Yura despertó con un sobresalto, el corazón latiéndole en la garganta antes siquiera de abrir los ojos del todo. Extendió la mano por instinto hacia el lado del sofá donde Nieve siempre se acurrucaba, justo contra su pierna. Nada. Solo tela fría y arrugada.
Se sentó de golpe, el aliento corto.
—¿Nieve?
Silencio absoluto. Ni ronroneo, ni maullido, ni el sonido de patitas pequeñas correteando por la cocina.
Se levantó rápido, descalza, y empezó a buscar. Debajo del sofá: vacío. Detrás de la mesa: nada. En la cocina: el plato de comida seco y limpio, como si nunca hubiera tenido comida húmeda. El arenero… no estaba. La camita redonda con bordes altos que había comprado en la veterinaria… tampoco. El juguete con pluma tirado en la alfombra: inexistente.
El departamento estaba exactamente como lo recordaba de antes. Antes de Nieve. Antes de todo.
Un frío le recorrió la espalda.
—No… no puede ser.
Corrió a la puerta, abrió de golpe y salió al pasillo descalza, en pijama, llamándolo a gritos.
—¡Nieve! ¡Nieve, ven aquí!
Bajó las escaleras a trompicones. En el primer piso se topó con la señora del 101, la misma que siempre salía temprano con su carrito.
—Disculpe —dijo Yura, jadeando—. ¿Ha visto a mi gatito? Blanco, pequeñito, ojos azules. Lo encontré hace unas semanas, lo traje y… lo perdí esta mañana.
La señora la miró con el ceño fruncido, confundida.
—¿Gatito? ¿Cuál gatito, mija? Nunca te he visto con ningún gato.
Yura parpadeó.
—Claro que sí. Hace unas 2 semanas… más o menos. Lo encontré llorando en la puerta y lo llevé a la veterinaria, les pregunté a todos si era de alguien. Usted estaba ahí, con las bolsas del supermercado. Le mostré al gatito y me dijo que no sabía nada.
La señora negó despacio, mirándola como si estuviera hablando con alguien que había perdido la cabeza.
—No, hija. Tú nunca me has mostrado ningún gato. Y llevo años viviendo aquí… nunca te he visto con mascota. ¿Estás bien? ¿Quieres que llame a alguien?
Yura retrocedió un paso, el mundo inclinándose.
—No… no, gracias.
Siguió bajando. En la entrada se encontró con el vigilante nocturno que terminaba turno.
—Señor, por favor. Mi gato blanco… ¿lo ha visto? Lo traje hace poco, lo enseñé por el edificio preguntando si era de alguien…
El hombre la miró con lástima.
—Señorita, nunca ha traído ningún gato. Nadie ha preguntado por mascotas perdidas en semanas. ¿Segura que no soñó?
Yura sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las lágrimas brotaron sin control. Se tapó la boca, ahogando un sollozo.
—No… no lo soñé. Lo tuve. Lo cuidé. Me despertaba a las tres de la mañana, se subía al teclado cuando trabajaba, lloraba si no podía bajar del sofá… ¡Lo tuve!
El vigilante llamó a otro vecino que pasaba.
—Oye, ¿tú has visto a esta señorita con un gato blanco?
El vecino negó con la cabeza.
—Jamás. ¿Qué le pasa?
Yura ya no podía hablar. Las lágrimas corrían por su cara, el pecho subía y bajaba en hipos. Se dejó caer sentada en los escalones de la entrada, abrazándose las rodillas.
—Está loco… estoy loca… ¿cómo…?
Entonces levantó la vista. El calendario en la pared del pasillo, el que todos veían al entrar: 15 de octubre.
Se quedó mirando la fecha como si fuera una bomba.
Un mes antes.
El mes en que Nieve apareció. El mes en que compró la camita, el arenero, la comida, la correa ridícula que nunca usó. Todo eso… no había pasado. Porque si había retrocedido en el tiempo, Nieve nunca había llegado a su puerta. Nunca lo había encontrado llorando. Nunca lo había llevado a la veterinaria. Nunca había comprado nada.
Por eso el departamento estaba vacío de rastros. Por eso los vecinos la miraban como si estuviera delirando. Porque para ellos, nunca había existido un gato blanco en su vida.
Yura se tapó la cara con las manos y lloró con fuerza, un llanto roto y desesperado que resonó en el pasillo vacío. Los vecinos murmuraban entre ellos, alguien dijo “pobre, parece que le pasó algo grave”, pero ella no escuchaba.
Todo había sido real. El ronroneo contra su pecho, las patitas heladas en la cara a las tres de la mañana, la forma en que la miraba cuando lloraba por Han Jiwon. Todo.
Pero ahora… nada.
Se levantó tambaleante, subió las escaleras apoyándose en la barandilla, entró al departamento y cerró la puerta con llave. Se dejó caer contra la madera, sollozando hasta que le dolió la garganta.
Entonces, en medio del llanto, una idea cortó el caos como un rayo.
Si había retrocedido un mes… entonces Han Jiwon…
Tomó el celular con manos temblorosas. Abrió el navegador. Tecleó: “Han Jiwon Aster gira”.
La página cargó en segundos.
Anuncio oficial de la agencia. Foto reciente: Han Jiwon en el centro, cabello un poco desordenado, sonrisa amplia y genuina. “Aster World Tour 202X – Coming Soon”. Fechas. Incluida Seúl a finales de noviembre. Videos promocionales subidos hace dos días. Él hablando en un live reciente: “Estoy emocionado por verlos a todos. Gracias por esperar”.
Vivo.
Vivo.
Yura soltó el celular. Se tapó la boca. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora eran diferentes: mezcla de dolor por Nieve, incredulidad absoluta y una alegría tan grande que dolía.
—¡Está vivo! —gritó al departamento vacío, la voz quebrada pero triunfante—. ¡Está vivo, carajo!
Se levantó de golpe, riendo entre sollozos, dando vueltas por la sala como una loca. Abrió la ventana de par en par, dejó que el aire frío de la mañana entrara.
—Esta vez sí —susurró, mirando al cielo gris—. Esta vez lo voy a saber. Esta vez no lo voy a dejar solo.
Se sentó en el piso junto a la ventana abierta, abrazándose las rodillas, todavía llorando pero con una sonrisa que no podía controlar.
Nieve se había ido. O nunca había estado. O había sido un sueño imposible que le dio fuerzas para llegar hasta aquí.
Editado: 03.02.2026