30 días para que el alma florezca

Capítulo 3: El Rival

Día 14 (Lunes) — La llegada

El lunes amaneció con lluvia. Una lluvia fina, gris, perfecta para el drama.

Celeste lo supo en cuanto lo vio entrar. Hay personas que entran en una oficina como quien pisa una alfombra roja. Julian Wentworth era una de esas personas.

Alto, traje impecable color arena, reloj dorado, una sonrisa de anuncio de pasta dental. Caminaba por el pasillo de Recursos Humanos como si lo hubiera diseñado él mismo. Olía a colonia cara y a una confianza en sí mismo que resultaba agotadora a los tres segundos.

Celeste, desde recepción, sintió un escalofrío angelical. Algo iba a pasar.

—Disculpe —dijo Julian, inclinándose hacia el mostrador—. Busco a la señorita Diana Ashford.

—¿Quién la busca?

—Julian Wentworth. Consultor externo. Y... viejo amigo.

Celeste entrecerró los ojos. "Viejo amigo" era una frase peligrosa. Especialmente dicha con ese tono. Ese tono que significaba "no solo amigo".

—Un momento —dijo Celeste, y marcó la extensión de Diana.

Mientras esperaba, su mente angelical trabajaba a toda velocidad. Un hombre guapo. Un viejo amigo. Una Diana vulnerable después del incidente de los calcetines. Esto podía ser bueno para su misión de corrupción... o un desastre total.

Diana apareció en la recepción. Al ver a Julian, se detuvo. Sus ojos se abrieron ligeramente. Sus mejillas, apenas, se tiñeron de rosa.

—¿Julian?

—Diana. —Julian sonrió, usando su nombre en lugar de su apellido sin pedir permiso—. Cuánto tiempo. Estás igual. Radiante. Eficiente.

—Se-señor Wentworth. Es un placer. —La voz de Diana era la de siempre, pero había un temblor microscópico. Un temblor que Celeste detectó porque era un ángel. Los ángeles detectan estas cosas.

—Julian, por favor. Como antes.

¿Como antes? Celeste casi se cae de la silla.

—Dime, ¿sigues citando el manual del empleado hasta en sueños? Porque recuerdo que una vez me corregiste un memorándum a las tres de la mañana.

Diana parpadeó. —El memorándum tenía errores de formato.

—Tenía una coma mal puesta. Una coma. —Julian se rió, una risa perfectamente calibrada—. Eres la misma de siempre. Me encanta.

Celeste tosió. Muy fuerte. Nadie le hizo caso.

Esa misma mañana, dos pisos más arriba, Lucas también lo supo.

No porque tuviera poderes especiales (bueno, sí, pero no para esto). Lo supo porque Adrian, al pasar junto a la sala común, se detuvo en seco.

Lucas, que estaba fingiendo trabajar en una hoja de cálculo (seguía sin saber sumar), levantó la vista. Siguió la mirada de Adrian.

Julian Wentworth estaba en el pasillo de Recursos Humanos. Hablando con Diana. Riendo. Tocándole el brazo. Llevaba un traje que costaba más que el salario mensual de Lucas. Y un reloj dorado que brillaba bajo la luz fluorescente como un faro de advertencia.

—¿Quién es ese? —preguntó Lucas.

—Nadie —dijo Adrian.

Pero su mandíbula estaba tensa. Y sus nudillos, blancos alrededor del teléfono que sostenía. Lucas, que era un demonio y por lo tanto experto en detectar mentiras y negaciones patéticas, sonrió para sus adentros.

Esto se pone interesante.

Día 14 (Lunes, mediodía) — El Almuerzo

Julian invitó a Diana a almorzar.

En la cafetería de la empresa. A la vista de todos. Era una declaración de intenciones tan clara como un memorándum oficial.

Se sentaron junto a la ventana. Julian pidió una ensalada con ingredientes que nadie en la cafetería sabía pronunciar. Diana trajo su bento habitual (hoy: un osito panda con expresión seria, como ella). Julian habló de su etapa como consultor en Londres. De las empresas que había salvado. De lo mucho que echaba de menos trabajar con alguien "tan competente" como ella. De su piso con vistas al Támesis. De su colección de arte. De cómo una vez había resuelto una fusión multimillonaria durante un fin de semana en los Alpes suizos.

Diana asentía. Sonreía mecánicamente. Pero su mirada, de vez en cuando, se desviaba hacia la puerta de la cafetería. Como si esperara que alguien entrara.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Julian, con una ceja levantada.

—No. Sí. El... el servicio de mensajería. Estoy esperando un paquete.

—Un paquete. Claro. —Julian no la creyó. Pero no insistió. Era demasiado educado para eso.

Arriba, en su oficina de cristal, Adrian los observaba.

No era consciente de estar observándolos. Tenía un informe que leer. Un correo que responder. Pero sus ojos, traicioneros, volvían una y otra vez a la ventana de la cafetería.

—La está mirando —dijo Lucas, apareciendo a su lado como un fantasma con corbata mal anudada.

—¿Qué?

—Usted. A la señorita Ashford. La está mirando fijamente. Como un halcón. Como un halcón con gafas.

—Bailey, ¿tiene trabajo que hacer?

—Tengo. Pero es aburrido. Prefiero ayudarle a usted.

—Ayudarme a qué.

Lucas sonrió. Sus dientes puntiagudos asomaron bajo sus lentillas marrones.

—A invitar a la señorita Ashford a un café. Antes de que el consultor británico con gafas caras se la lleve a los Alpes suizos.

—No me interesa.

—Claro que no. Por eso lleva quince minutos mirando por la ventana. Por puro interés profesional.

Adrian se giró. Su mirada era peligrosa.

—Bailey. ¿Quién es su jefe?

—Usted, señor Wolfe.

—Exacto. Así que cuando le diga que se calle, se calla.

Lucas se calló. Pero siguió sonriendo.

Día 14 (Lunes, tarde) — La Estrategia

Eran las 4 PM y Lucas estaba desesperado. Adrian no había hecho nada. Seguía en su oficina, revisando informes, ignorando olímpicamente la existencia de Julian Wentworth y su reloj dorado.

Decidió intervenir directamente.

Entró en la oficina de Adrian sin llamar.

—Señor Wolfe. Tengo información.

—Bailey, si es sobre la señorita Ashford...

—Es sobre la señorita Ashford. El consultor, Wentworth, la ha invitado a una cita mañana. Afuera de la empresa. En terreno neutral.



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En el texto hay: apuesta, angeles y demonios, oficina

Editado: 16.06.2026

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