A. Alexa. Siempre contigo

20

Dejó caer la cabeza en el respaldo de la silla donde estaba sentado, permitiendo que el sonido de las voces de Pedro y los demás se amortiguaran. Estaba cansado, los días posteriores al comienzo de las obras habían sido un infierno y lo único que lo mantenía de pie era el entusiasmo por el proyecto que aún no menguaba. Pero, al paso que iba, temía que eso sucedería más pronto que tarde.

Respondió un mensaje de Andrea, sonriendo levemente solo al pensar en ella. Dejó el celular de lado, ya estaba lo suficientemente distraído de por sí, no necesitaba otros incentivos. Cuando notó que los demás hombres se levantaban y saludaban, hizo lo mismo, dándose cuenta de que la reunión había terminado y que él se lo había perdido todo.

—¿Vamos a tomar algo? —propuso su hermano, por un momento quiso negarse, pero finalmente aceptó. Era viernes, habían trabajado media jornada por la dicha reunión y no había nadie en la casa que lo esperara. En algún momento de su vida habría estado feliz ante esa perspectiva, poder pasar una tarde a solas, con su trabajo como única compañía, pero se había acostumbrado tanto a la presencia de Andrea que estar sin ella le resultaba doloroso.

Necesitaba distraerse.

—Claro. —Siguió a Pedro afuera, el sol aún estaba alto en el cielo, era un día particularmente soleado, a Andrea le hubiera encantado estar ahí.

—¿El bar de tu hotel suena bien? —Negó con rapidez, forzando una sonrisa para no levantar sospechas.

—Hay un lugar en el centro que me gusta. —Mintió, ya vería cómo se las arreglaba después.

Finalmente, entraron en un bar pequeño, pero acogedor. En realidad, definirlo como un bar no era completamente cierto, el lugar era una fusión entre una cafetería, un bar, un restaurante y una pastelería. Tanta diversidad debió resultar abrumadora, pero la verdad era que se sentía demasiado bien ahí adentro.

—¿Has hablado con Andrea? —preguntó su hermano cuando les trajeron sus cervezas, negó.

—Me mandó un mensaje, pero estábamos en la reunión. Ya luego le hablo. —dijo.

—¿No estás preocupado? Jimena podría quitarnos el proyecto. —La voz de Pedro había adquirido un tono preocupado, pero Mauricio no lo sentía así. Sabía que era un error grave, pero ninguno de ellos tenía la culpa y además todo se había arreglado. Más aún, Andrea y él estaban dispuestos a pagar por las pérdidas, eso seguramente persuadiría a Jimena a su favor.

—Lo puede manejar. —aseguró, no por nada había propuesto que fuera ella la que tratara con los jefes.

—Si tú lo dices. —Su hermano se encogió de hombros. Iba a decir algo más, le pareció, pero de repente su mirada se tornó sombría, veía un punto detrás de él fijamente y apretaba la mandíbula.

—¿Mauricio? —Sintió que todo a su alrededor se detenía al escuchar el sonido de su voz, para luego retomar el movimiento a un ritmo vertiginoso. Giró con lentitud, esperando en lo más profundo de sí que el destino le estaba jugando una mala pasada, pero al ver el rostro familiar y esa sonrisa que un tiempo fue su razón de vivir, todas sus esperanzas desaparecieron.

—¿Qué haces tú aquí? —No fue él quien habló, se encontraba demasiado anonadado para eso. Pedro se levantó con brusquedad de la silla, observando a la recién llegada con dagas en los ojos. A leguas se veía que no era su persona favorita en el mundo.

—Hola, Pedro. —Melina sonrió, no podía distinguir si era una sonrisa sincera o forzada. Al fin y al cabo, nunca fue capaz de leerla, de lo contrario no le habría visto la cara de imbécil—. ¡Qué sorpresa verlos! —exclamó, alzando la voz unos cuantos decibeles, aturdiéndolo aún más.

—Sí, es una gran sorpresa y para nada agradable. —Atacó su hermano, perdiendo cada rastro de sutileza—. Estamos ocupados, puedes irte. —Nunca pensó que vería a Pedro tratar así a una mujer —ni siquiera con Andrea era tan borde e hiriente—, pero, de nuevo, nadie podía culparlo. Fue él quien lo había sacado varias veces del pozo en el que estaba sumido a causa de Melina.

—Solo quería saludar. —Se defendió la mujer, su sonrisa vacilando.

—Ya lo hiciste. —Zanjó Pedro, señalándole con la barbilla que se fuera. Se sentó, pero ella no le hizo caso.

—¿Mauricio? —Volvió a llamarlo, él se obligó a mirarla y salir de su estupor; ya no era ese hombre lastimado y perdido. Alzó una ceja con arrogancia, imaginando que se encontraba de frente a un competidor empresarial—. ¿Podemos hablar? —Pedro soltó una carcajada seca, pero ninguno le prestó atención.

—No tenemos nada de que hablar. —replicó, la sola idea de compartir el aire con ella por cinco segundos más le resultaba insoportable.

—Por favor. —Insistió ella. Y sí algo sabía de Melina, era que no se rendía hasta recibir lo que quería. Al parecer, Pedro también lo recordaba porque se levantó con brusquedad y lo miró a él, ignorando a la mujer.

—Voy a esperarte afuera. —gruñó.

Melina aprovechó su partida para sentarse en la silla que él ocupaba anteriormente, la sonrisa volvió a florecer en sus labios.

—¿De qué quieres hablar? —Tomó un gran trago de su cerveza, tratando de disimular su malestar.

—De nada en especial. —Confesó—. Es que te vi y quise ver cómo estabas. —Tal vez era cosa del pasado feo que compartían, tal vez ya no era ese chico enamorado y estúpido, pero no le creyó ni una sola palabra.




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