Violet

Capítulo VIII. Interrogatorios. Parte I

—Entiendo que eres el creador, la mente maestra detrás de las reuniones nocturnas…

—¿Es un delito juntarse con amigos y desvelarse? —preguntó Harry cruzado de brazos.

—Todos los participantes, sin excepción, todavía están en edad escolar, pero tú eres el típico chico malo que ejerce su influencia sobre el resto. ¿Ya cumpliste 22 o todavía tienes 21?

—¿Desde cuándo es un delito ser mayor de edad?

—Puedo ver que estás obsesionado con los delitos…

—Solo busco entender por qué estoy en esta sala, siendo interrogado por un burócrata bueno para nada.

—Despéjame una duda —dijo Mateo reclinándose sobre el respaldo de su silla—. ¿Acaso las historias que inventas y las que escuchas de tus compañeros, ya no fueron suficiente para menguar tu sed de muerte?

—¿Disculpe?

—Te has salido con la tuya bastante tiempo…

—No sé de qué está hablando; solo compartimos buenos relatos; ni siquiera permito alcohol o drogas durante las sesiones.

—¿Tus padres están separados, cierto?

—¿Qué tiene eso que ver? —preguntó abriendo los brazos de par en par.

—Robert Stoker se fue de casa cuando tenías 11, pero aún continuó regresando, de tanto en tanto, a desquitar con su esposa y sus hijos, las consecuencias de una vida miserable y vacía.

—Será mejor que no hable de lo que no tiene idea.

—Luana no se quedó atrás —suspiró mientras leía los reportes—. Según parece, abusó largo y tendido de los antidepresivos y visitó la comisaría en varias oportunidades, gracias a la prostitución callejera.

—Lo felicito detective, hizo su tarea.

—Solo quiero entender tu mente psicópata.

—Pierde el tiempo conmigo, no asesiné a nadie.

—Tuviste una infancia difícil, tu padre era un ebrio descontrolado que los golpeaba a ti y a tu madre; ella, por su parte, buscó responder a los problemas llevando a casa a cualquier prospecto que pudiera proporcionarle algo de calor, la tibieza candorosa que exige una piel deshecha, víctima de años de padecimiento.

—Cállese, se lo advierto.

—Debió ser duro para ti crecer en ese ambiente —reviró—. Apuesto a que culpas a tu papi de tu cobardía, pero años de ver desfilar hombres en la habitación de tu madre, germinaron en tu mente confundida una aversión descomunal hacia las mujeres.

—Tengo mucho cariño y respeto por mi madre —respondió tragando saliva.

—¿Qué me dices de Elena Fawton?

—Si está muerta, yo no la maté.

—Interesante, muy interesante —susurró Mateo.

—¿Qué cosa?

—Apenas nombré a tu ex novia y lo primero que sale de tu boca, está relacionado con la muerte.

—Disculpe si no guardo un buen recuerdo de aquella relación, pero no es nada fácil cuando encuentras al amor de tu vida, en la misma cama que tu mejor amigo.

—Eso puede ser un detonante…

—¿Qué quiere decir?

—Si hallara a mi novia en esa situación, querría vengarme, hacerla pagar por lo que me hizo.

—Pues, yo no soy así.

—No, claro que no —sonrió—, ya establecimos que heredaste de tu padre la cobardía.

—Vuelve a llamarme de ese modo y te arrepentirás —dijo vehemente, a punto de perder los estribos.

—La extroversión, es apenas la fachada que encubre tu falta de confianza y habilidad social; eres un pobre tipo que necesita apadrinar a jóvenes pubertos para sentirse en control.

—¿Quiere la verdad?

—Solo eso quiero.

—Soy un escritor frustrado.

—¿Disculpa?

—Cuando niño, el único refugio, el único sitio en el que me sentía seguro, era en las páginas por llenar de un sueño que me mantenía con vida —añoró—. Mi historia, bien podía ser el argumento de una espeluznante novela negra que me daría más fama que Oscar Wilde, pero ya ve, la inspiración es traicionera.

—¿Dices que creaste las reuniones para robar ideas de otras personas?

—No robar, inspirarme —sentenció—. Cuando Elena me engañó, toda mi mente quedó en blanco, ya no fui capaz de continuar el argumento que daba vida a mi existencia, que era mi razón de ser. Ella era mi heroína, el ángel que vino desde otro tiempo a rescatarme de todos mis flagelos y en un giro inesperado, propio de un desenlace cruel y artero, se quitó el velo que cubría su bondad y se transformó en aquello que durante años combatimos.

—¿Por eso asesinas mujeres? ¿Acaso estás matando una y otra vez a tu novia infiel?

—Ya se lo dije detective, jamás maté a nadie.

—¿Pero sí que pasó una y mil veces por tu mente la idea de verla martirizada, cierto?

—Contamos historias de terror, la muerte siempre está rondando, es la estrella que ilumina nuestras noches más sombrías —sonrió.



Sebastian L

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En el texto hay: misterio, crimenes, suspenso

Editado: 08.09.2020

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