Han pasado unas semanas desde que llegué.
No quiero despertar.
Abro los ojos despacio y me quedo mirando el techo del ático.
Las viejas vigas de madera están marcadas por los años. Algunas tienen pequeñas grietas. Otras han perdido parte de su color.
Y, aun así, siguen siendo hermosas.
Quizás las cosas no pierden su esencia con el paso del tiempo.
Quizás simplemente aprenden a llevar sus marcas de otra manera.
Estos últimos días no han estado llenos de grandes acontecimientos.
Pienso en Savigno.
En sus calles estrechas.
En las casas antiguas.
En las pequeñas plazas donde parece que el tiempo transcurre de otra manera.
Savigno tiene esa clase de historia que no necesita presentarse.
Un lugar con una historia que parece esconderse detrás de cada puerta, cada piedra y cada edificio antiguo.
A veces camino por sus calles e intento imaginar cómo debió verse hace cientos de años.
La época romana.
El Renacimiento.
El barroco.
Me pregunto cómo habría sido vivir aquí entonces.
En todas las personas que alguna vez caminaron por los mismos lugares que ahora estoy fotografiando.
Quizás debí estudiar Historia del Arte.
Sonrío al pensarlo.
Por primera vez, el silencio y mis pensamientos no me resultan del todo incómodos.
El aroma del café.
El pan recién hecho.
El aire fresco de las mañanas.
Los campos de lavanda.
Las flores.
Antonella.
La nonna.
Lucca.
Su abuelo.
Matteo.
De alguna manera, todos ellos se han convertido en una pequeña familia en medio de este lugar que todavía estoy aprendiendo a conocer.
Y me gusta.
Alguien toca la puerta.
Me levanto y camino hasta ella.
Cuando la abro, encuentro a la nonna.
—Buenos días, Abigail.
—Buenos días, Sra. Giulia.
Sonríe.
—Hoy cenaremos con los Brunotti. Quisiera pedirte un favor.
Me hago a un lado para dejarla entrar.
—Claro.
—Necesito que me ayudes con Antonella. Como has notado estos días, no suele querer ayudarme con mis cosas.
Sonrío.
La nonna es probablemente una de las personas más cálidas y sencillas que he conocido.
Y su español es sorprendentemente bueno.
Vivió en España durante algunos años, donde estudió restauración de patrimonio.
Después regresó al norte de Italia.
Fue durante uno de sus viajes cuando conoció al abuelo de Antonella.
Un joven que, según ella, estaba completamente enamorado de las flores.
La historia me la contó durante una de nuestras primeras conversaciones.
Me quedé escuchándola hasta el final.
Cuando terminó, lloré.
No sé exactamente por qué.
Quizás porque durante mucho tiempo pensé que historias así solo existían en los libros.
O quizás porque todavía estaba intentando entender cómo era posible que dos personas pudieran encontrarse y elegir quedarse sin tener que perseguirse constantemente.
Quizás porque todavía no sabía si algo así podía existir para alguien como yo.
Pienso en ella cambiando su mundo para comenzar otro junto a él.
—Claro —respondo finalmente—. Lo intentaré.
La nonna sonríe.
—Sabía que podía contar contigo.
Cuando se va, cierro la puerta.
Por unos segundos me quedo quieta.
Pienso en Matteo.
Durante las últimas dos semanas he tratado de evitarlo y hoy tendré que cenar en su casa.
Después de llorar desconsoladamente frente a un desconocido, no creo haber dejado precisamente la mejor primera impresión.
Aun así, estos días han sido buenos.
He recorrido algunos lugares con Antonella.
Visitamos varios campos de flores cercanos.
Este año, la flor elegida para el festival será la margarita.
He estado investigando sobre ella.
Representa inocencia.
Juventud.
Nuevos comienzos.
No puedo evitar sonreír.
Todavía me queda mucho por descubrir.
⸻
Por la tarde llegamos a la casa de los Brunotti.
Es mucho más grande que la casa de la nonna.
Los italianos parecen tener una relación especial con los edificios antiguos.
Esta casa debe ser de finales del siglo XIX.
Tiene grandes ventanas, techos altos y una entrada que parece pertenecer a otra época.
Y pensar que solo está cruzando la calle.
Lucca nos recibe con su sonrisa pícara.
Hace algún comentario que provoca que Antonella lo mire con una expresión de paciencia.
Ella intenta ser cordial.
Esta vez.
Con los días he comenzado a descubrir que Lucca es mucho más de lo que muestra.
Una mañana acompañé a la nonna al mercado.
Allí nos encontramos con Andrea Brunotti.
El abuelo de Lucca.
También es dueño de la panadería y, por lo que he podido entender, conoce a medio pueblo.
Sonrío al recordarlo.
Me sorprendió que supiera quién era yo.
—Mi nieto me habló de la joven que viene a ayudarnos con el festival —me dijo.
Su español no es perfecto.
Pero hace el intento.
La nonna sonríe y nos deja hablando.
Después descubrí que Lucca ayuda a su abuelo con la panadería.
Estudió negocios internacionales y, según él, quiere ayudarnos con la planificación del festival.
Me parece curioso.
Podría estar haciendo cualquier otra cosa.
Sin embargo, decidió quedarse.
Y con él está el misterioso Matteo.
⸻
La cena transcurre con tranquilidad.
Estamos sentados alrededor de una mesa enorme.
La conversación pasa de un tema a otro.
Andrea habla de la panadería.
La nonna habla de las flores.
Lucca hace algún comentario que provoca que Antonella vuelva a mirarlo con desaprobación.
Matteo habla poco.
Parece vivir ensimismado en sus propios pensamientos.
Algo que, de alguna manera, me resulta familiar.
Lo observo durante unos segundos.