5. El Bento (Día 5)
4:30 PM - Sala de Descanso.
Diana bajó a la sala de descanso para prepararse un té. No le gustaba el café. Era demasiado amargo. El té era más refinado. Más controlado. Más... ella.
Adrian estaba allí. Preparándose un café. Era la primera vez que se encontraban solos desde lo del cactus.
Silencio incómodo. Un silencio tan denso como el vapor de las máquinas.
La máquina de café hizo un ruido. La de té también. Era una sinfonía de incomodidad corporativa.
—Señor Wolfe —dijo Diana, rompiendo el hielo con un hacha oxidada.
—Señorita Ashford —respondió Adrian, con una sonrisa que podía ser amable o podía ser sarcástica. Diana no sabía distinguir. Nadie sabía distinguir.
—Gracias por el cactus.
—No fue nada. Bailey me sugirió que... debía hacer una buena acción.
—¿Bailey? ¿El pasante nuevo?
—Ese mismo. Dice que todo el mundo merece una sorpresa. Aunque no sea su cumpleaños. Es difícil discutir con esa lógica.
Diana asintió, ligeramente sorprendida.
—Es un muchacho peculiar.
—Es un muchacho que no sabe anudarse la corbata. Ni usar Excel. Ni llegar puntual. Pero es... encantador.
—Como un perro callejero.
Adrian sonrió.
—Eso mismo pensé.
Silencio. La máquina de café escupió el brebaje negro de Adrian. La de té escupió el líquido dorado de Diana. Ambos tomaron sus tazas. No se fueron.
—Señor Wolfe —dijo ella—, el manual del empleado, sección 12, párrafo 8, recomienda mantener relaciones cordiales con los compañeros. Pero no especifica qué hacer cuando un compañero le regala un cactus.
—¿Y qué sugiere usted?
Diana pensó. Bebió su té. Volvió a pensar.
—Sugiero... un bento. Como agradecimiento. Yo... preparo bentos. Los fines de semana. Son... presentables.
Adrian parpadeó.
—¿La señorita Ashford prepara bentos?
—El manual del empleado, sección 5, párrafo 3, reconoce el derecho de los empleados a tener una vida privada. La mía incluye bentos.
—¿Con forma de animal?
Diana enrojeció.
—Eso no es relevante.
—Para mí sí. Sobre todo si tienen orejas.
Adrian sonrió.
—Acepto. El lunes. En mi oficina. A la hora del almuerzo.
Diana asintió. Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró.
—Señor Wolfe. El cactus... se llama Señor Espinoso.
—¿Señor Espinoso?
—Es un nombre tonto. Lo sé. Pero es el único nombre que se me ocurrió.
Salió sin esperar respuesta.
Adrian se quedó solo, con su café y una sonrisa que no sabía que tenía.
—Primero un cactus con nombre propio y ahora un bento —murmuró—. Esta mujer es un enigma. Y un enigma extrañamente adorable.
No supo por qué lo dijo. No había nadie para escucharlo. Pero lo dijo. Y se sintió bien.
6. El Gran Sabotaje del Bento (Día 8)
Ese fin de semana, el apartamento de Diana fue un campo de batalla. Celeste, decidida a corromper a su objetivo, la observaba desde el plano astral mientras Diana cocinaba. Un bento adorable era lo peor que le podía pasar a su misión. ¿Cómo iba a volverse una egoísta sin escrúpulos si le preparaba arroz con forma de animal a un hombre? Tenía que sabotearlo.
[HABILIDAD USADA: INTERVENCIÓN FÍSICA MENOR (NIVEL 1)]
Los celestiales de bajo rango pueden interactuar brevemente con el plano físico. Es agotador. Es arriesgado. Y en el caso de Celeste, suele salir mal.
Mientras Diana se ausentaba un segundo para lavarse las manos, Celeste se materializó sobre la encimera. Sus dedos temblaban. Ahí estaba el frasco: un polvo blanco y puro. El ají más picante del mercado, cortesía del arsenal celestial. Vertió una cantidad generosa en el recipiente del arroz y en la salsa de las albóndigas. Luego, borró todo rastro y regresó al plano astral, agotada pero satisfecha.
—Perfecto —jadeó—. Un bento horrible. Diana se sentirá insultada por haber cocinado para un hombre que ni siquiera apreciará su esfuerzo. Se volverá más fría, más egoísta. ¡Corrupción en marcha!
Lunes. (Día 9)
El lunes a mediodía, Diana, con un paquete envuelto en un paño azul, llamó a la puerta de la oficina de Adrian. Estaba más tensa que en una auditoría.
—Señorita Ashford. Puntual, como siempre —la recibió Adrian—. Adelante.
Diana desenvolvió el bento. Al abrirlo se mostró una obra de arte. Una cabeza de Shiba Inu hecha de arroz, con ojos de ciruela y hocico perfecto.
—Es un perro —dijo Diana, innecesariamente.
Adrian lo miró, sin burlarse.
—Un Shiba Inu. Me recuerda… a Bailey. Patético y encantador.
Sin dudarlo, tomó los palillos y dio un gran bocado a la cabeza del perro. Diana lo observó, esperando la reacción. El efecto no fue inmediato. Primero, Adrian se quedó muy quieto. Sus ojos, normalmente grises y tranquilos, se abrieron de par en par. Empezó a sudar. Una lágrima solitaria se asomó en su ojo derecho.
—¿Está bien, señor Wolfe? —preguntó Diana, alarmada.
Adrian asintió, masticando lentamente el picante que le estaba abrasando la lengua. Cuando pudo hablar, su voz era un susurro ronco.
—Está... intenso. Muy intenso. ¿Es chile importado de México?
—Es... una receta secreta —murmuró Diana, aterrada—. Puedo tirarlo si no es de su agrado.
—No —dijo Adrian, con una determinación de acero, percatandose de la genuina preocupación de Diana. Su expresion era preocupada, ligeramente horrorizada, con el ceño fruncio y boca semiabierta.
Un error. De seguro se trataba de eso. No podia ser otra razón.
Conocía a la ejecutora desde que entró en la oficina y sabia que alguien tan serio como ella no sería capaz de hacerle daño a alguien. No era alguien con malicia. Y él sabia identificar muy bien a ese tipo de personas, su trabajo diario estaba llenas de ellas.
Si no tuviera esa habilidad no habría logrado el cargo que tenia ahora. Ella no era como él— No se tira
nada.
Diana lucía tan orgullosa y alegre por haber hecho el almuerzo que Adrian no tendría el corazón para decepcionarla. El almuerzo lo había hecho nada más y nada menos que la temida y solitaria ejecutora. Sabía que este almuerzo era un esfuerzo gigante de su parte.
Diana lo miró, confundida. Bajo la atenta mirada de ella, Adrian se terminó el bento entero. Cada bocado. Cada albóndiga. Cada grano de arroz contaminado. Su frente perlada de sudor y sus ojos llorosos eran la prueba del desastre.