Mis novelas tienen trasfondo. Tienen un mensaje o una moraleja, y en cierto modo, no dejan de ser una especie de fábulas que han sido creadas para que pervivan más allá del tiempo que se tardan en leer, más allá de ser un simple entretenimiento.
Me conformo con que, después de haber leído un libro que le haya podido gustar más o menos, el lector se quede con una escena concreta, con una determinada frase, aunque luego no recuerde ni el título de la novela, ni mucho menos el nombre del autor.
Y si a raíz de eso cambia su modo de pensar o de sentir respecto a eso que se pretende resaltar en el libro (aunque solo sea un poco), mi objetivo se habrá cumplido sobradamente.
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.