Toda esta semana estuve enfocada en el proyecto. Quería que la interfaz no solo funcionara; necesitaba que transmitiera la esencia de los artesanos. No había revisado mis mensajes desde hacía varios días.
Abrí el correo y, durante unos segundos, me quedé completamente inmóvil.
Me habían respondido.
La emoción apenas cabía en mi pecho.
Era extraño. Hacía mucho tiempo que un simple correo no era capaz de regalarme tanta alegría.
Mi corazón se aceleró, no porque fuera algo extraordinario, sino porque alguien, al otro lado del mundo, se había tomado el tiempo de responderme.
Asunto: Hola, soy Abigail… Me gustaría hacer algunas preguntas…
De: Antonella Ferri aferri@outlook.com
Para: acarvhalo@outlook.com
Ciao, Abigail.
Un piacere.
(Por cierto, Abigail es un nombre muy bonito).
Gracias por escribirnos. Sí, hablo español, aunque Google Traductor suele rescatarme cuando las palabras no quieren aparecer.
El festival existe desde hace generaciones. Cada año elegimos una flor distinta, siempre que sea nativa de nuestra región o de Italia. Casi todos los habitantes del pueblo participan de alguna manera.
Mi nonna es quien mejor conoce la historia del festival. Ella me enseñó por qué las flores nunca se eligen al azar.
Si tienes cualquier otra pregunta, escríbeme.
Estaré esperando tu respuesta.
Un abrazo.
Sonreí sin darme cuenta.
Tomé mi libreta y anoté una sola frase.
“Las flores nunca se eligen al azar.”
—Al fin… —susurré.
En ese momento apareció Miranda con una taza de té.
Tan extraña como yo…
—¿Qué haces tan concentrada?
Le mostré algunas fotografías del pueblo.
Las observó durante unos segundos y luego sonrió.
—¿Ya estás pensando en mudarte? Por culpa del innombrable…
Suspiró profundamente, haciendo una pausa dramática.
—Bueno… peor sería que volvieras con mi hermano.
No pude evitar reír.
—Te arrepientes de habérmelo presentado, ¿verdad?
—Todos los días.
Negué con la cabeza sonriendo.
Lo curioso era que ese tipo de comentarios ya no me hacían tanto ruido como antes.
—Sabes, Miranda… no sé qué me pasa. Me emociono al pensar en este festival y empiezo a hablar sin parar.
Ella levantó una ceja.
—Lo había notado.
Las dos reímos.
—Todavía no sé ni pronunciar el nombre del pueblo —admití.
Miranda volvió a mirar las fotografías.
—Pues deberías ir.
Lo dijo con tanta naturalidad que, por un instante, dejó de parecer una locura.
Antes de salir hacia una reunión añadió, sin siquiera girarse:
—No lo pienses, solo hazlo.
Y cerró la puerta.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más.
Tenía que responder.
Esta vez no solo pregunté por el festival.
También quería saber cómo era el pueblo cuando no había visitantes.
Cómo olían sus calles.
Qué comían.
Cómo era el invierno.
Qué flores crecían allí de forma natural.
Mientras escribía, el teléfono vibró.
Marcos B.
Lo miré unos segundos.
—408… —susurré—. Tiempo de espera agotado.
Después de semanas ignorando mi último mensaje, aparecía con un simple:
Hola.
Lo observé unos segundos antes de responder.
La conversación fue exactamente igual que siempre.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—He estado muy ocupado.
—Lo imaginé… —Guardé silencio.
—Tenemos pendiente esa cena. ¿Hablamos luego?
Sonreí.
No porque le creyera.
Sonreí por costumbre.
—Estoy ocupada. Hablamos otro día.
—Claro.
La conversación terminó.
Miré la pantalla durante unos segundos.
No estaba triste.
Solo pensé…
Siempre será igual.
Volví a abrir el correo de Antonella.
Al salir del trabajo pasé por una librería.
Entré únicamente para comprar un mapa de Italia.
Terminé saliendo con una colección de flores silvestres italianas, un libro sobre la historia del país, otro de cocina italiana, una libreta nueva y un separador de acuarelas.
Cuando llegué a la caja, el dueño de la librería sonrió al ver todo lo que llevaba entre las manos.
—¿Viajas pronto?
Miré la montaña de libros.
Sonreí.
—Todavía no.
Mientras caminaba hacia el auto no pude evitar reírme de mí misma.
Solo había entrado por un mapa.
Esa noche comencé a llenar páginas.
No hacía bocetos del festival.
Hacía bocetos de ideas.
De cómo contar una historia.
De cómo mostrar la esencia de un lugar.
¿Cómo hacer visible un pueblo sin convertirlo en un destino turístico masivo?
No quería cambiar el pueblo.
Quería que el pueblo pudiera contar su propia historia.
No esperaba recibir otro correo tan pronto.
Pero llegó.
Antonella había adjuntado varias fotografías antiguas.
Entre ellas aparecía una mujer mayor rodeada de flores.
En la descripción podía leerse:
Lucia Benedetti.
La bisabuela de mi nonna. Fue la primera mujer en organizar el festival.
Observé aquella fotografía durante un largo rato.
Había algo en su mirada que transmitía una serenidad difícil de explicar.
Antes de apagar la computadora miré, una vez más, el historial de llamadas.
Marcos B.
Última llamada: 4 minutos.
Después abrí la conversación con Antonella.
Tres correos.
Sonreí.
Cerré primero el historial de llamadas.
El correo permaneció abierto unos segundos más.
Apagué la computadora.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
Comencé a imaginar un destino diferente.