Discusiones que se sienten bien
Hay silencios que incomodan.
Y hay silencios que invitan.
Jake ya no era ninguno de los dos.
Después de ese primer “hola” disfrazado de sarcasmo, algo cambió.
No de golpe.
No de forma evidente.
Pero empezó a pasar eso…
De buscarlo sin querer.
De notar si estaba.
De sentir cuando no.
Las clases dejaron de ser clases.
Se volvieron escenarios.
—Eso no tiene sentido —dije, sin levantar la mano.
La profesora se quedó en silencio un segundo.
Algunos se giraron.
Jake no.
Jake ya me estaba mirando.
—¿Qué cosa, Riley? —preguntó ella, con esa voz de “explícate si te atreves”.
Me encogí de hombros.
—Lo que dijo. No cuadra.
—Entonces explícanos tú.
Perfecto.
Justo lo que quería.
Empecé a hablar.
Rápido.
Segura.
Como si supiera exactamente lo que estaba diciendo… aunque a veces solo estuviera improvisando con estilo.
El salón se llenó de murmullos.
Algunos asentían.
Otros negaban.
Y cuando terminé…
Silencio.
—Está mal —dijo él.
Así.
Seco.
Directo.
Sin levantar la voz.
Giré la cabeza lentamente.
—¿Perdón?
Jake apoyó el brazo en la mesa, tranquilo.
—Está mal —repitió—.
Tu argumento se contradice en la mitad.
Una risa se me escapó, incrédula.
—Ah, bueno.
Míralo a él… ya habla y ahora corrige.
Algunos se rieron.
Él no.
—Si vas a debatir —continuó—, por lo menos sé coherente.
Oh.
Oh.
Algo en mí se encendió.
No molestia.
No exactamente.
Era otra cosa.
Algo más… vivo.
—Ok, explícate —le dije, cruzándome de brazos—.
Ilumíname.
Jake suspiró, como si no quisiera hacerlo…
pero igual lo hizo.
Empezó a hablar.
Y ahí fue cuando lo entendí.
No era callado porque no tuviera nada que decir.
Era callado porque cuando hablaba… sabía lo que decía.
Su voz seguía siendo baja.
Pero firme.
Ordenada.
Desarmó mi argumento pieza por pieza.
Sin apurarse.
Sin burlarse.
Solo… haciéndolo.
Y yo…
yo estaba sonriendo.
—¿Terminaste? —le pregunté.
—Sí.
—Bien —asentí—.
Ahora te explico por qué tú estás equivocado.
Alguien soltó un “eyyyy”.
La profesora ya ni intervenía.
Y empezó.
No sé cuánto tiempo pasamos así.
Minutos.
Tal vez más.
Interrumpiéndonos.
Corrigiéndonos.
Provocándonos.
—Eso no es lo que dije.
—Pero es lo que quisiste decir.
—No asumas.
—No te contradigas.
—No me interrumpas.
—Habla más claro.
Era un juego.
Pero no un juego tonto.
Era… una pelea donde ninguno quería ganar.
Solo seguir.
—Eres desesperante —dije en un momento.
—Tú también —respondió.
—Yo por lo menos tengo razón.
—Tú tienes actitud, no razón.
—¿Y tú qué tienes?
Jake me miró.
Directo.
Sin esquivar.
—Paciencia para aguantarte.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Wow —dije, llevándome la mano al pecho—.
Eso fue personal.
—Tú empezaste.
—Y tú seguiste.
—Y tú no te detuviste.
Nos quedamos mirándonos.
Y ahí estaba otra vez.
Eso.
Esa sensación rara.
De que no era solo discusión.
De que no era solo orgullo.
De que…
nos estaba gustando.
La profesora finalmente habló.
—Bueno, ya… suficiente. Ambos tienen puntos interesantes.
Pero nadie estaba escuchando eso.
Porque algo había cambiado.
Otra vez.
Después de clase, recogí mis cosas sin prisa.
Sabía que él estaba ahí.
Lo sentía.
—Te gusta discutir —dijo, a mi lado.
—Contigo —respondí sin mirarlo—.
Con los demás me da pereza.
—Qué honor.
—Lo es.
Caminamos en silencio unos pasos.
Pero no era incómodo.
Era… cargado.
—No estabas totalmente equivocada —dijo de repente.
Lo miré.
—Lo sé.
—Pero tampoco totalmente correcta.
Sonreí.
—Eso te gustaría.
Jake negó con la cabeza, pero había algo distinto en su expresión.
Más suelto.
Más… presente.
—Eres intensa —dijo.
—Y tú aburrido.
—Y aún así hablas conmigo.
—Y aún así me respondes.
Nos detuvimos.
Frente a frente.
—No tienes miedo —dijo él.
Fruncí el ceño.
—¿De qué?
—De decir lo que piensas.
Solté una pequeña risa.
—¿Debería?
Jake negó.
—No.
Pausa.
—Pero es peligroso.
No entendí por qué dijo eso.
No en ese momento.
—¿Para quién? —pregunté.
Él me miró un segundo más…
y luego simplemente dijo:
—Para el que te escuche.
Y se fue.
Así.
Como si nada.
Me quedé ahí.
Con el corazón un poquito más rápido de lo normal.
Con una sonrisa que no quería admitir.
Y con una certeza que no sabía explicar.
Porque discutir con él…
no se sentía mal.
No se sentía pesado.
No se sentía como perder.
Se sentía…
como encontrar a alguien que por fin podía seguirme el ritmo. 💫
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Editado: 22.03.2026