404 Not Found "La página que buscas no existe."

410 Gone “El recurso solicitado ya no está disponible y no volverá a estarlo.”

Siempre estuve esperando ser vista… ser suficiente.

Durante tres años quise ser vista por alguien que no tenía la capacidad, ni siquiera, de verse a sí mismo.

Con los años entendí que sí era consciente de sus acciones. Simplemente era más cómodo seguir por ese camino que admitir que no estaba conforme ni con su propia vida.

Pero, en mi necesidad —o quizás en mi capricho— de demostrarme que podía ser suficiente para alguien más, no me detuve a pensar en el precio que tendría que pagar.

Me levanto temprano. Hoy me toca correr.

Cuando corro, pienso en aquellos días en los que mi única preocupación era cumplir con mis tareas, como cualquier adolescente.

Me detengo unos segundos.

Mi teléfono ha vibrado varias veces.

Cuatro mensajes.

Marcos B.

Estoy en Santo Domingo. ¿A dónde quieres que nos encontremos?

Como siempre.

No hay un hola.

No hay un cómo estás.

Miro la pantalla.

¿A dónde quiero ir?, me pregunto.

Por un instante tengo un flashback.

El año pasado, durante las vacaciones, estuvimos en Estados Unidos. Era invierno.

Recuerdo todas las excusas que había encontrado para no vernos después de tres años de habernos conocido.

Siempre había una excusa.

Y ahora está en Santo Domingo…

Sonrío irónicamente.

Claro.

Abro la conversación.

Hola, Marcos. Estaré ocupada toda esta semana.

Espero que disfrutes de Santo Domingo.

Envío el mensaje.

No agrego nada más.

Tres días después es el cumpleaños de Miranda.

No puedo faltar.

Al llegar, saludo a todos.

Abrazo a Miranda y le entrego un ramo de rosas amarillas.

Le susurro:

—Significan alegría.

Ella me mira y, casi en secreto, me susurra:

—¿Cuándo comprarás el boleto?

Me guiña un ojo y sonríe, mientras yo no sé qué responder.

Al mismo tiempo pienso en aquel correo de Antonella.

Las flores nunca se eligen al azar.

Sonrío para mí.

Entonces lo veo.

Marcos se sienta a mi lado.

Como si apenas nos hubiéramos conocido hoy.

La situación resulta tan absurda que me causa gracia.

Después de un rato me despido.

Tengo que revisar el diseño de una interfaz antes de regresar a casa.

Cuando salgo del restaurante, escucho su voz detrás de mí.

—Podemos tomar un helado.

Lo miro.

Por alguna razón, mi cerebro busca refugio en lo único que parece saber hacer cuando algo me pone nerviosa.

—408.

Él frunce el ceño.

—¿Qué has dicho?

Sonrío.

—Nada.

Sigo caminando.

Mientras avanzamos, recuerdo una de nuestras conversaciones.

Me dijo que él no buscaba amor.

Y que yo estaba demasiado necesitada de él.

Sus palabras me golpearon por su frialdad.

También recuerdo las veces en las que dejaba claro que cualquier cosa que sucediera entre nosotros sería bajo mis términos y bajo mi responsabilidad.

En aquel momento no supe cómo responder.

Mientras caminamos hacia la heladería, mientras el silencio nos rodea, le pregunto:

—¿Qué haces aquí?

Pero él, como ya es costumbre, tampoco responde.

Solo nos acompaña ese silencio que ya conozco demasiado bien.

Llegamos a la heladería.

Él actúa como siempre.

Distante.

Como si mis sentimientos no tuvieran demasiado valor.

Mientras él come su helado, yo simplemente lo acompaño.

No tengo deseos de pasar demasiado tiempo allí.

Estoy sentada frente a él.

Lo miro a los ojos.

Y, por primera vez, me pregunto:

¿Qué hago aquí?

¿Qué hice durante todo este tiempo?

Ya no me parece tan brillante.

Ya no veo al hombre carismático de aquella primera noche.

O quizás nunca fue así.

Quizás fui yo quien quiso ver esas luces y se negó a mirar las sombras.

Porque quería sentirme elegida.

Pero aceptar migajas, aceptar silencios y aceptar malos tratos no era precisamente una forma de amarme sanamente.

Aun así, siempre terminaba regresando al mismo ciclo.

Y poco a poco me iba consumiendo.

Recién ahora comienzo a entender por qué acepté algo tan pequeño para mi vida.

Ya no hay emoción.

Solo nostalgia.

Solo cansancio por algo que, quizás, nunca existió como yo lo imaginé.

Me levanto de la mesa.

Siento algo parecido a un 500 Internal Server Error dentro de mí.

Todo parece haber dejado de funcionar al mismo tiempo.

Y, aun así, sonrío.

Una sonrisa un poco perdida.

—Adiós, Marcos. Cuídate.

Le doy un abrazo.

Él se queda quieto.

No sé qué piensa. Solo me mira fijamente, como cuando alguien no se atreve a decir lo que realmente siente.

Y, por primera vez, tampoco necesito saberlo.

Me alejo.

Mientras camino hacia mi automóvil, entiendo algo que durante mucho tiempo me negué a aceptar.

Nunca se trató de él.

Siempre fui yo.

Yo debí irme el día en que comenzó a hacerme sentir que no era suficiente.

El día en que pedir se convirtió en ser intensa.

El día en que buscar coherencia y claridad comenzó a parecer un defecto.

Mi padre siempre me hizo sentir que tenía que rogar por su atención.

Me castigaba con su silencio.

Y ahora entiendo de dónde venía esa necesidad.

Si mi padre se aleja, tú esperas.

Si mi padre te retira su atención, tú lo intentas recuperar.

Si quieres que tu padre se quede, tienes que demostrar que eres suficiente.

Esperas.

Lo intentas.

Demuestras.

Y quizás, algún día, se quede.

Dos semanas después, supe por Miranda que Marcos había regresado a Boston.

Desde ese día no hemos vuelto a hablar.

Si dijera que me siento llena de energía, estaría mintiendo.

Estoy, quizás, en la etapa número tres de mi duelo eterno.




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