¿Alguna vez has estado sentada en una estación y has observado a todas esas personas que parecen saber exactamente hacia dónde van?
Unos caminan rápido.
Otros miran sus teléfonos.
Algunos van distraídos, revisando sus boletos.
Pareciera que todos saben qué tren tomar.
Yo, en cambio, llevo dos maletas, una mochila y demasiadas preguntas.
Quizás por eso siempre me han intimidado las estaciones.
Todos parece saber hacia dónde va.
Yo, todavía sigo intentando descubrir hacia dónde quiero ir.
Mientras caminamos hacia la salida de la estación, Lucca y Antonella siguen sin ponerse de acuerdo.
Ella insiste en que podemos tomar un taxi.
Yo permanezco en silencio.
Al ser nueva, todavía no me siento con la suficiente confianza como para opinar.
Lucca, por su parte, insiste en que no.
Hizo un acuerdo con la nonna y piensa cumplirlo hasta el final.
Antonella termina cediendo.
Un poco.
Lo suficiente para que podamos seguir caminando.
A lo lejos vemos a un joven.
Se parece a Lucca.
Observa toda la situación en silencio.
—Matteo, ¿pretendes quedarte parado todo el tiempo? No me vas a ayudar…
Matteo lo mira.
—¿Por qué hablas en español? ¿No que, según tú, era un idioma de tontos?
Lucca pone cara de inocente.
Después sonríe.
Antonella, en cambio, no disimula su desagrado.
—Brunotti…
Lo dice entre dientes.
El joven comienza a acercarse.
Saluda a Antonella.
Noto que con él es un poco más amable que con Lucca.
Después me mira.
—Hola. Mi nombre es Matteo Brunotti. Creo que eso ya lo sabes.
Tímidamente, sonrío.
—Hola. Mi nombre es Abigail.
—¿Puedo ayudarte?
Miro mis maletas.
No recordaba haber traído media República Dominicana conmigo.
Dos maletas.
Una mochila.
No sabía exactamente a dónde iba, así que decidí tomar ciertas precauciones.
Sonrío al recordar la cara de Miranda cuando vio todo lo que teníamos que empacar.
—Puedo —dice él.
Su voz me saca de mis pensamientos.
Asiento con la cabeza.
—Sí.
Matteo toma una de las maletas.
Continuamos caminando.
⸻
Camino hacia la casa de la nonna tomando fotografías de las casas antiguas.
La arquitectura es impresionante.
Realmente antigua.
En el camino atravesamos una pequeña plaza de estilo renacentista.
Hay un grupo de ancianos sentados allí.
Algunos conversan.
Otros miran una pantalla.
—Ellos siempre están aquí por las tardes —me dice Antonella.
La miro.
—¿Siempre?
—Siempre.
Señala la plaza.
—Los ancianos del pueblo se reúnen aquí para ver partidos de fútbol, celebrar cuando nace un nuevo miembro de alguna familia, bodas…
Sonrío.
—¿Y si no hay nada que celebrar?
Antonella se encoge de hombros.
—Entonces hablan.
No puedo evitar reír.
Continúo tomando fotografías.
Ya está anocheciendo, pero la arquitectura del lugar parece todavía más hermosa bajo la luz tenue.
Por unos minutos olvido que estoy lejos de casa.
⸻
Finalmente llegamos.
Antonella se detiene frente a una de las casas.
—Aquí es.
Levanto la mirada.
Frente a nosotros hay una casa antigua, de esas que parecen haber estado allí mucho antes de que alguien pensara en fotografiarlas.
Miro alrededor.
Entonces noto algo.
—¿Ellos viven aquí?
Señalo la casa que está justo enfrente.
Lucca sonríe.
—Sí.
—¿Quiénes?
—Matteo y yo.
Antonella cierra los ojos por un segundo.
—Perfecto.
Su tono dice exactamente lo contrario.
Lucca se ríe.
—Somos vecinos.
—Lo sé.
—Solo quería recordártelo.
—No era necesario.
Mientras ellos comienzan nuevamente a discutir, intento sacar mi maleta del pequeño desnivel de la calle.
Tiro de ella.
Nada.
Vuelvo a intentarlo.
La rueda no se mueve.
—Vamos…
Tiro con más fuerza.
Entonces escucho un sonido seco.
La maleta se abre.
Me quedo inmóvil.
Todo ocurre demasiado rápido.
Una libreta cae al suelo.
Después otra.
Unas hojas.
Un bolígrafo.
Mis cosas quedan desperdigadas frente a la casa.
—No…
Me agacho rápidamente.
Empiezo a recogerlas.
Una de las libretas queda abierta.
No necesito tocarla para saber qué página es.
La miro.
Hay anotaciones.
Fechas.
Frases.
Preguntas.
Cosas que no funcionaban.
Cosas que intenté entender.
Y un nombre.
Marcos.
Siento que algo dentro de mí se contrae.
Después de todo este viaje.
Después de Roma.
Después de todo lo que pensé que había dejado atrás.
Ahí estaba.
Otra vez.
Cierro los ojos.
Respiro.
—410…
Lo digo tan bajo que casi nadie podría escucharlo.
Antonella y Lucca continúan discutiendo unos metros más adelante.
Yo permanezco sentada frente a aquella vieja maleta.
Abierta.
Rota.
Llena de cosas que ya no necesitaba.
O eso quería creer.
Matteo deja de caminar.
Me observa.
No dice nada.
Mira la maleta.
Después las hojas.
Después a mí.
Por unos segundos, ninguno de los dos habla.
Tomo la libreta entre mis manos.
Cierro la página.
Esta vez no arranco la hoja.
Solo cierro el cuaderno.
Matteo se acerca lentamente.
—¿Estás bien?
Levanto la mirada.
Sonrío.
No es una sonrisa alegre.
Pero tampoco es la misma de antes.
—Sí.
Él mira nuevamente la maleta.
—No parece.
Bajo los ojos.
Por primera vez desde que llegué a Italia, no tengo una respuesta preparada.
Y quizás…
no necesito tenerla.