1. El Secreto de Diana
Eran las 9:47 PM. Un edificio de oficinas anónimo en el distrito financiero. La mayoría de las luces estaban apagadas. Pero en el piso 12, Recursos Humanos, una única lámpara de escritorio iluminaba una figura de silueta perfecta y postura impecable.
Diana Ashford, Jefa de Recursos Humanos, la temida "Ejecutora", estaba cometiendo un acto de la más absoluta, profunda y vergonzosa herejía.
Estaba comiendo un bento (un almuerzo japonés con compartimentos, donde cada alimento ocupa su lugar exacto) con forma de conejito.
El arroz tenía forma de cabeza redonda. Los ojos eran dos círculos de alga nori. Las mejillas, dos rodajas de zanahoria en forma de corazón. El bigote, dos líneas finas de queso. La nariz, un pequeño grano de maíz dulce que brillaba bajo la luz como un rubí comestible.
Diana sostenía sus palillos decorados (también con temática de conejitos, también de edición limitada, comprados por internet a las 3 AM de un domingo de insomnio) y los acercaba a la boca. Cerró los ojos. Suspiró.
—No debería hacer esto —susurró—. El manual del empleado, sección 12, párrafo 4, recomienda una cena equilibrada y... profesional.
Abrió un ojo. Miró al conejito. El conejito la miraba con sus ojitos de alga nori. Tenía una expresión de ternura que ningún conejito de arroz debería tener.
—Pero tú no eres profesional. Eres adorable. Te llamaré... Señor Saltitos.
Diana sonrió. Era una sonrisa pequeña. Frágil. La sonrisa de alguien que no había sonreído en toda la jornada laboral. La sonrisa de alguien que pasaba las horas firmando despidos y aplicando recortes con una frialdad que sus colegas admiraban y temían. Era, posiblemente, la sonrisa más triste del distrito financiero.
Diana le dio un bocado al Señor Saltitos. La cabeza del conejito desapareció entre sus labios. Cerró los ojos de nuevo. Por un momento, no era la Ejecutora. Era solo una mujer de 34 años que comía arroz con forma de animal mientras veía un dorama en su tableta. En la pantalla, dos actores coreanos estaban a punto de besarse bajo la lluvia. Diana contuvo la respiración.
El beso no llegó. El capítulo terminó en suspenso.
—Estos dramaturgos son unos sádicos —murmuró.
Lo que Diana no sabía era que, en el tejado del edificio de enfrente, dos entidades celestiales la observaban con prismáticos. Uno de ellos, un demonio con una gorra ridícula, acababa de derramar café en su túnica. Otra vez.
2. La Apuesta en el Tejado
—Con que esa es el alma más pura de la oficina. Un poco triste, si me preguntas.
Celeste, Ángel de la Redención (Departamento de Almas en Riesgo, Sección 3, la de los casos "poco importantes" que nadie quiere), se ajustó las gafas de sol. Era de noche, pero sentía que llevarlas le daba un aire más profesional. Miraba su tableta dorada, un modelo antiguo que ya no recibía actualizaciones.
Ficha del Sujeto:
· Nombre: Ashford, Diana.
· Edad: 34.
· Puesto: Jefa de Recursos Humanos.
· Nivel de rigidez: Extremo (9.7/10).
· Nivel de soledad: También extremo (8.9/10).
· Nivel de secreto vergonzoso (bentos con forma de conejito): Máximo (10/10).
· Potencial de redención: Alto.
· Objetivo de Redención: Hacerla más humana. Más flexible. Más... feliz. Que invitara a alguien a comer. Que sonriera. De verdad.
—Nada comparado a lo que me tocó a mí —dijo Lucas, a su lado—. Supuestamente, el alma más corrupta del edificio.
Lucas "Lux" Vermillion, Demonio de la Corrupción (División de Casos "Complicados", un eufemismo infernal para aburridos y de poco prestigio), se limpiaba la mancha de café de su camisa. Miraba su propia tableta (negra, con una calaverita de pegatina que se puso él mismo, porque "queda más demoníaca").
Ficha del Sujeto:
· Nombre: Wolfe, Adrian Smith. Prefiere que le llamen "Adrian". Nadie le llama por su segundo nombre. Si alguien lo hace, se ríe y dice "solo mi madre cuando se enoja". En realidad, su madre le llama "Adri". Él se sonroja. Lucas había anotado todo esto en el expediente. No era relevante. Lo anotó igual.
· Edad: 29.
· Puesto: Director Financiero. El ejecutivo más joven en la historia de la empresa.
· Nivel de cinismo: Estratosférico (9.4/10).
· Nivel de encanto: Peligroso (8.7/10).
· Nivel de "no sabe lo que quiere en la vida pero finge que sí": Altísimo (9.9/10).
· Potencial de corrupción: Ilimitado, según el algoritmo.
· Objetivo de Corrupción: Hacerlo peor. Más egoísta. Más cínico. Más... lobo solitario. Que dejara de preocuparse por lo que pensaran los demás. Que ignorara las reglas. Que viviera para sí mismo.
—Otra vez con la misma cantinela —dijo Lucas, con un suspiro—. Siempre es corromper a alguien. "Sé egoísta, ignora las reglas, cómete la galleta del compañero". Suena a manual de villano de dibujos animados.
Celeste sonrió. La forma en que lo decía el demonio le hacía gracia.
—Es nuestro trabajo, Lux, no te quejes.
—Es en serio, Celeste, ¿no te aburres? Siempre tienes que redimir a alguien. Siempre los mismos discursos: "sé bueno, ayuda al prójimo, comparte tus juguetes". Suena a jardín de infantes celestial. ¿Cuántas almas has redimido este siglo?
Celeste se ajustó las gafas.
—Cuarenta y dos.
—¿Y cuántas de esas se volvieron a corromper a la semana siguiente?
Celeste no respondió. Su silencio era una respuesta.
—Eso pensaba —sonrió Lucas. Tenía dientes puntiagudos. Era horrible y a la vez encantador.
—Como si tú hicieras un mejor trabajo —replicó Celeste, cruzándose de brazos—. Escuché que en tu último caso intentaste corromper a un chef y el tipo terminó abriendo un comedor solidario. Alimentaba a cien personas sin hogar todos los días.
Lucas enrojeció.
—¡Eso fue porque el chef ya tenía tendencias altruistas! ¡Yo solo le susurré que se quedara con la receta secreta! Quién iba a saber que la utilizaría para alimentar a todo el vecindario.