30 días para que el alma florezca

Capítulo 6: El Viaje

Día 22 (Martes) — La Partida

El autobús era un monstruo blanco aparcado frente al edificio corporativo a las 7 AM. Tenía capacidad para cincuenta personas, aire acondicionado , y un olor inconfundible a desinfectante.

Diana Ashford llegó antes de lo establecido. 6:47 AM. Traje azul marino y calcetines de dinosaurios, maleta negra, postura perfecta. En su bolso de mano llevaba el manual del empleado, un bento de emergencia (un pingüino, esta vez con expresión de "no quiero estar aquí"), y ropa de repuesto (entre la que se encontraban, por supuesto, sus calcetines raros).

Celeste llegó a las 6:58 AM, con su jersey de Navidad (el del reno parpadeante, que Lucas le había regalado) y una mochila donde llevaba su tableta dorada, tres paquetes de galletas y una de esas almohadas para apoyar la cabeza durante el viaje con forma de nube.

Lucas llegó a las 7:12 AM, corriendo, con la gorra torcida, la camisa mal metida y una bolsa de plástico que contenía exactamente una camiseta, un pantalón y tres paquetes de sopa instantánea. "Por si la comida del hotel es mala", explicó.

Adrian llegó a las 7:15 AM. Sin prisa. Gafas de sol. Corbata burdeos. Una maleta pequeña que probablemente costaba más que el autobús entero.

Julian Wentworth llegó a las 7:17 AM. Traje color arena, reloj dorado, sonrisa de anuncio. Traía un termo con café artesanal. "Por si alguien quiere", dijo, mirando directamente a Diana.

Adrian apretó la mandíbula. Lucas lo notó. Celeste también.

El director general, un hombre llamado McAllister (el mismo que supervisaba a Lucas, ascendido temporalmente a animador del evento), dio una breve charla sobre "team building" y "sinergia departamental". Nadie escuchó.

Luego, ocurrió el caos de los asientos.

Cuando Adrian subió, el autobús tenía plazas libres. Muchas. Su mirada se dirigió a los primeros asientos de la fila de la izquierda. Diana se encontraba sentada junto a la ventana y, como era de esperar, nadie había ocupado el lugar a su lado.

Dudó un segundo.

Julian había planeado sentarse junto a Diana durante el viaje pero la había perdido de vista. Subió al autobús pensando en guardarle un asiento junto a él con la mochila, esperando que se sentara allí. No se había percatado de que Diana había subido antes que él. Y ahora, para rematar, Adrian ya estaba decidiendo. Antes de que pudiera abrir la boca para realizar alguna acción, Adrian se adelantó.

—¿Está ocupado? —preguntó Adrian.

—No —dijo Diana.

Adrian se sentó.

Julian, que sostenía su termo en una mano hasta el momento, lo guardó en su mochila con más fuerza de la necesaria y procedió a sentarse.

Lucas, en el fondo del autobús, intercambió una mirada con Celeste. Ella levantó un pulgar. Él sonrió.

Día 22 (Martes) — Ocho Horas de Autobús

El viaje era largo. Ocho horas hasta las montañas donde se encontraba el resort termal.

La primera hora, Diana leyó el manual del empleado.

La segunda hora, Adrian se durmió.

La tercera hora, la cabeza de Adrian cayó sobre el hombro de Diana.

Diana se quedó muy quieta. Muy, muy quieta. No porque fuera incómodo. Sino porque no quería que se despertara.

El peso de la cabeza de Adrian era cálido. Su respiración era lenta y regular. Olía a café y a algo más, algo que Diana no supo identificar pero que le gustó.

—Señorita Ashford —susurró Celeste desde el asiento de atrás—, ¿está bien?

—Estoy bien —respondió Diana, sin moverse un milímetro.

—¿Quiere que lo despierte?

—No.

Celeste anotó en su tableta: Sujeto Diana: nivel de rigidez bajando. Ha permitido contacto físico no autorizado por el manual durante 47 minutos y contando.

La cuarta hora, Diana dejó de leer el manual y empezó a mirar el paisaje por la ventana.

La quinta hora, Adrian murmuró algo en sueños. Algo que sonaba a "calcetines".

La sexta hora, Diana apoyó su cabeza sobre la de Adrian. Solo un momento. Solo para ver qué se sentía.

Era agradable. Muy agradable. Terriblemente agradable.

La séptima hora, Adrian se despertó.

—¿Me he dormido? —preguntó, incorporándose.

—Un poco —mintió Diana. Habían sido casi cinco horas.

—¿Y he estado...?

—Apoyado en mi hombro. Sí.

—Lo siento.

—No importa.

Silencio.

—¿De verdad no importa? —preguntó Adrian.

Diana miró por la ventana. Las montañas se recortaban contra el cielo. —No —dijo—. No importa.

La octava hora, llegaron.

Día 22 (Martes, noche) — El Resort Termal

El hotel era un edificio rústico de montaña, con vigas de madera, chimenea de piedra y un jardín que olía a pino y a paz. Junto al edificio principal, las piscinas termales humeaban bajo el cielo nocturno.

Diana recibió su llave. Habitación 12. Individual. Ventana al jardín.

Adrian recibió la habitación 14. Justo al lado.

Julian recibió la habitación 7. Al otro extremo del pasillo. Maldijo en voz baja.

Celeste y Lucas recibieron habitaciones separadas, 3 y 5. Lucas ya había localizado los conductos de ventilación.

La piscina termal al aire libre estaba rodeada de rocas y árboles. El vapor se elevaba hacia el cielo nocturno. Era hermoso. Era relajante. Y era el escenario perfecto para el desastre.

Diana llegó primero. Se sumergió en el agua caliente con el bañador reglamentario (el manual del empleado, sección 19, párrafo 3: "En eventos corporativos con piscina, se recomienda bañador discreto y profesional"). Su bañador era azul marino, por supuesto.

Llegaron otros empleados. Martínez y Chen, los chismosos. McAllister, el director general, que flotaba como una ballena feliz. Y luego Julian.

—Diana —dijo, deslizándose en el agua a su lado—. Qué casualidad.

—No es casualidad. Es un resort termal de empresa. Todos estamos aquí.

—Eres muy literal. Siempre me gustó eso de ti.

Diana no respondió. Su mirada se desvió hacia la entrada.



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En el texto hay: apuesta, angeles y demonios, oficina

Editado: 10.07.2026

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