¿Alguna vez has sentido que no encajas en el lugar donde estás?
Siempre he sentido que no pertenezco a ningún lugar.
Siempre me pregunto dónde estará mi lugar feliz.
¿Acaso sabré reconocerlo cuando lo encuentre?
He llegado a Roma.
Es una ciudad impresionante.
Con razón los romanos se quejan de tantos turistas.
No cabemos en este aeropuerto.
La fila para recoger la maleta fue infinita.
Ahora voy de camino a tomar el tren hacia Bolonia y luego debo llegar a Savigno.
Al llegar a la estación del tren, me siento algo perdida y abrumada.
Las personas corren de un lado a otro.
Sonrío con nostalgia al ver a tres señoras mayores, elegantes, caminando por la estación para tomar el tren.
Un grupo de estudiantes viene corriendo porque el tren está a punto de irse.
Al final, solo queda una opción, al parecer:
Tomar el tren.
Porque, si no, nos deja.
De repente, siento cómo las lágrimas comienzan a salir de mis ojos.
No entiendo por qué he comenzado a llorar en medio de toda aquella gente.
Quizás es demasiado.
El viaje.
La despedida.
La incertidumbre.
Todo lo que estoy dejando atrás.
Camino hacia un gran mural.
Hay un mapa de toda Italia.
Comienzo a buscar Bolonia.
Está hacia el norte.
Lo he encontrado, me digo a mí misma.
Entonces escucho mi nombre entre la multitud.
—Abigail…
No reacciono.
—Abigail…
Esta vez la voz está más cerca.
Me giro.
—¡Antonella!
Ella sonríe.
—¡Te encontré!
—Te encontramos —se escucha una voz masculina.
Un joven se acerca.
—Mucho gusto. Mi nombre es Lucca Brunotti. He escuchado hablar mucho de ti por parte de la nonna.
—Mucho gusto, Lucca —apenas alcanzo a decir.
Entonces se escucha una voz detrás de nosotros.
—Lucca, silenzio.
Antonella.
Los miro.
Parecen no ponerse de acuerdo en absolutamente nada.
Yo sonrío mientras ella intenta convencerlo de que deje mis cosas.
Lucca, por supuesto, no parece dispuesto a hacerlo.
Aunque, por alguna extraña razón, comienzo a sentir un ligero alivio.
Ya no estoy sola.
—¿Por qué han venido? —pregunto a Antonella—. Podía llegar sola.
—Lo sé.
Hace una pequeña pausa.
—Pero no sería buena anfitriona si no venía. Además, la nonna no estaba de acuerdo con que vinieras a Roma y no conocieras, aunque fuera un poco, la ciudad.
Sonríe.
—El Partenón, una buena pasta, un helado…
Mira a Lucca.
—Y, aparentemente, un guardaespaldas.
Lucca sonríe.
—Como él ya te dijo, su nombre es Lucca.
—La nonna lo mandó —aclara Antonella.
No puedo evitar reír.
—Te dije que he venido a Roma a ocuparme de algunos asuntos relacionados con los negocios de mi abuelo.
Antonella lo mira fijamente.
No parece creer una sola palabra de lo que acaba de decir.
Yo tampoco sé qué pensar.
A pesar de que no está de acuerdo con su presencia, acepta que antes de irnos nos acompañe a dar un paseo por el centro de Roma.
De paso, ella recogerá unos libros.
Está estudiando para convertirse en florista.
El día anterior, su nonna y ella me llamaron por videollamada.
Así las conocí.
La nonna me hizo tantas preguntas que terminé riéndome.
Quiso saber de mi familia.
Terminamos hablando durante casi una hora.
Había algo en aquella mujer que me hacía sentir extrañamente bienvenida.
La nonna me consiguió el pequeño ático donde me quedaré durante mi estancia.
Está en su casa.
Al menos no estaré sola.
⸻
Lucca
Nunca había visto a la chica fantasma de Bolonia sonreír de esa forma.
Bueno…
Tampoco es que la haya visto demasiadas veces.
En el pueblo suele andar distraída, con flores entre las manos.
No deja que cualquiera se le acerque.
La nonna fue a la panadería de mi abuelo al mediodía.
Me pidió que acompañara a Antonella.
Ella tenía un plan.
Conoce a su nieta demasiado bien.
Dice que es testaruda, igual que su padre.
Sonrío al recordar aquella conversación.
Nuestro plan era que Antonella pensara que nos habíamos encontrado en Roma por casualidad.
El destino…
Pero Antonella conoce a nuestra nonna bastante bien.
Mientras ella le muestra algunos souvenirs a Abigail en una tienda, me hago cargo del equipaje.
—Textualmente, me dijo que debía estar a un metro de distancia. ¿Entiendes?
La miro.
—¿De Antonella?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque te conozco.
No puedo evitar sonreír.
Parece que este verano será diferente.
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Messaggio
11:00 a. m.
Da: Lucca Brunotti
A: Matteo Brunotti
Per favore, vieni a prenderci alla stazione.
Arriveremo verso le sei del pomeriggio.
Un abbraccio, tuo cugino
LB
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Abigail
De repente caminamos hacia Lucca.
Antonella es tímida.
Parece una muñeca de porcelana.
Su cabello rojo cobrizo, largo, y sus grandes ojos verdes la hacen una persona muy bonita.
—Abigail —dice con su voz suave y dulce.
Me acerco.
—No confíes en su apariencia delicada —susurra—. Es todo un mujeriego.
Hace una pausa.
—Además, también está su primo Matteo.
Tal para cual…
Sonrío al escucharla.
—No te preocupes. No estoy interesada en esas cosas.
—Todas las ragazze del pueblo mueren por ellos.
Pone cara de asco.
Sonrío al ver su expresión.
—Antonella…
Lucca se acerca.
—¿Aún sigues creyendo todo lo que escuchas?
Antonella lo ignora.
—Sigues siendo inocente —añade él.
Sonríe y me guiña un ojo.
Sí que es encantador, pienso.