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Capitulo 4

Los días siguientes a esa noche de insomnio se convirtieron en una especie de limbo obsesivo. Yura ya no distinguía bien entre el día y la noche; el tiempo se medía en pestañas abiertas, en tazas de café que se enfriaban antes de que pudiera darles un segundo sorbo, en el brillo azul del laptop que le quemaba los ojos hasta que parpadear le dolía. El departamento, que antes le parecía pequeño pero acogedor, ahora era un espacio claustrofóbico lleno de rastros de su propia desesperación: mantas tiradas en el sofá como si alguien hubiera huido de un incendio, platos con restos de ramen que no recordaba haber preparado, un cuaderno abierto en la mesa con garabatos frenéticos, flechas que conectaban horarios imposibles y nombres de cuentas anónimas.

Se sentaba en el suelo frente al sofá porque la silla de la mesa le parecía demasiado formal para lo que estaba haciendo. Las piernas cruzadas, el laptop en el regazo, la espalda contra el mueble. Ahí pasaba horas, a veces toda la madrugada, revisando lo mismo una y otra vez como si en algún momento la verdad fuera a saltar de la pantalla y gritarle: “Aquí está, aquí está la respuesta”. Pero la verdad nunca gritaba. Solo susurraba dudas cada vez más altas.

Releyó el mensaje final hasta que las palabras perdieron sentido: “Gracias por todo. Lo siento. No puedo más.” Cuatro líneas. Doce palabras. Doce palabras que no encajaban con el Han Jiwon que ella conocía. El que dedicaba veinte minutos a describir cómo había preparado ramen instantáneo con un huevo extra porque “hoy necesitaba algo cálido”. El que respondía a cientos de comentarios con emojis personalizados, recordando nombres de fans que comentaban por tercera vez esa semana. ¿Cómo alguien capaz de tanto detalle en lo cotidiano podía despedirse con algo tan seco, tan vacío? Buscó mensajes de despedida de otros idols que se habían ido. Algunos eran novelas llenas de gratitud, arrepentimiento, promesas de reencontrarse en otro lugar. Otros eran breves, pero al menos tenían calor humano. El de él era... clínico. Como escrito por alguien que ya no estaba del todo ahí.

Luego llegaron los horarios, y con ellos la primera grieta real en su certeza. Un hilo viral había armado una cronología casi militar: el live de su cumpleaños había sido en la madrugada del lunes en Corea (alrededor de la 1 a.m. KST, mediodía del domingo en Alemania). Ella lo había visto sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas, sonriendo sola cuando él guiñó el ojo a la cámara y sopló la vela imaginaria. Pero no fue el último. Después de ese cumpleaños hubo cuatro lives más antes del final absoluto.

Dos fueron casuales: uno donde se sentó en su habitación de hotel en Berlín con una sudadera gris y el pelo revuelto, contando cómo había descubierto una panadería coreana en Mitte y cómo la ajumma que atendía le había regalado un bollo extra porque “parecía cansado”. El otro, un Q&A rápido, respondiendo preguntas tontas sobre su comida favorita en Alemania y riéndose cuando alguien le preguntó si extrañaba el kimchi. “Mucho. Pero aquí hay un lugar que hace bibimbap decente. Les mando la ubicación después”.

Los otros dos fueron dedicados a la gira: en uno mostraba fotos de ensayos en un estudio pequeño en Kreuzberg, hablaba de cómo el cambio de aire le estaba ayudando a componer, prometía que la gira europea sería “la más especial hasta ahora”. “Vamos a cantar hasta quedarnos sin voz, y después vamos a comer algo rico y a dormir doce horas seguidas”. El segundo, más tranquilo, sentado en un parque con auriculares, contando anécdotas de fans que lo habían reconocido en la calle, de cómo una niña le había dado un dibujo y él lo había guardado en su billetera. “Esto me mantiene andando”, dijo, tocándose el bolsillo.

Y luego, el último de todos: un live casual, breve, sin grandes anuncios. Terminó exactamente a las 8:00 p.m. KST del domingo por la noche en Corea (lo que equivalía al mediodía del domingo en Alemania). Él solo charló un rato, leyó algunos comentarios, se rió de un meme que le enviaron, dijo “gracias por acompañarme hoy, descansen bien” y se despidió con su guiño habitual. Nada especial. Nada que indicara que era una despedida. Solo un live más. Y ocho horas después —a las 00:34 hora alemana, 08:34 KST del lunes— el mensaje final apareció en su cuenta, y el mundo se rompió.

Ocho horas. Entre las 8:00 p.m. KST del último live y las 08:34 KST de la noticia, solo ocho horas y media. Tiempo suficiente para dormir, para arrepentirse, para que alguien más tomara el control. Tiempo insuficiente para que alguien que parecía tan vivo se fuera para siempre.

Yura anotaba todo en su cuaderno con letra apretada, casi ilegible de tanta presión en el bolígrafo. Flechas rojas conectando fechas. Círculos alrededor de palabras clave: “prometió”, “renovado”, “nos vemos pronto”, “descansen bien”. Preguntas en los márgenes: ¿Por qué hablar de descansar bien si ya no iba a dormir nunca más? ¿Por qué guardar un dibujo en la billetera si ya no la usaría? ¿Por qué guiñar el ojo a las 8 p.m. si a las 8:34 a.m. del día siguiente todo había terminado?

Las teorías empezaron a acumularse como una avalancha. La más repetida era la del encubrimiento contractual. Aster no era solo un grupo; era una máquina de dinero. Han Jiwon era el centro. Su “tiempo creativo” en Alemania podía ser una forma de sacarlo de Corea mientras la agencia negociaba extensiones o silenciaba quejas. En foros antiguos había historias de idols que desaparecían después de pedir renegociar cláusulas abusivas. “Si hablas, te entierran”, decían los anónimos. Y en Alemania, con leyes de privacidad más estrictas y prensa menos controlada por las agencias coreanas, quizás había pensado que podía hablar sin tanto riesgo. Quizás había intentado. Quizás por eso el silencio repentino después de ese último live casual.

Otro hilo la llevó a un audio filtrado de una supuesta llamada interna: voz masculina distorsionada diciendo “Si no firma la extensión antes de volver, hay formas de manejarlo. Ya sabes cómo terminan estos casos”. El audio era de mala calidad, lleno de ruido blanco, probablemente falso o editado. Pero Yura lo descargó y lo reprodujo en bucle, buscando inflexiones, acentos, cualquier cosa que lo hiciera real. Lo escuchaba con auriculares en la oscuridad, como si el volumen bajo pudiera hacer que las palabras fueran menos dolorosas.




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