—Mamá, ¿cómo sabes cuándo has encontrado tu lugar feliz?
Ella tomó mi mano y sonrió.
—Porque un día dejas de caminar con la mirada puesta en el destino... y empiezas a enamorarte del camino.
—¿Así de simple?
—No. Así de difícil.
Nunca entendí su respuesta.
Quizás porque, durante mucho tiempo, confundí buscar con insistir.
Mientras intento volver a la Tierra, mi mente está despierta, pero mi cuerpo sigue atrapado en esa extraña frontera entre el sueño y la realidad.
Es una especie de catarsis mental.
A pesar de todo, no he dejado de pensar que debe existir algo más allá.
La idea sigue rondando en mi cabeza.
Mientras preparo el desayuno, el teléfono suena.
Por un instante solo puedo pensar una cosa.
Marcos...
Una pequeña chispa de ilusión aparece sin pedir permiso.
Mi corazón se adelanta.
Respiro hondo.
Tomo el teléfono.
Miro la pantalla.
Mamá...
Suspiro.
No porque no quiera hablar con ella.
Sino porque, muy dentro de mí, sigo esperando un mensaje que probablemente nunca llegará.
De alguien que nunca escribe.
—Hola, Abigail. ¿Cómo estás?
—Hola, mamá.
—Te llamo para saber de ti. Has estado muy desaparecida estas últimas semanas.
Hago un esfuerzo por sonreír, aunque ella no pueda verme.
—Estoy bien.
—¿Estás comiendo bien? Recuerda...
—Sí.
—¿Y el trabajo?
—Todo bien.
Hace una pequeña pausa.
La conozco lo suficiente para saber lo que viene.
—¿Sigues trabajando demasiado?
Sonrío.
—Un poco.
—También deberías salir más. Conocer gente. No puedes vivir encerrada entre pantallas toda la vida.
Guardo silencio.
—El amor también necesita que le abras la puerta de vez en cuando.
No respondí.
Sonreí otra vez.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque era más fácil sonreír que intentar explicarle todo lo que pasaba por mi cabeza.
Nos despedimos con el cariño de siempre.
Al colgar, el silencio volvió a ocupar la cocina.
Ya en la oficina, Miranda dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—¿Sigues peleándote con la interfaz?
Asentí.
—Siento que todavía le falta algo.
—¿El qué?
Negué con la cabeza.
—No lo sé... quizá alma.
Miranda sonrió.
—Eso solo tú podrías decirlo.
Reí por lo bajo.
Abrí nuevamente el proyecto.
Era una plataforma para artesanos.
La interfaz era limpia.
Los colores funcionaban.
La navegación también.
Pero había algo que no terminaba de convencerme.
Las personas no compran solamente objetos.
También compran historias.
Quizás eso era lo que faltaba.
Así que decidí investigar cómo otros lugares del mundo mostraban su cultura, sus tradiciones y la forma en que conectaban con quienes los visitaban.
Comencé a navegar entre páginas de festivales, mercados, ferias y pequeños pueblos.
Hasta que una imagen llamó mi atención.
Un cartel anunciaba un pequeño festival de flores que, al finalizar el invierno, transformaba un pueblo italiano en el rincón más colorido para recibir la primavera.
Sin pensarlo demasiado, hice clic.
La página tardó unos segundos en cargar.
Y entonces apareció el mensaje.
302 Found
"El recurso solicitado se encuentra temporalmente en otra dirección."
No pude evitar sonreír.
—Parece que todo insiste en redirigirme... —susurré.
Hice clic nuevamente.
Esta vez apareció una página sencilla.
El diseño era antiguo.
La distribución del contenido dejaba bastante que desear.
Pero las fotografías...
Las fotografías eran otra historia.
Parecían tomadas por alguien que amaba profundamente aquel lugar.
Calles cubiertas de flores.
Balcones rebosantes de colores.
Personas trabajando juntas para decorar el pueblo.
Era imposible dejar de mirar.
Comencé a leer.
Descubrí que se trataba de un festival organizado por los propios habitantes.
Sin grandes patrocinadores.
Sin campañas publicitarias.
Sin presencia en redes que llamara la atención.
Era un lugar hermoso.
Y, sin embargo, era casi invisible.
Resultaba extraño que tan pocas personas supieran de su existencia.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla.
¿Cómo era posible que un lugar así fuera tan poco conocido?
Entonces apareció otra idea.
¿Y si el problema nunca fue el pueblo...
...sino la forma en que contaba su historia?
Seguí explorando la página hasta encontrar un correo electrónico de contacto.
Dudé unos segundos.
Después recordé quién era.
La curiosidad siempre termina ganándome.
Abrí un nuevo mensaje.
Hola.
Mi nombre es Abigail Carvalho.
No sé si hablan español o inglés. Espero que mi curiosidad hable mejor italiano que yo.
Mientras investigaba sobre festivales artesanales encontré el suyo y me llamó muchísimo la atención.
Me gustaría conocer un poco más sobre su historia.
¿Cómo nació el festival?
¿Por qué cada año eligen una flor distinta como tema principal?
Estoy segura de que tengo muchas más preguntas, pero no quiero abusar de su tiempo.
Gracias por leerme.
Ciao.
Presioné Enviar.
Cerré la laptop.
Esa noche volví a pensar en aquel pequeño pueblo.
Ni siquiera sabía pronunciar correctamente su nombre.
Tampoco sabía exactamente dónde estaba.
Y, aun así...