La Última Puerta

Autor: Amaru Castela / Añadido: 16.02.18, 07:01:27

 

Pablo Navarro yace indolente,  turbio,  perdido. Espera sentado junto a la puerta de su aislamiento.

 

Una oficina oscura, tres guías serias y fruncidas, camuflaje café. El griterío ahogado en los muros de la afonía; olor fétido, perenne y dulzón de Pablo Navarro; voces anuncian la venganza,  la vergüenza y el desprecio, un ángel justiciero vuela en el viento y aquí adentro la complicidad de los condenados lo acoge.

 

Un joven civil, bien peinado y de camisa planchada lo mira, le hace una seña para que se acerque a su buró.

 

¿Nombre?
- Pablo Patricio Navarro Benalcazar

 

¿Edad?

 

El viejo mendigo lo mira extrañado, sus ojos se pierden en recuerdos distantes.

 

- no sé
¿cédula?

 

Mientras el viejo calla asustado, el joven revisa unas hojas, las vira hacia él, toma su dedo, lo mancha y estampa su huella digital.

 

Cruza Pablo Navarro, una puerta de metal mientras una vos condena:
- ¡a la lagartera¡
- ¡al primer piso¡

 

Atraviesa el patio del brazo de un guía, al trote, llega a un edificio cuadrado y es arrojado por otra puerta.

 

Un enorme ejército de hormigas humanas lo cubre y desvalija.
Los gritos lo aturden:

 

- ¡aquí te pudres¡
- ¡apestas¡ ¡apesta¡
- ¡aquí pagas piso¡

 

- ¡es un violador¡

 

La nube despojadora lo deja, él se incorpora, ha quedado solo en pantalón.

 

Recibe un golpe seco en la cabeza.
- vete a bañar y lávate bien las patas
- ¡quemen todo lo que trajo¡
- no quiero pulgas ni piojos.
 

 

Un enorme hombre mestizo, de chiva y cabeza pelada lo mira. Es el caporal y con su dedo determina el lugar donde dormirá.
- sí lavas la ropa de la gente
- dormirás allí junto a la puerta.
 

 

Otros ojos se clavan en él, desde el fondo del cuarto susurran, conspiran:

 

- ¡es un violador¡
- esperaremos dos semanas
- a ver sí no tiene visitas

 

Oscurece muy lentamente, llega la noche, ya es hora del bautizo.
Siete presos son formados contra la pared, por las ventanas sin vidrios, el viento es el primero en burlarse.

 

Grita el secretario de la celda:

 

- todos van a contar una ronda de cachos
- sí no cuentan ó sí el cacho es malo
- ¡se sacan una prenda¡

 

 

 

Entre angustia y horror van contando sus chistes, cuando la audiencia considera alguno de mala calidad, se abalanzan a la victima y  entre gritos y golpes le arrancan una prenda. Ya dos han pagado el precio.

 

Es turno del último: Pablo Navarro; nada, no dice nada, ni siquiera se inmuta. La turba enfurecida lo toma, lo levanta, arrancan su pantalón y el calzoncillo y lo lanzan contra la pared.

 

Controlada la sala, empieza otra ronda y otra, y otra. Todos terminan desnudos y golpeados.

 

Ahora son vendados los ojos.
Vuelve el secretario, el conductor del evento, a gritar:

 

- deben arrodillarse
- y deben abrir bien la boca
- ¡y por ningún motivo morder ¡

 

Armados de zanahorias y salchichas siete voluntarios introducen los objetos. Todos se rehúsan y forcejean en medio de las carcajadas de los presos. Solo Pablo Navarro se termino de comer la salchicha que pusieron en su boca.

 

Luego de un baño en agua fría, avergonzados y temerosos toman su lugar en la manada. Pablo se acurruca junto al chiflón de la puerta negra de metal. El olor a marihuana y cigarrillo endulza la noche mientras una bachata baila con el sueño.

