A destiempo

Capitulo 2

Capítulo 2 — Yo fui la que empezó

El problema no fue que él no hablara.
El problema fue que yo sí.

Porque hay personas que observan…
y hay personas como Riley que no saben quedarse quietas cuando algo les llama la atención.

Jake era un misterio innecesario en un salón demasiado ruidoso.
Y yo… bueno, yo siempre he tenido una mala costumbre:
desarmar silencios que no me pertenecen.

No recuerdo exactamente qué estaba explicando la profesora ese día.
Probablemente algo importante.
Probablemente algo que todos fingíamos entender.

El abanico del salón sonaba más que su voz.
El calor pegaba en la piel.
Alguien se reía atrás.
Otro golpeaba la mesa con un lápiz.

Y él…

Él estaba ahí.
Como siempre.
En su mundo.

Con la mirada baja, escribiendo algo que nadie le había pedido que escribiera.
Como si el resto de nosotros estuviéramos de relleno en su historia.

Y eso…
no me gustó.

No porque me molestara.

Sino porque me dio curiosidad.

No lo pensé demasiado.
Nunca lo hago.

Me giré un poco en mi asiento, apoyé el codo en la mesa y lo miré sin disimular.

—Tú —le dije.

Nada.

Ni siquiera levantó la mirada.

Sonreí.

Ah… de estos.

—Tú —repetí, esta vez con más intención—, el que se cree invisible.

Ahí sí.

Levantó la vista.

Lento.

Como si le costara regresar.

Sus ojos se encontraron con los míos por primera vez…
y por un segundo, solo un segundo,
vi algo.

No timidez.

No exactamente.

Era más como…
incomodidad sin práctica.

Como alguien que no está acostumbrado a que lo miren tanto.

—¿Yo? —dijo.

Su voz era más suave de lo que esperaba.

Más baja.

Más… real.

Me encogí de hombros, con una media sonrisa.

—No, el abanico. Claro que tú.

Una risa se me escapó sola.

Él no rió.

Pero tampoco apartó la mirada.

Y eso…
eso me gustó.

—¿Siempre hablas así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Como si conocieras a todo el mundo.

Incliné la cabeza.

—No. Solo a los interesantes.

Silencio.

Un silencio de esos que no son incómodos…
pero que tampoco sabes cómo romper.

Él bajó la mirada otra vez, pero esta vez no volvió a escribir.
Se quedó ahí, como pensando si debía seguir o no.

Y yo, claramente, no iba a dejarlo escapar tan fácil.

—¿Y tú? —le dije—
¿Siempre te haces el misterioso o hoy es un evento especial?

Ahí sí.

Ahí pasó algo.

Una esquina de su boca se levantó apenas.

Casi nada.

Pero suficiente.

—No soy misterioso —respondió.

—Claro —dije—.
Solo no hablas, no miras, no participas… pero no eres misterioso.

—No hablo con gente que no conozco.

—Perfecto —sonreí—.
Ya me estás conociendo.

Y fue ahí.

En ese momento tan simple.

Tan tonto.

Tan… insignificante para cualquiera más.

Que algo empezó.

No fue magia.

No fue instantáneo.

No fue como en las películas.

Fue más bien como encender una chispa en un lugar donde nadie pensaba que podía haber fuego.

Pequeña.

Pero persistente.

—Riley —le dije, extendiendo un poco la mano como si estuviéramos en una presentación formal—.
Para que no digas que hablas con desconocidos.

Él miró mi mano.

Luego a mí.

Dudó.

Siempre dudaba.

Pero la tomó.

—Jake.

Su mano estaba tibia.

Y firme.

Y en ese pequeño gesto…
había más presencia de la que él mostraba con palabras.

—Mucho gusto, chico que no habla —dije.

—Mucho gusto, chica que habla demasiado —respondió.

Me quedé en silencio.

Dos segundos.

Tres.

Y luego sonreí.

—Me caes bien.

Él soltó mi mano.

Se recostó en su silla.

Y por primera vez…
se veía un poco menos distante.

—Eso es preocupante —dijo.

—Para ti —respondí.

La profesora dijo algo.
Alguien gritó.
El abanico siguió sonando.

El mundo siguió igual.

Pero algo había cambiado.

Porque ese día…
yo no solo le hablé.

Ese día…

yo lo saqué de su silencio.

Y sin darme cuenta…

él empezó a sacarme a mí de algo también.




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