Hasta ahora pensé que estaba aprendiendo a dejar atrás lo que ocurrió con Marcos.
Pero después entendí que nunca se trató de él. Estuve insistiendo todo este tiempo donde no debía.
Una parte de mí necesitaba desesperadamente sentirse elegida, aun cuando ni siquiera yo misma era capaz de elegirme.
Quizás eso era lo que más me costaba admitir.
No era que Marcos tuviera algo que yo necesitara.
Era que yo necesitaba sentir que alguien me necesitaba.
Y no es lo mismo.
Matteo es alguien distinto.
Y, al mismo tiempo, quizás no tanto.
Es callado, sereno y tranquilo pero su silencio es diferente.
¿Alguna vez has sentido un silencio cálido?
Ese en el que alguien parece distante, pero aun así está pendiente de ti.
Alguien que te observa mientras camina a la distancia.
No sé exactamente qué es lo que despierta en mí.
Solo sé que no lo estaba buscando.
Y quizás eso es lo que más me incomoda.
Porque no quiero volver a confundir necesidad con atención.
Ni atención con reciprocidad.
⸻
El festival
El pueblo ha comenzado a cambiar.
Salgo temprano y me encuentro con que Savigno ya no se ve igual.
Dentro de mí siento algo difícil de explicar.
Quizás emoción…
No.
Creo que es satisfacción.
Carteles.
Flores.
Personas entrando y saliendo de los locales.
Productores llevando mercancía.
Vecinos preguntando qué está ocurriendo.
Comienzo a fotografiarlo con la cámara que recibí de la madre de Matteo.
Hay tanta belleza en las pequeñas cosas, pienso.
Y empiezo a hacer algo que antes no hacía:
observar sin intentar intervenir.
Fotografío unas manos colocando flores.
Una señora preparando comida.
Un niño corriendo por la plaza.
A la nonna riéndose.
Y entonces, sin buscarlo, fotografío a Matteo sonriendo.
Lo observo a través de la lente.
Está hablando con alguien, concentrado.
Bajo inmediatamente la cámara.
—¿Qué haces? —pregunta.
Me sobresalto.
—Matteo —susurro.
—Nada.
—Me estabas fotografiando.
—No.
—Abigail.
—Quizás.
Él sonríe.
—¿Salí bien?
—No lo sé. Tendría que revelar la foto.
Y él responde:
—Entonces espero que hayas hecho varias.
Lucca se acerca.
Nos mira a ambos.
Después mira a Matteo.
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
Y continúa caminando sin decir una palabra.
⸻
Decidimos seguir trabajando juntos.
El comité finalmente ha dado luz verde a nuestro proyecto, pero ahora viene la parte difícil:
hacerlo realidad.
Matteo se encarga de los proveedores, las inversiones y la logística.
He estado ayudando a Matteo con el listado de proveedores para conocerlos, entender sus productos y descubrir cómo podemos integrar sus propias identidades visuales sin perder la esencia del festival.
Eso nos obliga a pasar tiempo juntos.
Y, poco a poco, empieza a suceder algo extraño.
Nos buscamos.
No de una manera evidente.
Simplemente sucede.
En algún momento pregunto:
—¿Dónde está Matteo?
Lucca me mira.
—Ustedes parecen estar en la misma sintonía.
Antes de que pueda responder, escucho una voz detrás de mí.
—¿Abigail ya terminó?
Me giro.
Es Matteo.
Antonella nos observa fijamente.
Después mira a Lucca.
Lucca la mira a ella.
Ambos vuelven a mirarnos.
Y sonríen.
No entiendo qué les resulta tan divertido.
⸻
—Antonella, es hora de irnos —dice Lucca—. Tenemos que ver lo del desfile.
Ella se pone de pie.
Camina hacia mí.
—Creo que no me necesitarás hoy para volver a casa.
—Puedo ir contigo —respondo.
Ella niega con la cabeza.
—No es necesario. El tonto de Lucca sirve de chófer.
Lucca pone los ojos en blanco.
—¡Antonella, vámonos!
Ella sonríe.
—Ciao, bella.
Después mira a Matteo.
Le dice algo en italiano.
Él responde brevemente.
Antonella sale detrás de Lucca.
Nos hemos quedado solos.
Todos se han ido.
Continúo trabajando.
Matteo también.
Estoy agotada.
Después de unos minutos, deja un té sobre la mesa.
Lo miro.
—No pedí esto.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Pero llevas tres horas sin levantarte.
Lo miro.
—¿Me estás vigilando?
—No.
—Parecía que sí.
Me observa durante unos segundos.
—Te estaba observando.
Silencio.
Bajo la mirada hacia el té.
No sé por qué una frase tan sencilla puede hacerme sentir tantas cosas.
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No son grandes gestos.
Matteo recuerda cómo tomo el té.
Me guarda una silla.
Me pregunta si comí.
A veces simplemente permanece cerca.
No intenta arreglarme.
No intenta obtener información.
No intenta descubrir aquello que todavía no estoy preparada para contar.
Solo está.
Y quizás eso es lo que empieza a hacerme entender la diferencia.
La atención puede hacerte sentir importante.
Pero la reciprocidad hace que no tengas que preguntarte si estás sola.
Seguimos viendo cosas del festival y revisando algunas fotografías.
Me siento junto a Matteo.
Nuestros hombros se rozan.
Ninguno se mueve.
Él mira una fotografía.
—Esta me gusta.
—¿Por qué?
—Porque parece que nadie está intentando ser otra persona.
Lo miro.
—¿Y eso te gusta?
Matteo tarda un momento en responder.
—Sí.
Vuelvo a mirar la pantalla.
—A mí también.
Silencio.
Y esta vez no siento la necesidad de llenarlo.
Quizás porque hay silencios que no necesitan respuestas.
Solo necesitan que alguien se quede.