Los días siguientes se fundieron en una niebla espesa, como si el tiempo hubiera decidido ralentizarse solo para torturarla. Yura se movía por inercia, un cuerpo que cumplía con las rutinas sin que el alma participara. Se levantaba a la hora de siempre, se vestía con lo primero que encontraba en el armario, camisas arrugadas, pantalones que ya no le quedaban del todo bien, y salía al mundo como una sombra de sí misma. Cada paso hacia la puerta de su departamento era un esfuerzo mecánico, como si sus músculos recordaran el camino pero su mente se negara a acompañarlos. Afuera, la ciudad bullía con su ritmo habitual: el tráfico matutino, el aroma a pan fresco de la panadería de la esquina, las voces de los vendedores ambulantes ofreciendo café caliente. Pero para Yura, todo eso se había convertido en un fondo borroso, un ruido blanco que no penetraba la barrera invisible que se había erigido alrededor de su corazón.
Regresaba al trabajo después de sus vacaciones, pero el regreso no trajo alivio; solo más vacío. Esas vacaciones habían sido un intento fallido de desconectar, de recargar energías en un pequeño viaje a la costa, donde el mar y el sol deberían haber lavado sus preocupaciones cotidianas. En cambio, habían sido días de soledad autoimpuesta, leyendo libros a medias y caminando por playas vacías, pensando en lo frágil que era su "vida normal". Ahora, de vuelta en la oficina, el contraste era aún más cruel. El edificio de la empresa, con sus paredes grises y fluorescentes que zumbaban como insectos atrapados, le parecía un laberinto sin salida. Llegaba puntual, se sentaba en su escritorio y tecleaba respuestas automáticas a correos que apenas leía. Las palabras en la pantalla se desdibujaban ante sus ojos, convirtiéndose en garabatos sin sentido. ¿Qué importaba un informe de ventas o una reunión de equipo cuando el mundo había perdido una luz tan brillante?
Las reuniones pasaban en un borrón: voces lejanas, presentaciones en pantalla que no registraba. Kang Haein había vuelto de su “viaje”, el mismo que Minji le había contado cuando se reunieron antes mientras Yura aún estaba ausente, con excusas vagas y sonrisas falsas, pero Yura ni siquiera se molestó en poner los ojos en blanco. Antes, esas historias de Haein la habrían irritado o divertido, dependiendo del día; ahora, eran solo ruido. Simplemente asentía, tomaba notas vacías y esperaba que el reloj avanzara. En una de esas reuniones, el jefe, un hombre de mediana edad con una corbata siempre torcida, la miró directamente y preguntó: "¿Yura, tienes algo que agregar sobre el proyecto?". Ella parpadeó, como si saliera de un trance, y murmuró un "No, todo bien" que sonó hueco incluso para sus propios oídos. Los demás continuaron, pero ella sintió sus miradas de reojo, como pinchazos sutiles que no dolían lo suficiente como para sacarla de su letargo.
En el trabajo, el dolor se manifestaba en pequeñas grietas que nadie más veía. Pasaba horas mirando la pantalla, pero su mente vagaba a recuerdos de Han Jiwon: un video antiguo donde bailaba bajo la lluvia artificial de un escenario, su risa contagiosa rompiendo el silencio de su departamento. Ese dolor no era solo tristeza; era una ausencia palpable, como si le hubieran arrancado una parte de sí misma que no sabía que era tan vital. ¿Por qué dolía tanto? Se lo preguntaba una y otra vez, en silencio, mientras fingía trabajar. No era amor romántico, no en el sentido convencional; era algo más puro, más intangible. Han Jiwon había sido su ancla en un mar de rutina, un recordatorio de que existía belleza en el mundo, incluso si estaba lejos, en una pantalla. Perderlo era como perder la fe en que las cosas podían mejorar, en que un simple gesto podía iluminar una noche oscura.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó un compañero un día, durante la pausa para el almuerzo. Su voz sonaba lejana, como si viniera de otra habitación. Se llamaba Taehyun, un tipo amable pero superficial que siempre hablaba de deportes y series de televisión. Se sentó frente a ella en la cafetería de la empresa, con su bandeja llena de arroz y kimchi, mientras Yura apenas había tocado su sándwich.
Yura levantó la vista de su bandeja intacta, un sándwich que había comprado por costumbre, no por hambre, y forzó una sonrisa que no llegaba a sus ojos. El esfuerzo le costó, como si sus músculos faciales hubieran olvidado cómo funcionar.
—Solo cansada —dijo, con la voz ronca de quien no ha hablado en horas. Era una mentira piadosa, pero ¿qué más podía decir? "¿Sabes que mi mundo se derrumbó porque un idol que nunca conocí en persona decidió que ya no podía más?" Sonaba ridículo, patético incluso. Pero el dolor era real, un nudo en el pecho que se apretaba con cada respiración.
Taehyun se encogió de hombros y siguió comiendo, cambiando el tema a algo trivial sobre el clima o el tráfico. "Este tráfico de Seúl es una pesadilla, ¿verdad? Ayer tardé una hora en llegar". Yura no escuchaba. En su mente, el eco de la noticia repetía en bucle, un susurro constante que ahogaba todo lo demás. Comía mecánicamente, un bocado tras otro, sin saborear nada. El mundo se había vuelto gris, desvaído, como una foto vieja que pierde color. Cada mordisco era un acto de supervivencia, no de placer; su apetito había desaparecido junto con su capacidad para sentir alegría en las cosas simples. Recordaba cómo, antes, un buen almuerzo con colegas podía ser un respiro; ahora, era solo una obligación más en un día interminable.
Con Minji era lo mismo, pero peor porque ella notaba las cosas. Quedaban para café después del trabajo, como siempre, en ese café junto a la oficina donde el aroma a granos tostados solía reconfortarlas. Pero Yura llegaba tarde, se sentaba en silencio y removía su bebida sin probarla. Minji hablaba de lo de siempre: quejas sobre el jefe, anécdotas divertidas de la oficina, planes para el fin de semana que nunca se concretaban. "Hoy Haein llegó con una historia nueva: dice que su 'viaje' fue a un retiro espiritual en las montañas, pero todos sabemos que estaba de fiesta en Busan. ¿Puedes creerlo? Y ahora nos toca cubrir su retraso en el informe trimestral".
Editado: 26.01.2026