30 días para que el alma florezca

Capítulo 5: La Tregua

Día 20 (Domingo) — El Anuncio

Eran las 9:47 AM cuando Celeste recibió el mensaje.

Estaba en su apartamento de alquiler —un estudio minimalista que olía a desinfectante y soledad—, revisando su tableta dorada por quincuagésima vez. Los indicadores de Diana seguían igual: apenas habían avanzado sus indicadores de corrupción.

El correo apareció en la pantalla con un tintineo celestial.

"Feliz cumpleaños, Celeste. — Lucas."

Celeste parpadeó. ¿Cómo sabía Lucas que era su cumpleaños? Los ángeles no celebraban cumpleaños. Bueno, algunos sí. Los de bajo rango, que aún recordaban vagamente haber sido humanos. Como ella.

Respondió con un escueto: "Gracias. ¿Cómo lo sabes?"

La respuesta llegó al instante. "Porque soy un demonio. Sabemos cosas. Además, lo pone en tu expediente de trabajo. Lo robé."

Celeste resopló. No debió haber usado su verdadero cumpleaños para crear su identidad encubierta. Pero no se enfadó.

"¿Qué quieres?"

"Propongo una tregua. Hoy no trabajamos. Ni mañana. Un receso de 24 horas. Por tu cumpleaños."

"Los demonios no proponen treguas."

"Los demonios proponen lo que les conviene. Y a mí me conviene un día libre. ¿A ti no?"

Celeste miró por la ventana. El domingo se extendía ante ella, vacío y silencioso. Sin oficina. Sin susurros. Sin Diana. Sin nada. Un día de descanso no le haría daño a nadie ¿cierto?

"Está bien. 24 horas. Pero nada de trampas."

"Nada de trampas. Promesa demoníaca."

"Eso no vale."

"Lo sé. Pero es lo que tengo."

Día 20 (Domingo, mediodía) — Dos Enemigos en un Parque

Quedaron en un parque. Un parque normal, de ciudad, con bancos de madera y palomas gordas y un carrito de helados que tocaba una melodía desafinada.

Lucas llegó tarde. Para variar.

—Feliz cumpleaños —dijo, tendiéndole una bolsa arrugada.

Celeste la abrió. Dentro había un jersey de Navidad. Nuevo. Con un reno que tenía la nariz brillante. Literalmente brillante: una lucecita roja parpadeaba en el centro.

—Es horrible —dijo Celeste.

—Lo sé. Lo compré en una tienda de souvenirs. Me recordó a ti.

—¿Te recuerdo a un reno con la nariz brillante?

—Me recuerdas a alguien que lleva jerséis de Navidad en octubre. Y eso es raro. Pero también es... no sé. Auténtico.

Celeste no supo qué responder. Se puso el jersey. Le quedaba grande. La nariz del reno parpadeaba con cada movimiento.

—Gracias —murmuró.

—De nada. ¿Vamos a comer algo? Conozco un sitio donde venden un ramen delicioso

El restaurante tenía un mostrador de madera y un chef gruñón que no hacía preguntas. Lucas pidió ramen picante. Celeste pidió ramen suave. Se sentaron uno frente al otro, como dos oficinistas cualquiera en su día libre.

—¿Por qué me has invitado? —preguntó Celeste, removiendo los fideos.

—Porque es tu cumpleaños.

—Eso no es una razón. Tú y yo somos enemigos.

Lucas dio un sorbo a su caldo.

—¿Y si te dijera que ya no me importa ganar?

Celeste dejó los palillos.

—¿Qué?

—Que ya no me importa. Al principio sí. Ser el esclavo del otro, el castigo, todo eso. Pero ahora... —Lucas se encogió de hombros—. No sé. Quizás he pasado demasiado tiempo con humanos. Te contagian.

—¿Contagian qué?

—Estupidez. Sentimientos. Cosas.

—Eso no es muy demoníaco.

—Lo sé. Es terrible. Estoy fallando como demonio. —Lucas sonrió. Sus dientes puntiagudos asomaron—

Celeste no respondió. Siguió comiendo. Pero algo en su pecho, algo que no sabía nombrar, se había aflojado.

—¿Sabes? —dijo de repente— esto me recuerda a los viejos tiempos

Lucas alzó una ceja.

—¿Viejos tiempos?

—Ya sabes. Antes de la Caída. Cuando tu y yo éramos compañeros. Antes de que tú...

—¿Me pasara al lado oscuro?

—Eligieras el lado equivocado.

—El lado oscuro tiene mejores cafeterías.

Celeste resopló. Pero sus labios se curvaron en una media sonrisa.

—Éramos rivales incluso entonces. En la academia celestial.

—La academia celestial era un dolor en el trasero.

—Siempre llegabas tarde a las clases de Protocolo.

—Porque el Protocolo era un aburrimiento. Y tú siempre me delatabas.

—Eras un desastre. Lo sigues siendo.

Lucas se rió.

—Lo soy. Absolutamente.

Comieron en silencio un rato. Afuera, la ciudad seguía su curso. Adentro, dos enemigos compartían ramen como si fuera lo más normal del mundo.

Mientras Celeste y Lucas compartían ramen, al otro lado de la ciudad, Diana Ashford estaba en su apartamento.

Se había puesto su pijama de patos. Uno horriblemente adorable. Uno que nadie debía ver.

Había preparado un bento para ella sola. Un bento de cerdito. Se lo comió viendo un dorama coreano. El episodio terminó con un beso bajo la lluvia. Diana lloró. Un poco. Solo un poco.

Luego leyó un libro. Una novela romántica que había comprado en secreto y escondía detrás del manual del empleado en su estantería. La protagonista era una abogada que se enamoraba de su rival en un juicio. Diana se sintió identificada.

A media tarde, preparó más bentos. No para ella. Por hobby. Practicó un nuevo diseño: un zorro. Un zorro con ojos astutos y orejas puntiagudas. Le recordaba a alguien.

—Señor Zorro —murmuró—. Usted es un problema.

El zorro no respondió. Los bentos rara vez lo hacen.

A la misma hora, al otro lado de la ciudad, Adrian Wolfe estaba aburrido.

Su apartamento era elegante, minimalista, con vistas al skyline y muebles que costaban más que el salario anual de un empleado normal. Pero no tenía nada que hacer.

Había intentado leer informes. Se había aburrido.
Había intentado ver una película. Se había aburrido.
Había intentado cocinar. El resultado fue un desastre culinario que ni Lucas habría provocado.

Se sentó en el sofá. Miró el techo. Pensó en la oficina.

Pensó en Diana.

En cómo había defendido su inocencia. En cómo había roto quince reglas. En cómo guardaba la nota del cactus como si fuera un tesoro.



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En el texto hay: apuesta, angeles y demonios, oficina

Editado: 10.07.2026

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