A. Alexa. Siempre contigo

17

Extrañaba la sensación embriagadora de empezar un nuevo proyecto. Caminó con paso firme hasta el lugar donde se encontraría el hotel, con su casco bajo un brazo y una carpeta en el otro. Desde la distancia podía notar ciertas diferencias respecto a sus experiencias anteriores, pero eso también lo tomó como algo positivo. Para empezar, había más —mucha más— gente alrededor. Divisó a Germán en una mesa apartada, estaba sentando con las piernas estiradas sobre la misma y le hablaba de algo a Gonzalo.

—Holgazaneando en nuestro primer día. —Dijo, sonriendo mientras se acercaba a ellos. Germán retiró las piernas de la mesa, cosa que aprovechó para apoyarse ella misma en esta—. Empezamos bien. —musitó, viendo a los dos hombres.

—Jefa. —La voz de Germán sostenía un toque de risa, él también estaba emocionado con el proyecto nuevo—. La estábamos esperando. —Indicó, señalándole hacia el centro de la construcción.

—Si puedo tener su atención. —La voz de Mauricio sonó demasiado potente, extendiéndose por el terreno completo. De inmediato pudo notar quienes eran sus empleados, porque se reunieron a su lado de inmediato, Pedro incluido.

Un silencio intenso cayó sobre todos al ver que los demás ni le hacían caso, seguían en sus quehaceres. La ira brotó en su interior ante semejante desplante. No porque al otro lado de la afrenta se encontraba Mauricio, sino porque simplemente no soportaba que le hicieran el feo a alguien quién se suponía era su jefe. Y eso era algo que ella había dejado en claro en su reunión anterior: pasadas las verjas de construcción, su palabra y la de Mauricio tenían el mismo peso.

Tomó aire para tranquilizarse y se levantó de un salto para ir hacia donde estaban los dos hermanos Gallego.

—Hubieran dicho que necesitan más días de vacaciones —exclamó a medida que pasaba entre la gente, estos se quitaban de su camino sin decir nada—, señores. —Enfatizó, llamando la atención de todos. Uno a uno, iban acercándose, aunque podía notar que no lo hacían por gusto—. Buenos días. —Saludó a los dos hombres que estaban parados en el centro, con una sonrisa ensayada. Mauricio la saludó con una inclinación de cabeza; Pedro la ignoró directamente.

—Siempre odié los primeros días de escuela. —Ahogó una risa ante el murmullo del menor, fingiendo que no lo había escuchado.

—Germán. —Llamó a su segundo al mando, ignorando ella también a Pedro. El otro hombre se abrió paso hasta quedar de frente, con una sonrisa vacilante en los labios—. ¿Necesitamos tener de nuevo esta conversación? —Se dirigió a él, pero su voz fue lo suficientemente clara para que todos la oyeran.

—No, jefa. —Aseguró Germán, al mismo tiempo que otro de sus obreros se acercaba.

—No puede obligarnos a trabajar con ellos. —Espetó, tirando su casco al suelo, esté golpeó la bota de Pedro antes de aterrizar con estruendo. Vagamente, fue consciente del alboroto a sus espaldas y a Mauricio calmando a su hermano.

—Tienes razón. —Asintió, llamando la atención de todos. Buscó en su memoria el nombre del tipo, pero no logró recordarlo, confundida. Conocía a todos sus empleados; no solo sus datos personales, realmente los conocía a fondo. Un vistazo a Germán fue respuesta suficiente: era nuevo y estaba bastante segura de que trabajaba para uno de sus hermanos. Volvió a alzar la voz—: No tengo derecho de obligar a nadie a trabajar con quién no quiera. —Aceptó—. Así que, todos los que no se sienten cómodos con esta situación, están libres de dar un paso adelante y decirlo con claridad. Luego, ya saben dónde quedan los Recursos Humanos, traten el problema con ellos.

Fue consciente de que varios estaban considerando sus opciones, el murmullo se alzó tanto que ya no lograba distinguir quien decía que cosa. Los empleados de Pedro se habían hecho a un lado, hombres inteligentes. Aprovechando el tumulto, Germán se acercó a ella, avergonzado.

—Lo transfirieron en el último momento. Algo sobre que su familia vive aquí y que este trabajo le viene bien. —Explicó, mirando al tipo. Este estaba con los demás obreros, diciéndoles algo, pero Andrea no lograba escuchar de qué hablaban.

—¿Quién firmó los papeles? —Germán lo pensó por un minuto.

—Su hermano Alan. —dijo finalmente.

—¿Y desde cuándo acá Alan es tan caritativo para transferir a un empleado? —Se burló, Germán enrojeció, entendiendo su error—. Que no vuelva a suceder. —Advirtió, frustrada.

—Lo siento, jefa. —Asintió distraída, volviendo su atención hacia la multitud.

—¿Entonces? —Instó, el mismo hombre de antes se acercó.

—No estamos de acuerdo con esto, pero necesitamos el trabajo. —Gruñó—. Podemos trabajar con ellos. —Comentó, con una mueca de desprecio.

—Ellos sí. Tú no. —Lo detuvo cuando estaba por irse con sus compañeros—. Germán te va a entregar un boleto de vuelta a la capital, repórtate en la sede.

—Usted no puede hacer eso. —Protestó, furioso.

—Lo estoy haciendo. —Se plantó delante de él, firme—. Instaste a los demás obreros a que me desobedecieran, faltaste a una orden directa y te comportaste de una manera que yo no acepto entre mis empleados. Puedes volver al lugar en donde aprendiste que todo se gana haciendo berrinches —puso la bota sobre el casco que este había tirado anteriormente, dándole un pequeño empujón en su dirección—, pero no en mi obra. —Finalizó, dando media vuelta, enfrentando a los hermanos Gallego. Escuchó a Germán hablar con el hombre a sus espaldas, pero no le dio más importancia—. Lo siento. —Se disculpó, señalando con la cabeza a los empleados—. No volverá a suceder. —Prometió, aunque por la risa seca que soltó Pedro se dio cuenta de que no le creía nada. Aunque, ella tampoco estaba convencida de ello.




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