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Aunque han pasado algunos años, siempre que regreso a Roma siento nostalgia.

—Antonella, vamos —dice Abigail.

Lucca y yo acompañaremos a Abigail y Matteo hasta el aeropuerto de Roma.

La nonna…

Mientras los demás están dentro del automóvil, la encuentro despierta.

—¿Qué haces despierta? Son las cuatro de la mañana. No has dormido nada.

Ella sonríe como siempre.

Me coloca las manos sobre las mejillas.

—¿Estarás bien? No dudes en llamarme.

—La mia nonna siempre me protege —le digo.

Lucca nos interrumpe.

—También es mía.

Nos abraza a las dos.

Por ese momento decido no pelear con él.

Levantaría a todo el pueblo.

Ya de camino, Abigail termina dormida sobre mi hombro.

Lleva algunos días sin dormir.

Es increíble la energía que puede tener una chica del Caribe.

—Sus días tienen que tener más de veinticuatro horas —susurro.

Matteo se gira y se queda mirando a Abigail.

Le hago una señal con los dedos.

Te estoy observando.

Lucca comienza a sonreír.

—Siento que, al final, somos una especie de familia disfuncional.

Hace una pausa.

—Abigail ha provocado un terremoto en Savigno. Pasamos de ser un pueblo donde solo se escuchaban chismes tontos y falsos, que algunas personas terminan dando por hechos, a tener que salvar todo un festival en cuestión de semanas.

Matteo sonríe levemente.

—Es divertido —respondo—. No había visto en años a nuestros abuelos divertirse tanto.

Entonces nos arropa el silencio mientras seguimos hacia Roma.

Ya en el aeropuerto nos despedimos de Matteo y Abigail.

Me acerco a Abigail.

—Si se propasa, solo dime. Vuelo a España.

Ella comienza a reír.

—No te confíes de lo tranquilo y galán que se ve. Mis fuentes dicen que ese es su máximo encanto.

Sonreímos juntas.

—Vámonos, chica fantasma.

—¡Ciao, ciao! —les digo.

Los vemos alejarse.

Lucca se gira hacia mí.

—¿A dónde vamos?

Sonrío.

—Nuestra primera parada es una villa italiana. Está a unos veinte minutos de Roma.

Cuando llegamos, la chica fantasma se baja del automóvil.

Por la manera en que observa el lugar, parece conocerlo perfectamente.

Un señor mayor sale de la casa.

—Signorina.

Ella sonríe.

Se abrazan.

—Iré a avisar que está aquí —dice.

Lo observo alejarse.

Mi teléfono comienza a sonar.

—¿Lucca?

—¿Qué pasa?

—Vamos a desayunar. Nos quedaremos aquí hoy.

Lo miro.

—¿Aquí?

Ella asiente con la cabeza.

—Vamos.

Entramos a una casa escondida entre flores.

Una señora se acerca.

—Mi nombre es Giovanna.

Me mira y sonríe.

—Bienvenido, Lucca.

Sigo sin entender nada.

—Creo que ya no me recuerdas.

La observo.

—Soy la madre de Antonella.

Me mira detenidamente.

—Te pareces mucho a tu madre.

—Gracias —digo.

Antonella me observa.

—¿Qué?

Por primera vez, no responde.

—Vamos, vamos —dice la señora Giovanna—. Les preparé sus habitaciones.

Sonríe.

—Cuando la nonna me habló de todo lo que están haciendo con el festival, me emocioné.

La miro.

—¿Tu madre es famosa?

Ella solo sonríe.

—Vamos, Lucca. El famoso es mi padre.

—¿Cómo?

—Es futbolista.

—Ferri… —susurro—. No puede ser.

Ya sentados a la mesa, llega el padre de Antonella.

Su madre lo mira y después nos mira a nosotros.

—Es igual a su padre. Son tal para cual.

Hace una pausa.

—No son muy simpáticos, ¿cierto?

—¡Madre, en serio! —dice Antonella.

Su padre sonríe.

Sigo sin creer quién es el padre de Antonella.

Me acerco a ella y le susurro:

—¿Podrías conseguirme un autógrafo? Te prometo no molestarte durante un día entero.

Antonella me mira con incredulidad.

Sonrío.

No puedo evitar pensar que su madre es muy parecida a la nonna.

Entonces Giovanna toma la palabra.

—Conseguí hablar con algunos amigos en Roma. Están interesados en el festival. Yo también los apoyaré.

Antonella la mira sorprendida.

—¿En serio, madre?

—Savigno es mi hogar, Antonella. Y la nonna nos mataría si no ayudamos con el festival.

Sonríe.

—Solo dime qué necesitas de nosotros y ahí estaremos.

Lucca nos interrumpe.

—Por cierto, he logrado concretar algunas citas con diseñadores de moda.

Antonella lo mira.

—¿Con quiénes?

—Gucci. Versace, entre otros.

Al principio no le creo.

Lucca insiste en que es cierto.

Mi madre solo sonríe.

—Los Brunotti nunca mienten.

Miro a Lucca.

Y, por primera vez desde que llegamos a Roma, tengo la sensación de que quizás todavía hay muchas cosas sobre esta familia que no conozco.

A la mañana siguiente regresamos a Roma.

Los padres de Antonella nos hicieron prometer que volveríamos con Abigail y Matteo cuando los recojamos mañana en el aeropuerto, antes de regresar a Savigno.

Hoy tenemos que reunirnos con tres floristas reconocidos en Roma.

—Al igual que tu madre.

—Nunca seré como mi madre —dice Antonella.

No entiendo exactamente qué quiere decir.

Ella sonríe, pero alcanzo a notar cierta nostalgia detrás de sus palabras.

Pasamos toda la mañana en reuniones.

Dos de los tres floristas aceptan nuestra propuesta.

Me sorprende ver a Antonella defender el proyecto.

Habla de Savigno con una pasión que no había visto antes.

Parece otra persona cuando habla del pueblo.

Cuando terminamos una de las reuniones, Antonella se acerca.

—Lucca, estuve hablando con mi padre.

—¿Con el futbolista?

—Retirado —responde.

Sonríe.

—Todavía tiene contactos. Podríamos hacer lo mismo que con los floristas.

—¿Te parece que lo veamos cuando terminemos aquí?




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