Festival terminado
Han pasado dos semanas desde que el festival finalizó.
Lentamente, todo fue volviendo a su lugar.
Ya no hay gente abarrotando la plaza.
La música se apagó.
Las mesas están vacías.
El café del abuelo permanece cerrado desde aquel día.
Es extraño caminar por la plaza y no escuchar su voz.
Durante tres días, todo estuvo lleno de vida.
Ahora parece que el pueblo también está aprendiendo a despedirse.
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Miranda
Antes de que Miranda tomara el tren a Roma, nos sentamos en la estación.
Ella me mira y sonríe.
—Creo que deberías quedarte un poco más, Abigail.
Me quedo en silencio.
Porque se supone que solo vine aquí por el festival.
Ese era el plan.
Llegar.
Trabajar.
Terminar.
Regresar a casa.
Pero ahora la idea de irme ya no se siente igual.
Miranda se voltea hacia mí.
—Abigail, no está mal encontrar un nuevo lugar, mientras no te olvides de mí, claro…
Sus palabras me dan un poco de aliento.
Y de calma.
Quizás encontrar un nuevo lugar no significa perder el anterior.
—Es tiempo de irme —dice finalmente.
Mientras se aleja, se voltea, sonríe y grita:
—¡Espero mi invitación de bodas! ¡Te quiero, Abi Abi!
Esta vez no me enfado.
Solo la veo desvanecerse entre la multitud.
Y, por primera vez, no pienso en cuándo volvería a casa.
Pienso en cuándo tendría que hacerlo.
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La ausencia
Días después, estoy frente a la casa del abuelo.
No sé qué palabras decir.
Se supone que, cuando toque, él debe abrirme la puerta.
Pero sé que esta vez no lo hará.
Levanto la mano.
No llego a tocar.
Entonces la puerta se abre.
Es Matteo.
Al mirarlo, las lágrimas comienzan a salir de mis ojos sin que pueda detenerlas.
En cambio, él se contiene.
Camina hacia mí y me abraza.
—Todo estará bien —me susurra.
Entonces le pregunto:
—¿Estás bien?
Matteo no responde.
Se queda inmóvil durante unos segundos.
Intenta decir algo, pero finalmente guarda silencio.
Lo miro fijamente.
No entiendo cómo puede guardar tanto dolor cuando en sus ojos se puede ver todo.
—¿Y Lucca?
Lleva días sin salir de su habitación.
Lo he intentado todo.
Pero nada funciona.
—¿Y tus padres? —digo.
—Mi madre está mejor. Mi padre está con ella en este momento. Ella tampoco logra que Lucca salga de la habitación.
Entonces Antonella nos interrumpe.
—¿Aún no sale?
Matteo niega con la cabeza.
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El funeral
Entonces recuerdo el día del funeral.
Lucca, el chico gracioso que conocí en aquella estación en Roma, apenas miraba a las personas durante el funeral.
Él encontró al abuelo.
Llamó a Matteo.
Le dijo que el abuelo no respondía.
Que su corazón no latía.
Entonces escuchamos llegar la ambulancia.
La nonna, Antonella y yo fuimos a ver qué pasaba.
No entendíamos nada.
Hasta que vimos a Lucca tirado en el suelo.
Matteo apenas podía hablar.
Su madre sostenía a Lucca mientras su padre se encargaba de todo.
Antonella tomó la mano de la nonna.
Mientras yo observaba todo aquel caos a mi alrededor.
Siempre me han costado las despedidas.
Y ni siquiera tuve tiempo de despedirme del abuelo.
Antonella me saca de aquel recuerdo.
—Abigail, puedes quedarte hoy en la floristería.
Asiento.
—Matteo, yo me encargo de Lucca.
Ella le sonríe levemente.
Matteo y yo comenzamos a caminar.
Solo que esta vez tomo su mano.
—Vamos, mientras caminamos en silencio.
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Antonella
—Lucca Brunotti, eres un tarado de quinta categoría.
Me detengo frente a la puerta.
—No puedes hacer tanto ruido durante toda tu vida y después dejar un silencio así.
Respiro profundamente.
—Así que más te vale salir de esa habitación.
El abuelo también era especial para mí.
Y no pienso dejar que Lucca olvide que no es el único que lo perdió.
Subo hasta su habitación.
Toco la puerta.
Nada.
Espero.
Vuelvo a tocar.
Nada.
Llevo días intentándolo.
Pero esta vez voy a entrar.
Rodeo la casa y me trepo por el balcón.
Camino despacio.
Cuando entro en su habitación, lo encuentro sentado en el suelo.
Tiene la espalda apoyada contra la cama y la cabeza hundida entre sus brazos.
Parece más pequeño.
Como si durante aquellos días hubiera perdido algo más que peso.
Como si también hubiera perdido la fuerza que siempre llevaba encima.
Me quedo mirándolo.
Ese no es el Lucca que conozco.
No está haciendo bromas.
No está provocando a Matteo.
No está buscando una manera de hacer reír a alguien.
Solo está ahí.
Roto.
Y verlo así me duele de una manera que no sé explicar.
La bolsa con comida se me resbala de las manos y cae al suelo.
Lucca levanta la cabeza.
Sus ojos están rojos.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte.
—No quiero a nadie.
Me acerco.
—No me iré, Lucca.
Me siento a su lado.
No intento levantarlo.
No intento convencerlo de que deje de llorar.
Solo me quedo.
Después de unos segundos, hablo.
—Más te vale que comas algo.
Lo miro.
—Y también que te bañes.
No responde.
—Porque, si no lo haces, voy a quedarme aquí contigo.
Hago una pausa.
—Y créeme, puedo ser mucho más insoportable que tú.
Por primera vez, sus labios se mueven ligeramente.
Pero no sonríe.
Entonces comienza a llorar.
Y yo solo me quedo inmóvil.
No sé qué decir.
Así que tomo su mano.
Y lloro con él.
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