 

- Joven Pablo, despierte joven Pablo

 

Una regordeta señora llama a la puerta blanca de hermosos labrados en la madera. Las cortinas brocadas de encajes traslucen rayos dirigidos como alfileres, que se clavan en la esponjosa colcha violácea que, opulenta cubre la cama.

 

Más tarde sale en el coche de su padre; elegante y solemne, su ropa como su mirada pretende mostrar su exuberancia, su éxito, toda su distinción de elegido; de dueño de fortuna, de futuro.

 

Al medio día es coronado en un prado verde, una capa, un raro bonete, un rollo de cartón en sus manos. Los aplausos lo acarician hasta la noche en la recepción, los viejos lo miran y en sus ojos el tiempo brilla, ambiciones y expectativas ciñen de sueños al nuevo bachiller. El licor y la hombría lo abducen, siente perderse en la ilusión de ser, de tener, de poder.

 

Cruza el patio de la casa, allí en una guachimanía duerme Julita, la hija de la regordeta criada. La niña de 16 años es un delicioso bocado de tentación e inocencia: ingresa a la cama y penetra a la durmiente, entre forcejeos y besos la calma.

 

Amanece desde ese día lleno de seguridad y desenvolvimiento, el nuevo adulto es muy ocupado, en la mañana va a trabajar en una oficina pública y, apenas sale, elegante y serio lleva flores a Paula, la hija de un Pastor evangelista de la iglesia de la Floresta.

 

De dicha pretensión no sabe nada el pastor, tan solo su madre que mira a Paula, que con 24 años obtuvo un boleto para el último vagón del tren que pasa.
Por eso la solapa, los esconde, los deja solos en la sala donde los ojos arden, mientras las manos escapan; como los quejidos y susurros que escucha mientras prepara el café.

 

El día tan esperado, el día de la boda amanece triste y nublado. La ceremonia por demás rara; sin cura, sin iglesia ni carruaje; y en medio de los botos apareció Julita muy embarazada.

 

Hasta allí llegaron las hazañas de Geacomo Pablo Casanova Navarro. La mirada de Paula rasgó su alma y nunca más se la pudo quitar de su propia mirada. Tampoco nunca se le borro la puerta por la que Paula corría desconsolada.

 

Hasta allí también llego su futuro, fue a la universidad y consiguió un titulo y un vicio, que fueron luego su identidad. Licenciado alcohólico.

 

Viernes a viernes buscaba a sus amigos para llorar por Paula, pronto fueron viernes, sábados y domingos. Profesaba amor eterno y el deseo de robársela.

 

Consiguió un nuevo trabajo cerca de la plaza de San Francisco. Aún trabajaba y era puntual, cumplido; hasta un día que a media semana, un miércoles el luto lo llamó. Pasó junto al salón “Las Palomas” y la quejumbrosa música le acertó una puñalada en el alma.

 

Durante los siguientes diez años destruyo toda oportunidad que la sociedad quiteña le brindo. Siempre iba a la casa donde Paula vivía, se quedaba en las barandas, desde allí la veía, tras el patio de rejas, escondido en la puerta. 

 

Después, durante quince años más, le escribía cartas semanales, se las hacia llegar al  patio mensualmente, cada 27, junto a regalos: flores con dulces o chocolates. Hasta que un día cuando el esposo de Paula murió, ella se lo hizo saber en una carta. Pero para Pablo Navarro ya era tarde, él era ya un mendigo alcohólico que vivía en la calle.

 

Los dos siguieron escribiéndose  pero nunca volvieron a hablar, a veces ella, tras las cortinas lo veía y él; a veces la seguía detrás, muy detrás para que no lo viera. 
 

 

En la lagartera todos se asustaron cuando llego la sentencia de Pablo Navarro en tres semanas:

 

- ¡Este si debió ser malo¡
- ¡Seguro lo violan y lo matan¡
- ¡Se le durmió el diablo¡

 

Sin maletas, sin ropa; ingreso a la cárcel tres del Ex penal García Moreno de la ciudad de Quito. A la vueltita del CDP, donde se encontraba. Ni siquiera salió un ratito a la calle, solo veía un policía entregarlo a otro guía de camuflaje café que le tomaba los datos al traspasar otra puerta más.

