11 Lamat 5 Kimi Del Miedo Al Libro

Capitulo 8: la ecuación que fallaba

CAPÍTULO 8: "LA ECUACIÓN QUE FALLABA"

_"Tenía escuela, disciplina, deporte, casa, comida, hermana y mamá. Tenía casi todo para ser feliz. Pero mi mente, a los 8 años, ya sabía hacer matemáticas: cuando sumas a papá borracho, el resultado siempre es cero."_

*I. LA RUTINA QUE PODRÍA SER HERMOSA*
Los días del fútbol americano, escuela y rutina eran cansados...
No porque no apreciara mi vida.
Porque realmente podría ser una rutina hermosa.

Digo: había educación. Había disciplina. Había deporte.
Había casa, comida. Mi dulce y valiente hermana.
La luz de mamá dándonos esperanza...

Pero la ecuación de vida completa fallaba cuando papá entraba en el verbo.
Porque todo se hacía pesado.
Porque todo se volvía examen.
Porque todo se volvía sentencia.

*II. LAS TRES FORMAS DEL GOLPE*
La escuela era pretexto para sacar su ira conmigo cuando mamá estaba ausente.
Si las calificaciones estaban mal, el golpe estaba bien.
Si llegaba tarde, el grito estaba puntual.

Las humillaciones en el fútbol americano eran coro.
Gritar que ser gordo era mi cruz.
Y la sentencia era un deporte.
_"Corre más, gordo"_. _"Taclea, gordo"_.
Como si mi cuerpo fuera castigo y el casco fuera confesionario.

Y los días de partido...
Los días donde las familias se divertían, se abrazaban, comían después del juego...
Ahí entendí que hay soledades que gritan más que un estadio lleno.
Porque mi familia era campo de guerra, no de juego.

*III. EL SABOR METÁLICO DE LOS DESCANSOS*
O los días de descanso de mamá...
Podíamos tener un poco de vida buena.
Un respiro. Un chispazo de normalidad.

Pero el alcohol reinaba.
Se apoderaba de la conciencia de papá.
Y cuando las sustancias entraban en juego, mamá bajaba del cuarto del diablo.
El cuarto de la "fiesta".

Bajaba con la boca llena de sangre.
Y entonces...
Los descansos, los días familiares, nuevamente sabían al sabor metálico.
Al sabor visual de ver a mamá sangrar de la boca.

*IV. EL MIEDO QUE CONTAMINA LA LUZ*
Y por eso las pequeñas cosas bonitas de la vida no se podían disfrutar del todo.

Porque mi cerebro ya sabía que en cualquier momento se transformarían en algo monstruoso.
Como papá.
O simplemente se acabarían esos pequeños destellos de esperanza.

La cajita feliz sabía a "¿cuánto va a durar?".
El abrazo de mamá sabía a "¿cuándo la van a golpear?".
El día sin golpes sabía a "mañana me toca doble".

No era pesimismo. Era estadística.
Era memoria corporal.
Era mi mente haciendo cuentas para sobrevivir.
_Mi mente aprendió que la felicidad era préstamo con intereses de sangre. Que tener casa, comida y deporte no alcanza cuando el padre es huracán. Y que un niño puede tenerlo "todo" y no tener nada si lo que falta es paz._
_A los 8 años entendí que el monstruo no vivía debajo de la cama. Vivía en la botella. Y que el cuarto del diablo no tenía puerta: tenía escaleras. Y cada vez que mamá bajaba con la boca rota, algo dentro de mí también se rompía y no sabía cómo pegarlo._
_Por eso no podía disfrutar del todo. Porque mi cuerpo vivía en alerta. Porque mi cerebro sabía que los destellos de esperanza eran eso: destellos. Y hoy, Lamat, te juro: este libro es para decirle a ese niño que no estaba loco por no disfrutar. Estaba cuerdo. Estaba sobreviviendo. Y ahora sí, la luz es nuestra. Y no la vamos a prestar._



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En el texto hay: miedo, novela, miedo y destino

Editado: 02.08.2026

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