Hay momentos en los que sientes que ya no perteneces a un lugar.
No porque alguien te haya pedido que te vayas.
Simplemente, un día despiertas y algo ya no encaja.
Las mismas calles.
Las mismas personas.
Las mismas conversaciones.
Y, aun así, tú ya no eres la misma.
Quizás simplemente comenzaste a crecer en una dirección diferente.
Durante mucho tiempo pensé que dejar ir significaba dejar de sentir.
Ahora sé que no…
A veces dejar ir significa aceptar que aquello que tanto intentaste sostener ya no tiene dónde sostenerse.
Cuando dejé de intentar llenar aquellos vacíos, entendí algo que durante mucho tiempo no quise aceptar.
El problema no era Marcos.
Tampoco era mi padre.
Era yo insistiendo en el eco.
Porque detrás de aquellas fachadas solo quedaba eso.
Un eco.
Estaba vacío.
Y yo seguía esperando encontrar algo que nunca había estado allí.
No quería admitirlo.
Porque hacerlo significaba enfrentar aquello que más miedo me daba.
La soledad.
No sentirme suficiente.
No ser elegida.
Quizás esa fue la parte más triste.
No estaba esperando a Marcos.
Estaba esperando que alguien, por fin, me demostrara que yo era suficiente.
Después de nuestro último encuentro lloré hasta quedarme dormida.
No porque hubiera decidido romper el ciclo.
Todavía no.
Creo que lloraba porque, por primera vez, entendía que debía continuar.
Y continuar significaba enfrentarme a aquello que durante tanto tiempo había intentado evitar.
A mí misma.
Los días siguientes fueron extraños.
No hubo una transformación repentina.
No desperté sintiéndome libre.
No dejé de pensar en él de un día para otro.
Simplemente empecé a tener pequeños momentos en los que podía respirar sin preguntarme si iba a volver.
Entonces llegó un correo.
De: Antonella Ferri
Para: Abigail Carvalho
Asunto: Inicio del festival
Estaban comenzando a preparar la temática del festival de ese año.
Habían decidido empezar a trabajar mucho antes que el año anterior.
Le conté que, como diseñadora gráfica especializada en UX y UI, podía ayudarlos con algunas ideas para desarrollar la temática y la identidad visual del festival.
Comenzamos a intercambiar propuestas.
Bocetos.
Fotografías.
Referencias.
Pequeños fragmentos de la vida de un lugar que yo todavía no conocía.
Tuvimos algunas videollamadas.
En una de ellas conocí finalmente a la nonna.
Me hizo tantas preguntas que terminé riéndome.
Quiso saber de mi familia.
De Santo Domingo.
De las flores que crecían aquí.
Después quiso saber si en República Dominicana también teníamos festivales de flores.
Terminamos hablando durante casi una hora.
Cuando terminó la llamada, me quedé mirando la pantalla apagada.
Sonreí.
No sabía exactamente qué estaba ocurriendo.
Pero Italia comenzaba a ocupar un espacio diferente en mi vida.
Ya no era solamente una investigación para un proyecto.
Había algo allí que me llamaba.
Una tarde estaba frente a la computadora revisando una de las propuestas que Antonella me había enviado.
La observé durante varios minutos.
Moví algunos elementos.
Cambié una tipografía.
Volví a colocarla.
La eliminé.
Suspiré.
—Esto debería ir aquí…
Murmuré mientras trabajaba.
Pero algo no terminaba de convencerme.
Miré fijamente la pantalla.
La propuesta era bonita.
Funcionaba.
Era correcta.
Y, sin embargo…
No decía nada.
No tenía alma.
No conectaba con la esencia del lugar.
Me quedé en silencio.
¿Cómo podía saberlo con certeza si ni siquiera conocía el pueblo?
Entonces lo entendí.
No podía diseñar la historia de un lugar que todavía no había visto.
No podía decidir cómo debía sentirse alguien al caminar por sus calles si yo ni siquiera sabía cómo se sentía caminar por ellas.
Quizás llevaba demasiado tiempo haciendo lo mismo con mi propia vida.
Intentando construir algo desde lejos.
Intentando entenderlo todo.
Intentando hacer que funcionara.
Sin haberme detenido a preguntarme si realmente quería estar allí.
Abrí el correo de Antonella.
Escribí una frase.
La borré.
Volví a escribir.
Esta vez no lo pensé demasiado.
Nos vemos en Roma.
Me quedé mirando esas tres palabras.
Durante unos segundos sentí miedo.
Después sonreí.
Escribí una última línea.
Llegaré en dos semanas.
Ciao.