es un suicidio. Él soltó una carcajada cínica y apoyó una mano pesada en mi hombro.

—Para eso te pagué la mejor universidad, muchacho. Sos un Vance. Llevás esto en la sangre.

Cuando se fue, una opresión asfixiante me invadió. Recordé las súplicas de mi madre antes de morir: busquen una vida honesta. Pero el deseo de proteger a mis hermanos y el miedo reverencial a Arthur me habían condenado a este callejón sin salida.

Para despejar la mente, abrí los perfiles de los nuevos asociados. Pasé las páginas con desinterés, hasta que una fotografía me congeló los dedos sobre el teclado. Amalia.

La respiración se me cortó. Era ella: la chica de Castle Combe. La "niña buena" que defendía las reglas con una rectitud que, en mi adolescencia, me fascinaba tanto como me irritaba. Esto era una pesadilla. Amalia era honesta y brillante; si empezaba a escarbar en los expedientes, encontraría la podredumbre.

En el mundo de mi padre, descubrir la verdad era una sentencia de muerte. Si ella notaba una sola anomalía, Arthur la destruiría a ella y a toda su familia sin pestañear.

Miré la pantalla, sintiendo cómo el pánico se transformaba en una fría determinación. El lunes, ella cruzaría esa puerta. Tenía que alejarla, convertirle la vida en un infierno y obligarla a renunciar antes de que fuera demasiado tarde. Tenía que protegerla de mi mundo, aunque para eso tuviera que convertirme, una vez más, en el monstruo que ella tanto odiaba.




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