¡Abigail... Abigail! Uno, dos, tres... vuelve a la Tierra.
La voz de Miranda me sacó de mi letargo mental.
—Es increíble cómo te vas tan lejos de este planeta sin moverte de la silla —dijo entre risas mientras agitaba una carpeta frente a mi rostro—. Tenemos siete minutos para encontrar la solución a este desastre.
Miré la pantalla, luego el reloj y finalmente a ella.
—¿Siete minutos? —murmuré entre dientes—. No lo creo.
Suspiré.
Miranda sonrió.
—Yo me encargo. Mejor enfócate en el nuevo proyecto que tenemos.
Asentí.
Era una de las pocas personas capaces de devolverme a la realidad sin hacer demasiadas preguntas.
Desde muy pequeña vivo sumergida en mis pensamientos. Es como si dentro de mí coexistiera un universo paralelo.
Trabajo como diseñadora gráfica especializada en diseño UI y UX. Amo lo que hago porque me permite trabajar desde cualquier lugar. Diseño aplicaciones, creo identidades visuales y, sobre todo, pienso en la experiencia de las personas que las utilizan.
Mientras muchos ven usuarios...
Yo veo historias.
Al salir de la oficina, el caos urbano de Santo Domingo volvió a recibirme.
Las bocinas parecían competir entre sí. El tráfico avanzaba a paso de tortuga y el ruido ensordecedor de la ciudad terminaba por agobiarme después de una larga jornada de trabajo.
Después de casi una hora entre semáforos, motocicletas que aparecían de la nada y conductores impacientes, por fin llegué a casa.
Apenas cerré la puerta detrás de mí, el silencio hizo el resto.
Vivía sola.
Y me gustaba.
O, al menos, eso intentaba creer.
Entré a la cocina.
Mi vitrina de roble natural ocupaba una de las paredes. Las puertas estaban talladas con delicadas flores y, detrás del cristal, descansaba mi colección de tazas de cerámica junto a mis diferentes variedades de té.
Era uno de mis lugares favoritos de la casa.
Hoy me apetecía un té verde.
Mientras esperaba que el agua hirviera, observé cómo el vapor desaparecía lentamente.
Siempre me ha parecido curioso cómo algunas cosas simplemente dejan de estar.
Sin hacer ruido.
Con mi taza en la mano caminé hasta mi habitación.
El gran ventanal dejaba entrar la luz cálida del atardecer.
Me senté frente al computador y abrí el prototipo de la interfaz en el que llevaba trabajando toda la semana.
Mover un botón, unos píxeles…
Cambiar un color…
Eliminar un elemento…
En diseño había aprendido que, muchas veces, la mejor solución consistía en quitar y no en añadir.
Ojalá la vida funcionara igual.
Después de varias horas de trabajo, cerré la laptop.
Era momento de salir a correr.
Cuando tenía dieciséis años estaba convencida de que sería una atleta profesional.
Bueno...
Eso duró poco.
Mis piernas parecían estar de acuerdo con el plan.
Mi disciplina no...
Sonreí al recordarlo.
Ahora corría por una razón distinta.
Mientras avanzaba junto al río observaba a las personas.
Un señor mayor caminaba con un pequeño ramo de flores.
Una niña aprendía a montar bicicleta mientras su padre corría detrás de ella.
Una pareja se susurraba en voz baja sin dejar de caminar.
Es increíble cómo todos somos tan diferentes... Y, aun así, debemos convivir en armonía.
Al regresar a casa fui directamente a mi habitación.
Tomé el teléfono…Lo desbloqueé, ninguna notificación.
Lo dejé sobre la cama…Cinco minutos después lo desbloqueé otra vez.
Seguía igual…
Sentí ese vacío incómodo que últimamente aparecía con demasiada frecuencia.
Comencé a escribir un mensaje.
Lo borré.
Volví a escribir.
Lo borré otra vez.
Siempre había sentido la necesidad de explicar al detalle lo que pensaba, lo que sentía… Incluso aquello que nadie me había preguntado.
Apagué la pantalla… Miré el techo de mi habitación. Y, por primera vez en mucho tiempo...
Elegí guardar silencio.
Al día siguiente decidí visitar una feria de artesanos.
El nuevo proyecto en el que trabajaba estaba inspirado en productos artesanales y quería entender mucho más que el resultado final. Quería conocer a las personas detrás de cada creación. Pasé horas conversando con ceramistas, carpinteros y bordadoras.
Mientras hablaban, sus manos seguían trabajando con una naturalidad admirable. Era imposible no sentir respeto por quienes dedicaban su vida a crear algo con sus propias manos.
Regresé a casa agotada.
Dejé las llaves sobre la mesa.
Tomé el teléfono.
Nada.
No tenía ánimos de seguir trabajando, así que encendí el televisor. Era un programa sobre personas que viajaban solas por el mundo. Las entrevistaban en estaciones de tren, mercados y pequeños pueblos escondidos entre montañas.
Uno de ellos dijo:
—Todo tiene su tiempo... Solo debemos atrevernos a dar el siguiente paso.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Apagué el televisor.
Abrí mi laptop.
Sin pensarlo demasiado, escribí en el buscador:
¿A dónde viajar sola?
El cursor parpadeó unos segundos.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
Sentí curiosidad por lo que podía existir al otro lado.