10 Cartas para hallarme

Capítulo 2

Siempre he tenido un temblor leve en las manos, pero han habido ocasiones en las que el temblor puede aumentar, a veces por esfuerzo físico, otras por emociones fuertes o eventos shockeantes. Solo puedo ver como se resbala la carta de mis dedos mientras ellos se mueven como si de una posesión se tratara. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

Tengo que esperar un momento, hasta que pueda intentar calmarme y entender qué sucede. Padre Daniel, se quien es, lo vi varias veces, es uno de los amigos más cercanos de papá, pero no tengo su número ni nada parecido de cómo contactarlo. Luego de un tiempo y beber un poco de agua, rezando con no dejar caer el vaso, recojo la carta del suelo y veo que en la parte de atrás está un número de teléfono. Okay, al menos ya tengo un primer paso.

¿Puedo hacer esto?

¿Estoy preparado para hacer esto?

No puedo dejarlo irse solo, no cuando se trata de su mayor miedo. Anoto el número de teléfono y llamó, solo son unos segundos hasta que alguien contesta, tiene una voz muy serena quien habla:

– ¿Hola, quién llama? ¿Tuviste que cambiar otra vez de número, André?

– Hola, perdón señor no soy André. –Mientras camino alrededor de toda la habitación no puedo dejar de pensar en la manera de decir las cosas–. No sé si me recuerdo, soy el hijo de Jonathan Goméz, creo que la última vez que lo vi fue hace uno o dos años.

– Hola Helios, ¿Cómo estás? –Por un momento siento que su voz se apaga, se vuelve triste y no tranquilizante. Antes de responder, o quizás al ver que no lograba dar respuesta, él prosigue–. Supongo que Jonathan te hizo llegar la carta, ¿No?

– Si, dice que usted tiene la siguiente. –¿La habrá leído? ¿Le habrá dicho que hay en las cartas?–. ¿Puede dármela?

– Hay un bonito restaurante de comida china cerca de donde vivo, y dudo que hayas comido hoy debido al día, hora y la situación por la que llamas. –Es cierto, no pensé en comer cuando vine a acá justo en cuando me llamarón–. Tu padre me pidió que lo ayudará, ve al restaurante, allá te daré la carta y comerás algo.

– Okay.

Escucho como se cuelga la llamada y unos minutos después me llega un mensaje de una dirección, conozco este restaurante, he ido un par de veces, no estaba lejos de donde estudiaba. Antes de irme veo a papá, sigue dormido de lado, sigue viéndose cansado, sigue ahí, espero que siga ahí.

Luego de quizás 15 minutos en vía y llegar al restaurante, llamó al Padre Daniel quien me dice que está en la única mesa ocupada de la izquierda. Al entrar lo veo y él levanta una mano en forma de saludo y aviso.

Al saludarlo y sentarme frente a él veo que no ha cambiado mucho desde la última vez que lo vi, un hombre de piel morena, un poco bajo y mirada tranquila.

– Lamento que debamos vernos por esta situación, ¿Cómo te encuentras tú?

– Aún no sé cómo sentirme. –No puedo dejar de ver el sobre que está en la mesa, al lado de las servilletas. Ahí está mi papá, lo que queda de su mente–. ¿Esa es la carta?

– Si, es la carta que me dio tu padre, creo que ya hace un año o dos. Me llamó un día desde el recinto donde está y me pidió ir. Dios, recuerdo que me pidió que llevará ese asqueroso té verde que tanto le gusta, nunca entendí porque le gustaba algo así.

La risa del Padre Daniel es rara, es muy sincera, pero también suena triste.

– Cuando llegué y lo ví me asusté, he visto a tu padre agotado miles de veces, lo he visto triste, con rasguños, en shock. Pero verlo desorientado, verlo esforzarse por entender porqué me hizo venir a verlo, me rompió el corazón. Cuando recordó todo, me comentó que me pidió ir ese día porque estaba asustado, tu padre un hombre que era tan estúpido que solo podría verlo asustado por películas de terror estaba asustado porque se iba a ir sin poder ayudarte a superar el peso de la vida, ahí entendí porque me llamó.

El Padre Daniel se quedó callado un momento y luego bebió un vaso de agua quizás demasiado largo. Cuando iba a volver a hablar llegó uno de los meseros.

– Disculpen, ¿Listos para pedir amigo?

– Si, disculpe. ¿Comes arroz chino y papitas fritas? –No pude hacer más que asentir con la cabeza–. Nos traes un combo para dos personas por favor.

Luego de irse el mesero y antes de que pudiera él hablar debo preguntarle

– Padre Daniels ¿Por qué venir acá, cuando hay otros lugares donde no van a interrumpir?

– Primero, no me digas padre, tu papá me dice así no por ser de la iglesia, si no porque dice que mi voz suena como la de un sacerdote o algo así, a veces me cae mal tu padre. Segundo, porque a donde sea que vayas van a interrumpirte, hijo. Aunque me duele el alma por tu padre, el mundo no se va a detener por él… Y este restaurante está cerca de mi casa y me gusta.

Al decir lo último y sonreír no puedo evitar soltar una pequeña risa, una risa que me hizo recordar que debo respirar.

– Bien, por lo menos ya te calmaste un poco, a ver si logro hablar todo antes de que traigan la comida, son desgraciadamente veloces aquí. –Antes de seguir, vuelve a tomar otro vaso de agua y mirarme por unos segundos–. Tu padre me pidió que hablará de ti sobre soltar los pesos que te agobian porque conoce lo que he vivido. Gran parte de mi vida viví sintiendo ser el culpable de muchas cosas, a veces de la separación de mis padres, otra de los problemas de mi familia; y no soy una persona muy normal que digamos, así que no tenía tantas defensas en la vida adolescente. Así que llegó un momento en el que sentí que lo mejor que podía hacer era pasar desapercibido, ¿Qué mejor para eso que reprimir tus emociones? ¿Qué mejor que evitar expresar lo que sientes para no llamar la atención?




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