Yura estaba sonriendo, no porque su día hubiera sido especialmente bueno ni porque algo extraordinario estuviera ocurriendo, sino porque Han Jiwon estaba frente a ella, aunque solo fuera a través de una pantalla.
El video avanzaba con una nitidez impecable, mientras las luces blancas y la música perfectamente sincronizada lo mantenían en el centro del escenario, colocándolo en el centro de todo, moviéndose con una seguridad que parecía effortless. Cantaba como si no pesara nada, como si el mundo no exigiera tanto de él, y Yura apoyó la barbilla en la palma de su mano, dejando escapar una sonrisa tranquila, casi automática.
Había aprendido a disfrutar esos momentos sin dramatizarlos, porque mirarlo se había vuelto parte de su rutina, igual que el café de la mañana o el trayecto al trabajo. No era una fantasía ni una obsesión, solo un pequeño refugio silencioso.
Cuando la canción terminó y el público estaba a punto de estallar en aplausos, su celular vibró.
Seo Minji:
¿Sigues viva o ya te absorbió tu idol?
Salgo del trabajo en veinte.
Yura soltó una risa breve antes de responder.
Yura:
Exagerada.
Sí, voy. En el café de siempre.
Cerró el video sin nostalgia y dejó el celular sobre la mesa, guardando sus cosas con calma.
—
El café estaba medio lleno cuando llegó, y el murmullo constante, mezclado con el sonido de tazas y conversaciones ajenas, llenaba el lugar de una normalidad reconfortante. Minji ya estaba sentada junto a la ventana, removiendo su bebida con expresión cansada, y apenas la vio levantó la vista.
—Llegas tarde —dijo—. Milagro.
—Cinco minutos no es tarde —respondió Yura mientras se sentaba frente a ella—, es margen de error humano.
Minji alzó una ceja.
—Díselo a Recursos Humanos. A ver si también lo consideran humano.
Pidieron lo de siempre sin mirar el menú, porque después de tanto tiempo ya no hacía falta.
—Estoy agotada —continuó Minji, apoyando el codo en la mesa—, no sé qué se le pasó por la cabeza a Kang Haein.
Yura levantó la mirada con una mueca conocida.
—¿Qué hizo esta vez?
—La versión corta o la versión larga? —preguntó Minji.
—Sorpréndeme.
Minji suspiró.
—Dijo que se fue de viaje. Así, sin más. Que no sabía cuándo iba a volver, que no iba a poder terminar su parte y que, además, ya no tenía señal.
—Conveniente —comentó Yura.
—Demasiado. Y cerró el mensaje con un “¿me ayudan?” —añadió Minji—, como si fuera una petición inocente y no una bomba.
—¿Y nadie le respondió?
—Al inicio no —dijo Minji—, porque todos estábamos tratando de decidir si reírnos o llorar, pero luego empezó a mandar mensajes uno por uno, individuales, como si eso hiciera menos evidente que nos estaba encajando su trabajo.
—Eso debería ser un talento —dijo Yura—, desaparecer y aun así generar más trabajo.
—Si lo fuera, ya sería millonaria —respondió Minji—, y nosotras seguiríamos aquí.
—Como ahora —añadió Yura—, pobres pero con experiencia laboral.
Minji se rió y negó con la cabeza.
—Siempre es lo mismo con ella. Un viaje, un problema, una historia distinta cada mes. Tal vez sí estaba de viaje, quién sabe, pero al final da igual, porque nunca termina nada y siempre espera que el equipo la cubra.
—Y luego vuelve como si nada —dijo Yura—, agradecida, sonriente, prometiendo que la próxima vez será diferente.
—La próxima vez nunca llega —confirmó Minji—. Pero oye, al menos nos fortalece el carácter.
—Yo prefería fortalecer mi cuenta bancaria —replicó Yura.
—Error de nacimiento —dijo Minji con seriedad falsa—. Claramente no nacimos millonarias.
—Ni herederas misteriosas —añadió Yura—. Ni protagonistas de drama.
—Somos extras con ojeras —concluyó Minji.
Se rieron, y durante unos minutos siguieron hablando de correos interminables, plazos absurdos y esa sensación constante de que el departamento funcionaba gracias a la paciencia de siempre los mismos. La conversación se volvió ligera, casi divertida.
Yura dio un sorbo a su café y pensó, sin saber muy bien por qué, en lo fácil que era ese momento, en lo estable que parecía todo cuando no se pensaba demasiado.
__
Yura llegó a su departamento cuando la ciudad ya había bajado el ritmo, por lo que dejó las llaves en el cuenco de siempre, se quitó los zapatos sin prisa y encendió una luz tenue en la sala, más por costumbre que por necesidad. El silencio la recibió como algo familiar, casi cómodo, así que se permitió disfrutarlo unos segundos antes de moverse otra vez.
No había alcanzado a sentarse cuando el celular vibró.
Suspiró apenas vio el nombre en la pantalla, aunque contestó de inmediato.
—Hola, mamá.
—Yura, por fin —respondió la voz al otro lado—. Pensamos que te habías olvidado de nosotros otra vez.
—No me olvido —replicó ella mientras se dejaba caer en el sofá—, solo vivo.
Del otro lado se oyó una risa suave y, casi enseguida, otra voz se unió a la llamada.
—Eso suena peligrosamente independiente —dijo su padre—. ¿Estás comiendo bien?
—Sobrevivo —respondió Yura—, eso cuenta.
La conversación avanzó con la naturalidad de quienes se llaman seguido aunque no lo parezca, pasando por comentarios triviales y preguntas rutinarias que Yura respondía con medias verdades cuidadosamente dosificadas. Su familia, por parte de madre, provenía de una antigua estirpe alemana que había construido su fortuna décadas atrás, cuando uno de sus antepasados decidió invertir en lo que entonces parecía una rareza: el desarrollo de videojuegos y motores gráficos interactivos, una rama tecnológica que con los años se transformó en un pilar de la industria del entretenimiento digital.
Estudios, patentes, franquicias exitosas, y dinero suficiente como para no tener que preocuparse nunca más.
Yura, aun así, se había ido.
No hubo discusiones ni rupturas dramáticas, sino una decisión tomada con una calma obstinada, porque no quería vivir bajo el peso de un apellido ni depender de cuentas que no sentía propias. Había elegido ser simplemente Yura, con un trabajo común, un departamento pequeño y problemas ordinarios, lo que a veces la llevaba a pensar, con una sonrisa torcida, que parecía que le gustaba la pobreza.
Editado: 05.01.2026