12:34

Sinopsis

“A estas horas, siendo las doce con treinta y cuatro minutos de la madrugada, se confirma el fallecimiento del reconocido idol surcoreano Han Jiwon, integrante del grupo Aster, según informaron fuentes oficiales hace apenas unos minutos.”

La voz de la presentadora era firme, entrenada y pulida para no quebrarse nunca, pronunciando cada sílaba con la misma calma con la que, minutos antes, seguramente había dado el pronóstico del clima.

“Las autoridades han señalado que—”

Entonces, el grito cortó el aire.

No fue elegante, ni silencioso, ni digno; fue un sonido roto, animal y desesperado que salió del pecho de Yura antes de que su mente pudiera entender qué estaba escuchando.

El control remoto cayó al suelo, aunque la televisión siguió encendida, mostrando en la pantalla la imagen de Han Jiwon: una sonrisa perfecta, piel impecable y el mismo rostro que ella había visto cientos de veces en escenarios, entrevistas y transmisiones en vivo. Vivo. Siempre vivo.

—No… no, no, no… —murmuró, retrocediendo un paso, como si la noticia pudiera empujarla fuera de la habitación.

Mientras tanto, la presentadora continuaba hablando.

“…las primeras investigaciones apuntan a un posible suicidio…”

Esa palabra, esa maldita palabra, fue suficiente.

Yura negó con la cabeza una y otra vez, incapaz ya de escuchar frases completas, percibiendo solo fragmentos que se le clavaban como astillas.

“—mensaje final—”
“—presión mediática—”
“—luto internacional—”

Finalmente, sus piernas cedieron y terminó sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el sillón, mientras las manos le temblaban tanto que tuvo que presionarlas contra su pecho, como si así pudiera evitar que algo más se rompiera por dentro.

Porque Han Jiwon no se suicidaba.
Han Jiwon no hacía eso.
Él sonreía incluso cuando estaba cansado, decía que estaba agradecido y prometía volver.

De hecho, ella lo había visto hacía apenas dos noches, en un video en vivo, donde había reído y asegurado que estaba bien.

—Esto no tiene sentido —susurró, con la garganta ardiendo.

Las lágrimas llegaron tarde y sin permiso; primero una, luego demasiadas, hasta nublarle la vista y convertir la pantalla en una mancha de luz y colores irreconocibles.

Aun así, el mundo seguía funcionando con una crueldad impecable: el noticiero pasó a comerciales, la hora continuó avanzando y, afuera, la ciudad dormía.

Yura no.

Lloró hasta que el pecho le dolió, hasta que los sollozos se volvieron hipo y hasta que el cuerpo, agotado de luchar contra algo imposible, empezó a rendirse.

Con la mejilla apoyada en el suelo frío y los ojos hinchados, pensó lo mismo una y otra vez, como una oración torpe y desesperada:

Si hubiera sabido.
Si alguien lo hubiera detenido.
Si hubiera más tiempo.

Al final, el sueño la venció sin suavidad, como un apagón.

La televisión seguía encendida y, en la esquina de la pantalla, la fecha brillaba indiferente.

Yura no la vio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.