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En el ático hay un tragaluz. Me encanta porque enmarca el cielo.

Han comenzado a entrar los rayos de luz de la mañana.

Es hora de levantarse, Abigail.

A veces pienso en el sentido del humor de Dios.

Te dice: No temas, puedes hacerlo. Llegaré justo a tiempo.

Lo que nunca te explica es cuándo será ese momento.

Mientras tanto, camino hacia el baño, me miro en el espejo y me quedo en silencio.

Comienzo a cepillarme los dientes.

Supongo que también esto forma parte del proceso.

Skincare básico.

Hoy me toca trabajar.

Debo terminar la primera propuesta para presentarla al comité organizador del festival.

Respiro.

Uno, dos, tres.

Abigail, puedes hacerlo.

El ático es mi torre de control.

Sobre la mesa tengo fotografías antiguas, los carteles de festivales anteriores y algunas muestras de color.

Mientras reviso mis hojas con anotaciones, me detengo a buscar las fotografías de margaritas y algunos bocetos que he ido construyendo.

Me pregunto…

¿Qué representa realmente Savigno para quienes viven aquí?

La margarita tiene varios significados:

Sencillez.

Inocencia.

Juventud.

Nuevos comienzos.

Pero también resistencia y comunidad.

Empiezo a observar las formas de la flor.

El centro.

Los pétalos.

La repetición.

La forma circular.

Después, las fotografías de la plaza.

Las casas.

Las ventanas.

Los caminos que parten desde la plaza.

Y empiezo a notar una conexión.

La margarita está formada por elementos diferentes que pertenecen a una misma estructura.

Como el pueblo.

Busco mi libreta.

Una flor.
Muchas historias.
Un mismo hogar.

—Veamos la paleta de colores —susurro.

Paleta: blanco, amarillo, verde, tierra y pequeños acentos lavanda.

La tipografía debe ser una combinación entre tradición y modernidad.

En eso escucho que alguien toca a mi puerta.

Es Antonella, junto a Lucca.

—No estoy sola… ¿Podemos pasar?

—Sí, claro.

—Lucca y Antonella, bienvenidos al ático. No siempre es así. Tiene fotos por todos lados, mis anotaciones… puro caos.

Antonella sonríe.

—Hemos venido a ver qué necesitas. Yo sé de flores, el tonto de Lucca ha crecido aquí toda su vida… Así que quizás puede tener algo que aportar.

Le saca la lengua y se sienta en la mesa a mirar las fotografías.

—¿Las has tomado tú? —dice.

—Sí.

—Son muy buenas.

Lucca se asoma para mirar una de ellas.

Antonella lo mira con incredulidad.

—¿Qué haces? —grita.

Ya los tres sentados, comenzamos a discutir ideas.

Lucca comienza a hablar.

—El punto es convencer a los ancianos. Son muy tradicionales.

—Lo dices por tu abuelo —replica Antonella.

Entonces los interrumpo.

—Quizás la idea aquí no es mostrar Savigno como una postal turística, sino a través de las personas que lo mantienen vivo. Como el abuelo y la nonna, los ancianos de la plaza.

Les muestro una margarita abstracta construida con formas inspiradas en la arquitectura del pueblo.

Entonces susurro:

—No quiero diseñar una imagen que parezca que quiere pertenecer a Savigno.

Hago una pausa.

—Quiero diseñar una imagen que realmente pertenezca a Savigno.

Me quedo observando el mural que he construido con mis imágenes mientras Lucca y Antonella se quedan hablando en italiano.

Reviso todo.

Me doy cuenta de que todavía falta algo.

—Las flores reales —susurro.

—Como has dicho —dice Antonella.

—Necesito saber qué variedades estarán disponibles, qué pueden aportar los floristas y cómo quieren participar.

Antonella sonríe.

—Ok. Yo me encargo.

Hace una pausa y me observa.

—Pero no irás vestida así.

Sonrío.

—Bajo en diez minutos.

Mientras voy caminando, antes de encontrar a Antonella, busco mi cámara para fotografiar algunos detalles arquitectónicos que quiero utilizar.

Matteo ha llegado a casa de su abuelo.

Está hablando afuera con Lucca.

Él le pregunta qué hacemos.

Lucca le explica que iremos a buscar flores reales, ya que mañana es la presentación.

Mientras tanto, solo saludo.

Lucca pregunta por Antonella.

—Me dijo que se adelantaría.

Hace una pausa.

—Nos vemos, chicos.

Entonces Matteo me mira.

—¿Quieres que te acompañe?

Por un momento dudo.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé.

Lucca solo observa.

Después sonríe.

—Matteo creció aquí. Venía todas las vacaciones, aunque tiene DNI español. Es más italiano que yo.

Luego me guiña un ojo.

—Yo debo ir al café. Ciao, chicos. Nos vemos allí.

Se aleja.

Matteo me mira.

—¿Cómo vas con la presentación?

Suspiro.

—No lo sé. Tengo que terminarla.

—¿Puedo verla?

Matteo mira las fotografías que he tomado.

—Claro.

Estamos en silencio mientras él simplemente camina junto a mí.

Empiezo a observarlo.

Mientras recorremos Savigno, Matteo me cuenta algo sobre uno de los edificios.

Descubro que conoce bastante bien el pueblo.

Lucca, como siempre, tiene razón.

Lo observo.

Realmente no sé exactamente qué estoy mirando.

Pero hay algo en la manera en que habla.

La forma en la que recuerda detalles.

Cómo se detiene para saludar a alguien.

Lo miro fijamente.

Matteo se da cuenta.

Nuestros ojos se encuentran.

Aparto la mirada.

Y, casi sin pensar, escribo en mi libreta:

200 OK.

Me quedo mirándolo.

Frunce el ceño.

No entiendo por qué escribí eso.

Lo tacho.

Y continuamos caminando.

Llegamos donde está Antonella.

Ella nos espera con varios ramos de flores de diferentes tipos.

Caminamos hasta la cafetería del abuelo.




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