72 Horas antes

Capítulo 1 – HORA 72: La mañana más normal de mi vida.

Me desperté antes de que sonara la alarma.

Eso era normal.

Siempre había sido así. Mi cuerpo tenía una especie de reloj interno que nunca había aprendido a apagar, ni siquiera después de una guardia de doce horas en la unidad de cuidados intensivos, ni siquiera después de pasar una noche entera escuchando monitores, alarmas, pasos apresurados y voces que intentaban mantener a alguien con vida. Mi cuerpo sabía cuándo abrir los ojos aunque mi mente todavía estuviera perdida en algún lugar entre el sueño y el cansancio.

Durante años pensé que era una ventaja. Mis compañeros decían que yo tenía una capacidad casi absurda para anticiparme a las cosas, para notar cuando algo estaba mal antes de que alguien más lo viera, para recordar detalles que otros olvidaban. Yo lo aceptaba como una parte de mí, como una característica más de Elena: la mujer que podía despertar cinco minutos antes del despertador, preparar una maleta sin olvidar nada, saber quién necesitaba ayuda aunque nadie la pidiera.

Pero esa mañana ocurrió algo extraño.

Abrí los ojos y no sentí nada.

No era tristeza. No era miedo. No era ansiedad.

Era la ausencia de todo eso.

Durante unos segundos permanecí acostada mirando el techo, esperando que mi cuerpo reaccionara de la manera en que siempre lo hacía. Esperaba esa presión conocida en el pecho, esa sensación de estar llegando tarde a algo aunque no hubiera ninguna prisa, esa vibración constante debajo de la piel que me acompañaba desde hacía tantos años que ya no sabía si era ansiedad o simplemente mi forma de existir.

Pero no estaba.

Mi cuerpo estaba quieto.

Demasiado quieto.

Y esa fue la primera cosa que estuvo mal esa mañana.

No el cansancio. No el trabajo. No las responsabilidades. No los problemas normales que cualquier persona puede tener.

El silencio.

Yo conocía mi ansiedad. Sabía cómo se sentía. Sabía que muchas mañanas mi cabeza despertaba antes que yo y empezaba a correr una lista interminable de cosas pendientes, conversaciones pasadas, errores pequeños que mi memoria decidía convertir en grandes problemas, escenarios que probablemente nunca ocurrirían pero que mi cerebro necesitaba analizar como si fueran una emergencia.

Era agotador, pero era conocido.

Esa mañana no había nada.

Y por alguna razón eso me asustó más que sentirme mal.

Giré la cabeza hacia el lado vacío de la cama.

No porque estuviera sola.

Nunca estaba sola.

Sabía que Andrés ya debía estar en la cocina. Sabía que probablemente llevaba unos minutos despierto, preparando el café y revisando alguna cosa del trabajo mientras intentaba no hacer ruido para no despertarme. Sabía que en cualquier momento escucharía sus pasos tranquilos acercándose a la habitación y me preguntaría si había dormido bien, aunque los dos sabíamos que la respuesta casi siempre era la misma.

No había dormido suficiente.

Pero esa mañana el lado vacío de la cama llamó mi atención de una manera diferente.

No era la ausencia de él.

Era la ausencia de mí.

Me senté lentamente y esperé esa sensación que siempre aparecía cuando empezaba el día, esa pequeña descarga que me obligaba a moverme, a organizar, a anticipar, a prepararme para todo lo que podía salir mal.

Nada.

Me levanté.

La casa estaba en silencio, pero era un silencio agradable. El tipo de silencio que muchas personas desean después de una semana difícil. El tipo de silencio que debería haberme dado paz.

Caminé hacia la cocina y lo vi.

Andrés estaba ahí, exactamente como tantas otras mañanas.

Camisa blanca, corbata oscura, el cabello todavía un poco desordenado porque nunca lograba arreglarlo completamente después de ducharse, una mano sosteniendo su taza mientras con la otra revisaba algo en el teléfono. La luz de la mañana entraba por la ventana y por un momento pensé que parecía una escena de esas fotografías familiares que uno guarda porque quiere recordar una etapa de la vida.

Él levantó la mirada y sonrió.

Esa sonrisa siempre había tenido algo que me calmaba.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Mi voz sonó normal.

Eso era algo que había aprendido muy bien durante mi vida: sonar normal aunque por dentro estuviera ocurriendo algo completamente diferente.

Andrés se acercó y puso mi taza de café frente a mí.

No tuve que pedirla.

Nunca tenía que pedirla.

Tomé la taza entre mis manos y sentí el calor atravesar lentamente mis dedos. Era la misma de siempre, la blanca con una pequeña línea dorada cerca del borde que Andrés me había regalado años atrás porque decía que una persona que tomaba café como yo necesitaba una taza que estuviera a la altura de su obsesión.

Era una tontería.

Una de esas pequeñas cosas que probablemente nadie más habría recordado.

Pero él sí.

Andrés siempre recordaba esas cosas. La forma en que tomaba el café, la cantidad exacta de azúcar, que prefería esperar unos minutos antes de beberlo porque siempre decía que me quemaba la lengua por impaciente. Había aprendido mis pequeños hábitos como si fueran información importante, como si conocerme fuera una tarea que hacía con gusto.

Y yo lo sabía.

Sabía que era afortunada.

Sabía que había personas que pasaban años esperando encontrar a alguien que las mirara de esa manera.

Bajé la mirada hacia la taza y por un segundo tuve una sensación extraña, una incomodidad que no supe explicar. No era que no valorara ese gesto. Lo valoraba. Sabía exactamente lo que significaba.

Ese era el problema.

Podía reconocer el amor.

Podía verlo.

Podía agradecerlo.

Pero no lograba sentir que algo dentro de mí respondiera como debería.

—Dormiste poco otra vez, ¿cierto?

Sonreí un poco.

—Dormí.

Él levantó una ceja.

Era una de esas expresiones pequeñas que solamente alguien que vive contigo aprende a reconocer.




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