Tormenta, lluvia y jaula

Autor: Christo Herrera Inapanta / Añadido: 25.02.18, 22:28:02

!Hola¡ Quiero compartir con ustedes este cuento. Espero les guste mucho.

 

Quise escribir un pequeño poema a quien no puede entrar en mi vida. Joyita que cayó por azares malditos en el bolsillo raído de este vagabundo. Unas palabritas que dejaren plasmados los momentos diminutos que me regaló. Yo era Ser de arena ya, y aún no había muerto, sin embargo llegó ella, trayendo una sonrisa, unos ojos grandes y esplendentes, una forma distinta de pensar. ¡Qué puedo decir!, fue tormenta de paso, lluvia fresca sobre el desierto, tormenta al fin y al cabo y como tormenta revolucionaria de mis huellas y las huellas del futuro que quise forjar.

Mas, quién dijo que las tormentas eran malas. Y si en lugar de esperar el después de la tormenta, ansiaba el entonces. Porque el entonces me hizo moverme y dejar de ser el pasado soso en que me había convertido. Pero huyó como lo hacen las aves que son libres. Mi jaula, no, mi jaula no es sitio correcto para ella. Avejentado pequeño burgués, acomodado en proyectos que no termina ni piensa terminar. Solitario, lobo estepario, desencantado del mundo que hay fuera de la caverna. Llegó  para irse y la vi acomodarse y le di la bienvenida porque pensé que la estaba esperando hace mucho.

Qué curioso es este sentimiento. Supongo que Eros aún está hincando su flecha en mi espalda ya que no hay momento que haya de olvidarme de su SER. Diviso en el viaje a casa, panorama extraño, una claridad como antes no la había sentido. La gente sube y baja de este medio de transporte, no sé cómo llamarlo ahora, medio de recuerdos, pero me es indiferente del todo. Me es indiferente el Cotopaxi a lo lejos, majestuoso y blanco y me son indiferentes las miradas burdas de la masa que me rodea. Ya no pienso. He sido alienado en su fugaz sexo.

Evocan sus recuerdos y se hincan en la retina y la revivo una y otra y otra vez y ahí están sus labios, sus ojos cerrados, su respiración forzada, su cuello, su cuerpo, su SER. Supongo que a partir de ahora en mi soledad habrá cabida para ella y su recuerdo y no para más, no podría tantear lleno de ampollas las brasas de otra mujer. Supongo que cuando llegue a mi pequeño departamento, donde habitan mis libros y mi música la encontraré a ella entre todo eso que amaba porque me alejará de todo lo que algún día fui.

Y entre lo que fui, fui también un estúpido. ¿Vivir solo, años de años para luego henchirme con una estrella fugaz? Supongo que al fin de cuentas las tormentas sí son malas, no por que suceden, sino por las ruinas que dejan. Si antes fui desierto y hombre de arena sin haber palmado, su vertiente me convirtió en limo, ahora, ser agrietado bajo el sol del hastío que regresa.

Entro al departamento. Eco de mis pasos, mi maleta sobre el suelo. Me acerco, vacío, solo. Eros se ha largado con ella y me encierro de nuevo en mi pequeñita jaula de barrotes oxidados, de lunas invisibles. Abro un cuaderno y quiero escribir algo para ella, pero ella es simplemente inefable. Así, la hoja queda en blanco y yo la recuerdo de nuevo.

Christo Herrera Inapanta.

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