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Capitulo 6

Los días siguientes fueron un torbellino de caos adorable y agotador. El gatito, al que Yura terminó llamando “Nieve” porque era blanco como la nieve de los Andes y porque le pareció el nombre más simple y honesto se convirtió en el centro absoluto de su existencia. Ya no había rutina mecánica, ni silencios pesados, ni tardes mirando el techo. Ahora cada hora era una pequeña aventura, un desastre en miniatura, una lección de paciencia que Yura no sabía que necesitaba aprender.

Al principio pensó que tener un gato sería fácil: comida, arena, caricias ocasionales. Error garrafal.

Nieve lloraba porque no podía subir al sofá. Era tan pequeño que sus patitas delanteras apenas alcanzaban el borde. Yura lo levantaba con una mano, lo ponía arriba y él se paseaba triunfante por el respaldo como si hubiera conquistado una montaña. Cinco minutos después, maullaba desesperado porque no podía bajar. Yura lo bajaba. Subía. Bajaba. Subía. Era un ciclo infinito que la hacía reír a pesar del cansancio.

En las madrugadas, Nieve decidía que tenía hambre a las tres de la mañana. Saltaba sobre la cama, pisaba la cara de Yura con sus patitas heladas y maullaba directo en su oído hasta que ella se levantaba tambaleante, abría una lata de comida húmeda y lo veía devorarla como si fuera la primera vez que comía en su vida. Luego, satisfecho, volvía a la cama y se acurrucaba contra su cuello, ronroneando como un motorcito.

Pero no siempre era hambre. A veces era sed. Se paraba frente al bebedero que Yura le había comprado, uno con filtro para que el agua corriera y no se estancara y maullaba indignado porque “el agua no se mueve lo suficiente”. Yura terminaba abriendo el grifo de la cocina, dejando que goteara un chorrito, y él bebía como si fuera la fuente de la juventud. Luego volvía al bebedero y lo ignoraba otra vez.

Quería jugar todo el tiempo.

Todo.

El tiempo.

Un cordón de zapato se convertía en serpiente mortal. Un calcetín perdido era presa digna de caza. Una pluma atada a un palo era la aventura del siglo. Yura llegaba del trabajo con los informes pendientes, se sentaba frente a la computadora y, en menos de dos minutos, Nieve se subía al teclado, se echaba de lado con desvergüenza absoluta y empezaba a ronronear mientras borraba líneas enteras de texto con su cola esponjosa.

—Nieve, por favor —suspiraba Yura, intentando moverlo con cuidado—. Tengo que terminar esto antes de mañana.

Nieve la miraba con esos ojos azules enormes, parpadeaba lento y se acomodaba mejor, como diciendo “esto es más importante que tu trabajo”.

Al final, Yura siempre cedía. Cerraba la laptop, tomaba el juguete con pluma y jugaba con él en el suelo. Nieve saltaba, corría en círculos, se lanzaba de cabeza contra la alfombra y volvía a empezar. Yura reía —reía de verdad—, con el pecho más ligero que en semanas.

Una tarde, después de una sesión particularmente intensa de persecución de cordón, se sentaron los dos en el sofá. Nieve exhausto pero feliz, con la lengua afuera y los bigotes temblando. Yura lo levantó y lo puso sobre su regazo. Lo acarició despacio, desde la cabecita hasta la colita, y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: gratitud.

—Gracias —le dijo en voz baja—. Por ser mi compañía. Estaba muy triste, ¿sabes? Muy, muy triste.

Nieve la miró fijo, como si realmente entendiera. Ladeó la cabeza y maulló suave, casi un ronroneo.

Yura siguió hablando, como si el gatito fuera el único que podía escucharla sin juzgar.

—Había alguien… un idol. Se llamaba Han Jiwon. Lo veía en videos, en lives. No era nada real, pero para mí era importante. Me hacía sentir que el mundo no era tan pesado. Y luego… se fue. Dicen que se suicidó. Pero no lo creo. No lo creo para nada.

Las palabras empezaron a salir más rápido, como si hubieran estado esperando el momento.

—Hay gente que dice que lo asesinaron. Que la compañía lo silenció, que sabía cosas feas. Y yo… yo solo quiero justicia para él. Quiero que alguien lo ayude, que se sepa la verdad. Si tan solo pudiera verlo una vez más… solo una vez. Decirle que no estaba solo. Que alguien lo veía de verdad.

La voz se le quebró. Las lágrimas llegaron sin aviso, calientes y silenciosas al principio, luego más fuertes. Yura se cubrió la cara con una mano, avergonzada de llorar delante de un gato, pero incapaz de parar.

—Desearía haberlo sabido —susurró entre sollozos—. Si estaba triste, si necesitaba algo… habría hecho lo que fuera. Aunque fuera imposible.

Nieve no se movió. Se quedó ahí, quieto en su regazo, mirándola con esos ojos enormes que parecían entender más de lo que un animal debería. Luego, despacio, subió por su pecho, apoyó las patitas delanteras en su hombro y frotó su cabecita contra la mejilla húmeda de Yura. Ronroneó fuerte, como si quisiera absorber el dolor con el sonido.

Yura lo abrazó con cuidado, enterrando la cara en su pelaje suave y blanco. Lloró hasta que no quedó más, hasta que el cuerpo se rindió al agotamiento emocional. Se recostó en el sofá sin soltar al gatito, y Nieve se acurrucó encima de su pecho, justo sobre el corazón, como una manta viva y cálida.

Cerró los ojos.

El ronroneo constante la arrulló como una canción de cuna. El departamento estaba en penumbras, solo la luz tenue de la lámpara de mesa. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, indiferente.

Pero adentro, por primera vez en mucho tiempo, Yura no se sentía sola.

Nieve cerró los ojos también, con un último ronroneo profundo, y los dos se durmieron así: juntos, exhaustos, pero vivos. Realmente vivos.




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