10 Cartas para hallarme

Capítulo 1

Al momento de entrar por la puerta veo cómo me espera unos de los enfermeros que siempre está con mi papá, aún no se porque me hicieron venir hoy. Estoy nervioso.

– Señor Goméz, perdone por llamarlo de manera tan brusca. Tuvimos problemas.

– ¿Qué clase de problema? –Sentía que algo estaba sucediendo, mis manos estaban empezando a sudar. No me llamarían solo por una caída o algo leve, ¿Verdad?

– Su padre estos últimos días ha estado presentando problemas para mantener conversaciones con nosotros y sus amigos del recinto. –No dejaba de mirar hacia arriba o abajo, no podía verme a los ojos, ¿Por qué? ¿Qué significa lo que me dice?–. Su padre entró en etapas finales, lo siento.

Por un momento sentí como todo se congelaba, sentí que solo era una maldita broma de mal gusto o quizás algo parecido. Pero, ¿Por qué un enfermero bromeaba con eso?

– ¿Puedo ir a verlo? –Las palabras no querían salir de boca, no quiero ver a mi papá y que esté mal, no quiero ver a mi papá y que él no me vea a mi otra vez. Pero necesito verlo–. Por favor.

– Está dormido, pero si puedes pasar. –Sin otras palabras que decirme camina frente a mí, mientras lo sigo veo su espalda y detallo cada doblez y arruga en su camisa, veo como en cada pliegue, si enfocas suficiente la mirada, puedes ser el recorrido del hilo de tela. Al llegar a la puerta se detiene y me mira–. El señor Jonathan tuvo que ser sedado debido a complicaciones, si llega a despertar por favor no busque situaciones que lo puedan alterar. Y también, hay una carta en la mesita al lado de la cama, pidió que cuando llegará a ocurrir algo como esto la coloquemos donde usted pueda leerla.

Solo puedo asentir con la cabeza y entrar a la habitación, lo veo acostado de lado, abrazando una almohada. Me acerco para acomodar su sábana y abrigarlo mejor, no le gusta dormir sin estar abrigado.

– ¿Por qué aún estando dormido te ves cansado, papá?

Agarro la carta, ya algo arrugada, de la mesita de noche para luego darle un beso en la frente y sentarme en el sillón que está del otro lado de la cama. El sobre donde viene la carta tiene algo escrito: “La paz de un héroe”.

La paz de un héroe

Hace ya muchos años, y quizás en algunos lugares aún permanece, existía la leyenda de las Banshee. Normalmente es imaginado y visto como un espíritu aterrador, pero en su origen, era la personificación del Keening, el lamento fúnebre a los héroes que han caído.

Se cuenta la historia de un guerrero que jamás había mostrado una sola emoción, tras haber visto caer a sus hermanos guerreros y sus padres en batalla no hubo ningún indicio de dolor en su rostro, pero cada vez se sentía más pesado. Aquel guerrero, del cual pensaban que del alma había sido despojada, sentía que debía ser el pilar que sostuviera el dolor de todos quienes estuvieron antes de él, ser una armadura que nunca se rompiera, pero eso significaba cargar con el dolor de mil vidas en sus hombros.

Un día que el héroe decidió salir a caminar por los vados, aquellos cruces de ríos que se convierten en un lugar que no pertenecen ni a un extremo u al otro, escuchó un grito proveniente de una mujer ataviada con una gran tela negra que cubría todo su cuerpo, entre lamentos y gritos de dolor se encontraba intentando quitar la sangre de las ropas de los guerreros que habían caído. Él guerrero al escuchar aquel sonido sintió como si cargara el peso del mundo en sus hombros, pero aún con ello sintió tal indignación al ver las lágrimas de aquella mujer sobre la sangre de sus amigos que la mandó a callar, al no tener respuesta y oír como sus lamentos aumentaban al mismo tiempo que el peso que cargaba, cayó de rodillas al suelo y como pudo desenvainó su espada para amenazar a la mujer de muerte si no se callaba. Aquella mujer, que sin voltear a verlo, le habló de tal manera que cada palabra helaba sus músculos:

“No lloró porque ellos hayan sido débiles, y mucho menos lloró para menospreciar su sacrificio. Lloró porque ellos ya no podrán hacerlo.

Si tú no dejas que tu corazón lloré hoy, será esa armadura que llevas tu ataúd de hierro el día de mañana.”

Sin más fuerza en su cuerpo aquel formidable guerrero se dejó caer en el suelo, dejando su espada a un lado y mirando al cielo empezó a sentir como su cara se humedecía. Con cada lágrima que caía de su rostro al tocar el suelo sentía como aquel peso que lo sofocaba se desvanecía. Había dejado de ser un pilar para volver a ser un hombre.

. . . . . . . . . .

Si estás leyendo esto, es porque me estoy yendo, y lamento que esto tenga que ser así, porque nada le duele más a un padre que ama a sus hijos, que ser aquel que genere un dolor que no puede ayudar a sanar.

Ya han pasado al menos 3 años desde que esto empezó. Se que no ha sido fácil para ti, y mucho menos lo será el tener que despedirme de ti. Pero, te amo hijo, te amo de una manera que si pudiera borrarme de tu memoria, solo para evitar este dolor que sientes, lo haría. Pero como eso no es posible, y como se que no permitirías eso, antes de irme te recordaré algunas cosas, que por el peso de los años has olvidado. Dicen que un padre que se preocupa por su ida es porque no preparó a sus hijos para el momento que no estén. Por dios, estoy preocupado porque quiero seguir viviendo. Aunque viví bien, aunque ame bien, aunque reí y lloré, obviamente quiero vivir más, quiero ver a mis nietos, quiero ver a mis bisnietos. Pero, se que las cosas no son como uno las desea, y se que me iré. Así que, esta es la primera carta de diez, la primera carta en la que te daré consejos para vivir feliz.




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