Me despierto. A pesar de haber dormido toda la noche, me siento agotada.
Son las cinco de la mañana.
Voy camino al gimnasio. Es el único lugar donde, por un rato, mi cabeza deja de hacer preguntas.
Al llegar a casa, lo primero que hago es mirar el teléfono.
No hay mensajes nuevos.
A veces la espera también puede convertirse en una herida profunda.
Lo curioso es que llega un momento en el que ya no sientes ansiedad.
Comienzas a sentirte aliviada.
Entonces me pregunte:
¿Cuánto tiempo llevo haciendo esto?
No recuerdo un solo día en el que no revisara el teléfono esperando que Marcos me viera… aunque fuera por un momento.
Mientras conduzco por las calles congestionadas de Santo Domingo, comienzo a recordar cómo conocí a Marcos.
No fue un amor a primera vista.
Ahora que lo pienso con más claridad, apareció en el momento en que más vulnerable me sentía.
Ya tenía veintinueve años y la presión social de tener a alguien en mi vida comenzaba a hacerse cada vez más presente.
Miranda me invitó a una reunión de su familia.
Aquella Navidad mi madre estaba en Estados Unidos y, con mi padre, nunca se sabía.
Así que pensé:
¿Por qué no?
Recuerdo verlo por primera vez.
Parecía carismático.
Cálido.
Amable.
Pensé que era alguien seguro de sí mismo, inteligente y con esa facilidad de hacer sentir especial a quien tenía delante.
Hoy me pregunto…
¿Y si fui yo quien quiso ver las luces e ignoró las sombras?
Nunca prometía nada.
—No tengamos expectativas. Veamos hacia dónde fluyen las cosas.
Pero tampoco me dejaba claro que no quería nada.
Esa noche salimos.
Con el tiempo entendí que mi forma de sentir vio en él una tristeza que quise aliviar.
Pensé que, si volvía a demostrar mi valor, esta vez alguien me elegiría.
Como siempre…
Solo tenía que esforzarme un poco más para que alguien viera lo que yo era capaz de ofrecer.
Había algo en él que me resultaba familiar.
Nos besamos.
No podíamos dejar de hacerlo.
Hasta que estuvimos a punto de cruzar un límite para el que yo todavía no estaba preparada.
Le dije que no había ningún problema.
Que no teníamos que seguir hablando si no quería.
Pero él respondió:
—Quiero seguir conociéndote.
Y yo le creí.
Marcos vivía en Boston.
Aunque nací en República Dominicana, después del divorcio de mis padres me fui a vivir allí durante algunos años, así que no era una ciudad desconocida para mí.
Al principio no lo veía.
Pero siempre era yo quien daba el primer paso.
La que preguntaba cómo estaba.
La que iniciaba las conversaciones.
Él nunca preguntaba cómo estaba yo.
Había semanas en las que hablábamos durante horas.
Hacíamos planes.
Soñábamos con vernos, al menos eso pensaba yo.
Pero esos planes nunca llegaban a suceder.
Una vez me dijo que vendría a Santo Domingo.
—Necesito verte.
Recuerdo que pasé toda la semana imaginando ese encuentro.
Busqué un restaurante frente al mar porque decía que extrañaba el Caribe.
Pensé en llevarlo a caminar por la Zona Colonial al atardecer.
Incluso cambié algunos compromisos del trabajo para tener esos días libres.
Me hacía ilusión.
No pregunté demasiadas veces si el viaje seguía en pie.
Siempre tuve miedo de parecer insistente, de pedir demasiado.
Dos días antes le escribí.
—¿Ya compraste el boleto? ¿Estás emocionado?
El mensaje quedó en visto.
Después…
Nada.
Pasaron los días.
Nunca volvió a mencionar el viaje.
Nunca pidió disculpas.
Y yo…
Tampoco pregunté.
Me convencí de que algo importante debía haber ocurrido.
Como siempre, encontraba una explicación antes de permitirme sentir la decepción.
Fue entonces cuando comenzaron las noches en las que lloraba sin entender muy bien por qué.
Me preguntaba si no había hecho lo suficiente para que él me viera.
Si había algo roto en mí.
Si me faltaba algo.
Con el tiempo empecé a ver las cosas con más claridad.
Él siempre volvía cuando yo comenzaba a aceptar sus silencios.
Con un simple:
—Hola.
Y todo empezaba otra vez.
No era una relación.
Era un ciclo.
Miranda intentó advertirme desde el principio.
Pero yo siempre encontraba una explicación.
—Tiene mucho trabajo.
—Viaja demasiado.
—Quizás no usa mucho el teléfono.
—Tal vez es como yo, que apenas uso WhatsApp.
La realidad era mucho más sencilla.
Pensé que, si hacía más, si esperaba un poco más, si demostraba más, finalmente alguien elegiría quedarse.
No era que yo no fuera suficiente.
Era que su interés nunca estuvo en la misma sintonía que el mío.
Le gustaba saber que yo seguía ahí.
Que, cuando la vida le recordaba lo solo que podía sentirse, encontraría en mí atención, cariño y un lugar seguro al cual regresar.
Un día Miranda me miró fijamente y dijo:
—Abi… aunque sea mi hermano…
Hizo una pausa.
—Él nunca te deja ir.
—Pero tampoco te invita a quedarte.
No respondí.
Porque sabía que tenía razón.
Y eso dolía.
Me quedé mirando la lluvia caer detrás de la ventana de la oficina.
El cielo estaba completamente gris.
Recordé que mi padre siempre me hizo sentir que no era suficiente.
Por eso aquella sensación no me resultaba desconocida.
Ya la había sentido antes.
Cuando era niña, mi madre dejó a un lado muchos de sus sueños para dedicarse a cuidarnos y complacer a mi padre en todos los sentidos.
Siempre se ponía en último lugar.
Nunca se quejaba.
Aprendí que querer a alguien también significaba esperar.
Llegué a una reunión de trabajo.
Al terminar, el teléfono volvió a vibrar...