 

Los noticieros y titulares pregonaban espantados y eufóricos:

 

- Violador asesino atrapado en la quebrada del “Censo”
- Otro monstruo de los Andes descubierto
- Vivía con muertos y comía cadáveres.

 

Luego de tres días nadie más hablo de él, pero en realidad los partes policiales nunca establecieron quién era el cadáver y el motivo por el que Pablo Navarro estaba preso.
 

 

 

 

Esta es su historia, pedacito a pedacito, tal como la fue buscando, juntando y ensambló Pablo Mancero; su hijo. Al único a quien le importo:

 

Luego de haber enloquecido en las crudas vías, de las pulquerías de la 24 de mayo, de San Roque; luego de haber descarnado su sensibilidad en las mesas viejas y sucias de las cantinas de la Marín, bajo el puente del mercado central; de la Tola, San Blas y el Panecillo. Pablo Navarro, “el licenciado” como lo llamaban; se acostumbró a dormir sus borracheras en el frió pavimento y piedra de las calles de Quito, en los portales, en las plazas.  Allí encontró su alcoba, su sala, su baño. Su nueva familia “Los Guanchanqueros de San Blas”, que deambulaban en vuelos heroicos, lúgubres; entre la indominia y la exención. Marginados de las buenas modas y de la creación, en un mundo diferente que existe paralelo, entre la plaza Belmonte y el coliseo Julio Cesar Hidalgo. Le brindaron su hermandad, su afecto y respeto.
Pero cada mes iba a dejar, religiosamente, un regalo en casa de Paula Sarmiento. Nunca hablaron, como una novela trágica de fatal desenlace, sus vidas, sus temores, su resignación, transcurrió testigo el uno del otro en su tormento. Se amaban, según otros testigos, pero nunca tuvieron la fuerza de expresarlo, ni de pelear por ello. La Sra. Paula era tan presa como él, de la sociedad, de los maltratos de su marido, de los convencionalismos; y así, presa, murió.

 

La tarde lluviosa de un 2 de Noviembre, día de los difuntos. Las familias Mancero Sarmiento fueron sacudidas por un siniestro acontecimiento: El cadáver recién sepulto de Paula había sido exhumado y robado del cementerio de San Diego. La policía acredito el hecho a estudiantes de medicina de la Universidad Central.

 

Luego de esto, hay una cortina oscura que se tiende por varios años, parecía que desapareció de la tierra. De pronto hallé nuevamente su pista:

 

En la quebrada del rió Machángara, al oriente de Quito, en el intercambiador vial llamado “El Trébol” existen viejas edificaciones de una fabrica abandonada junto a los molinos “del Censo”. Aquí se refugian los mas indigentes y anómalos ciudadanos, degenerados que se auto entierran al descenso turbio que mimetiza su vida.

 

El pasado 27 de marzo, a la media noche; una patrulla es detenida por un mendigo en el sector del Trébol,  Llueve a cantaros y al acercarse a los policías el hombre denuncia que tres niñas han sido llevadas a la fuerza al fondo de la quebrada del rió Machángara.

 

El oficial que dirigió el operativo de rescate fue ascendido y obtuvo hasta una recompensa. En ningún parte policial apareció el nombre del mendigo que denuncio el hecho, pero aquel oficial lo reconoció ayer caminando por el inmenso túnel del viaducto de la Av. 24 de mayo. Lo siguió, y en uno de los ductos de ventilador, lo hallo junto al cadáver momificado de una mujer.

 

Al ser descubierto Pablo navarro se aferro del cuerpo inerte, abrazándolo como a quien le quitan un hijo. El cuerpo ya no tenía brazos ni piernas y estaba adornado con flores y listones que incrementaban el olor pútrido del cuarto.

 

Ahora; acompaño sus últimos pasos a la cárcel tres. Va el hombre sin resistencia, sin sosiego, atravesando la última puerta de su humanidad.

 

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