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La voz de la azafata interrumpe mis pensamientos.

—Señoras y señores, bienvenidos a San Sebastián. Esperamos que hayan disfrutado de su vuelo.

Abro los ojos.

Durante unos segundos simplemente observo por la ventana.

—Hemos llegado —susurro.

Matteo gira ligeramente la cabeza.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

Durante todo el vuelo desde Madrid, Matteo se la pasó repasando una y otra vez la propuesta.

Llamadas.

Correos.

Documentos.

Conversaciones en italiano.

Incluso ahora parece estar pensando en la reunión.

Estamos caminando hacia la puerta de salida.

Por las ventanas comienzo a observar San Sebastián.

El cielo.

Los edificios.

Las calles llenas de personas.

Los pequeños comercios.

A lo lejos puedo distinguir el mar.

Hay algo en esta ciudad que me resulta extraño.

No porque sea desconocida.

Sino porque siento que acabamos de entrar en una parte de la vida de Matteo que hasta ahora no conocía.

A pesar de estar agotada, por primera vez siento que estoy haciendo algo distinto en mi vida.

Quizás no cambiaré la historia mundial.

Pero sí ayudaré a mejorar la historia de Savigno.

Sonrío por mis propios pensamientos.

Hemos llegado en taxi.

La casa es impresionante.

Mucho más grande de lo que imaginaba.

Alguien nos espera en la entrada.

Es una mujer delicada, muy elegante.

Matteo sale primero del automóvil.

Ella camina hacia él.

Se abrazan.

—Mi pequeño Matteo —dice mientras sostiene su rostro entre las manos.

Él sonríe.

Por primera vez desde que salimos de Madrid parece relajarse un poco.

Yo me dispongo a salir del automóvil.

—Hola —digo tímidamente.

La mujer me mira.

—Debes ser Abigail.

Pongo cara de sorpresa.

¿Cómo sabe de mí?

—Lucca me contó todo.

Matteo y yo nos miramos.

Él pone los ojos en blanco.

—¿Qué te ha dicho?

Ella sonríe.

—Vamos. Deben estar cansados. Es un largo viaje.

Estoy en mi dormitorio.

Con lo grande que es esta casa, siento que podría perderme fácilmente.

Mi habitación queda frente a la de Matteo.

No dejo de pensar si todavía continúa trabajando.

Ha estado completamente concentrado en la reunión de mañana.

Realmente me intriga esa seguridad que tiene cuando habla de negocios.

Miro el reloj.

Necesito agua.

Salgo de mi habitación.

Frente a mí hay un largo pasillo.

Digamos que voy acompañada del silencio.

Mientras camino, intento encontrar a alguien del servicio, pero no veo a nadie.

Así que decido hacerlo por mí misma.

Llego a la cocina.

Hay alguien dentro.

Me asomo.

Es Matteo.

Está sin camisa.

Solo lleva los pantalones de su pijama.

Me escondo detrás de la pared.

418 I’m a teapot.

Perfecto.

¿Por qué me escondo?

No tengo la menor idea.

Quizás porque mi cerebro acaba de dejar de funcionar correctamente.

Mientras intento asimilar toda esta situación, decido girarme.

Entonces me encuentro con Matteo frente a frente.

—¿Qué haces ahí?

Yo solo sonrío ligeramente.

¿Cómo le explico que no sé?

—Escuché cuando dijiste un código.

Hace una pausa.

—De esos que llevas tiempo mencionando. ¿Siempre es así?

Me quedo en silencio, un poco avergonzada.

Dirijo la mirada hacia el enorme ventanal de la cocina.

—¿Necesitas algo?

—Vine a buscar agua.

Matteo toma un vaso y me lo entrega.

—Aquí tienes.

—Gracias.

Lo tomo.

Me retiro.

Ni siquiera tuve el valor de preguntarle si necesitaba ayuda.

A la mañana siguiente vamos camino a la reunión.

Matteo está presentando nuestra propuesta.

Es una parte de él que no conocía.

Es muy bueno en lo que hace.

Habla de:

Inversión.

Posicionamiento.

Expansión.

Distribución.

Turismo.

Gastronomía.

Identidad de marca.

En un momento, Matteo hace una pausa y me mira.

—Abigail, ¿puedes explicar la parte visual?

Asiento.

Tomo la palabra y comienzo a explicar cómo la nueva identidad puede mantener la esencia de Savigno sin perder la posibilidad de llegar a un público más amplio.

Muestro algunas de las aplicaciones que preparé para el festival.

No necesito explicar demasiado.

Esta vez siento que nuestro trabajo habla por nosotros.

Cuando termino, Matteo asiente ligeramente.

Lo observo.

El hombre que en Savigno parecía simplemente el nieto de un hombre pícaro e importante, con un primo muy parecido a él, aquí parece otra persona.

Seguro.

Preciso.

Concentrado.

Entonces alguien nos interrumpe.

Saluda a todos.

Su presencia es imponente.

Y algo cambia en Matteo.

Hasta ese momento estaba seguro.

Hablaba.

Bromeaba con los negocios.

Sonreía.

Ahora deja de hacerlo.

Aprieta ligeramente la mandíbula.

Cambia su postura.

Evita mirar hacia determinada persona.

Responde demasiado rápido.

Deja de hablar con la misma seguridad.

La reunión continúa.

Todo sale relativamente bien.

Pero no puedo dejar de pensar:

¿Por qué siento que no todo está bien?

Me quedo recogiendo algunas cosas de la presentación mientras Matteo habla con aquella persona.

—Abigail.

Me giro.

Es él.

—Él es mi padre, Martín Zardoya.

Sonrío.

Mientras observo a Matteo.

Conozco esa mirada.

De camino a su casa, Matteo no pregunta nada.

Simplemente estoy ahí.

Mientras divago en mis pensamientos, escucho su voz.

—Abigail.

—¿Sí?

—Siempre vives en tu cabeza, ¿cierto?

Sonrío ligeramente.

—Todo salió bien.




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